Hace algún tiempo tuve una experiencia desagradable al percibir que unas personas con una formación académica avanzada tienen en su casa como empleada a una mujer que realiza labores domésticas y la sobrecargan de asuntos y responsabilidades desde que se levanta hasta que se acuesta, ya en distintas ocasiones me he dado cuenta que es común que en la costa colombiana se trate a las señoras como “parte de la familia” obviamente ese acto de nobleza le brinda a los jefes la licencia de hacerles bromas pesadas, gritarlas, exigirles compromisos más allá de lo laboral valiéndose de los lazos afectivos, entre otras cosillas que por supuesto solo aplican si benefician a la parte contratante.
Esta situación me ha puesto a pensar en las nuevas modalidades de la esclavitud y en la formalidad de muchos vínculos laborales que solo tapan un sinfín de excesos que siguen estando presente justamente en los que ya históricamente fueron vulnerados. Mujeres negras e indígenas sometidas al trabajo doméstico que no respeta límites y que atenta contra la salud física, emocional y psicológica; irónicamente trabajando para historiadores, abogados, sociológicos y gente que sabe mucho de humanidades, en teoría.
El ocio ha sido negado para quienes no gozan de condiciones de vida digna, recordemos a la corte de oro cuando en la sentencia T-532 de 1992 señaló la estrecha relación entre la libertad individual y la dignidad humana. Si alguien es despojado del poder vivir como quiere, haciendo lo que le gusta ¿Tiene libertad? ¿Tiene dignidad? Si un ser humano es reducido a satisfacer sus necesidades básicas sin tener el espacio de usar su raciocinio… ¿No le estamos condenando a renunciar a su naturaleza pensante? El no hacer mucho sin ver comprometida la supervivencia ha sido un lujo desde siempre, el ocio no tiene nada que ver con la pereza. De acuerdo con la Fundación iberoamericana Down (2018) etimológicamente la palabra ocio proviene del latín otium, que significa reposo. Según el Diccionario de la Real Academia Española (1992), el ocio es el tiempo libre, fuera de las obligaciones y ocupaciones habituales. Partiendo de este contexto es válido asociar la posibilidad del ocio con los privilegios de algunas clases sociales a lo largo de la historia humana.
La razón por la que no leemos literatura, ni vemos grandes pinturas clásicas o vamos a los museos a ver exposiciones de determinados grupos sociales que el pasado se encontraron en condiciones de esclavitud, segregación, pobreza y marginalidad no se debe a su ausencia de talento o de cualidades para el arte, sencillamente no tenían el tiempo para crear, imaginar y mostrar sus expresiones artísticas; las pocas muestras que conocemos de los escapes de la realidad de las comunidades violentadas y explotadas en el pasado fueron rescatadas también por personas que tuvieron privilegios pero decidieron cambiar la perspectiva de sus interpretaciones sobre una realidad manipulada; o bien, mostradas en la actualidad por personas que descienden de las etnias, razas y cultura que han tomado bandera por rescatar su ancestralidad.
Los grandes eruditos, filósofos, escritores y científicos que hoy homenajeamos por sus descubrimientos y aportes, fueron hombres en su mayoría con una vida alejada de las labores domésticas, del campo, del cuidado de los hijos, entre otras tareas que hoy nos son imposibles de abandonar; eso también explicaría porqué gran parte de la obra de las mujeres empieza a ser conocida y divulgada después de la primera ola del feminismo en 1884, cuando por fin se empieza a desligar a la mujer del rol exclusivo como madre y cuidadora del espacio doméstico. Dos cosas son interminables, el oficio casero y el trabajo cuando se busca sobrevivir, el tratar de mantener a las personas ocupadas es una buena estrategia para que nunca tengan el espacio de reflexionar; ya no en lo que necesitan si no en lo que desean, llevar el pensamiento a lo más profundo, al autodescubrimiento y luego poder tener la oportunidad de contrastarlo a un entorno y decidir lo que debe cambiar ahí para hallar la plenitud individual y esto indudablemente se relaciona con una sociedad menos violenta, más desarrollada.
De acuerdo con la psicóloga Solange Anuch: “El ocio a nivel social y cultural, estimula el fortalecimiento de redes sociales, reduce la sensación de aislamiento y alienación, incrementando el sentido de pertenencia y satisfacción comunitaria. Es una oportunidad de vinculación, cohesión, cooperación social y familiar. Restaura la sensibilidad y conocimiento del medio ambiente, la cultura, el arte y la espiritualidad. Además, promueve procesos de socialización” Una vez se entiende lo sano y beneficioso que es para el ser humano no estar atiborrado de información y cargado de tareas, sobreestimulado por diferentes canales e intensidades en su parte sensorial lo correcto sería promover que las personas busquen estilos de vida en donde el ocio es aceptado como una necesidad.
Ya sé, estamos programados para pensar que ser “multitasking” (multifuncionales) es muy cool (chévere) estamos además llenos de videomensajes de personas que nos venden la felicidad por medio de la productividad, pero lo que realmente sucede es que buscan desesperadamente crear modelos de negocios autosostenibles mientras ellos se alejan un poco de toda esa sobrecarga. Vendernos ilusiones es rentable, lo hace el sistema a través de sofismas. el poder meditar, pensar, ver lejos, contemplar el paisaje, tomarse el café en una pausa larga, poner los pies en contacto con la tierra y detenerse para hallar razones en las circunstancias no es perder el tiempo, es ganar la vida. Una mente sana es el vehículo de un ser sentipensante que no es ajeno a los porqués de su vida o a los para qué del mundo en el que vive.

Las conversaciones entre el Gobierno y ELN.