Por: Oscar William*
Camelia es el nombre de la chica que le dio un giro a mi vida. Ella fue como la tormenta que cae en una tarde de sol que se oscurece con belleza. La conocí en una fiesta en la que estaba con unos compañeros. Una amiga en común nos presentó casualmente y esa noche no pasó nada. Cierto día, pasaba yo caminando por su casa sin saber que ella vivía allí, y escuché que gritó mi nombre al verme. Me dijo que había llegado como caído del cielo, pues necesitaba mi ayuda. Lo curioso fue que por esos días yo estaba recién renunciando al dogma que me inculcaron mis padres desde niño: Había caído del cielo en realidad. Me pidió el favor de que le ayudara a cargar un closet pequeño con el que ella no podía sola. Después de ayudarle, me ofreció vino, y como yo estaba de vacaciones de la universidad, sin más compromisos, no vi reparo en tomarme un par de copas. Así, sin conocerla muy bien, pasamos una tarde y noche llena de risas e historias de vida. Descubrimos que éramos ambos amantes de la poesía y nos enseñamos algunas líneas que teníamos escritas en nuestras redes sociales. Poco a poco el demonio de la ebriedad se apoderó de nosotros e hicimos el amor de una manera apasionante y erótica. El éxtasis que me produjo en ese momento fue mayor al que había sentido en otras ocasiones. Cerré mis ojos para dejarme poseer de la situación y en ese instante sentí como mi cuerpo levitaba junto al de ella. No sentía la cama, solo la brisa fría debajo de mí. Abrí mis ojos para corroborar que estaba acostado mientras ella estaba encima de mí. La realidad del momento quiso interrumpir mi frenesí, pero yo estoy seguro de que estuve volando por su habitación durante unos segundos. Aquella fue experiencia suficiente para comenzar a pasar muchos más días junto a ella. En cuanto tuve confianza le conté eso que había pasado y en medio de muchas sonrisas ella me explicó que su alma era la misma de un ave: una lechuza para ser exactos. Al cabo de un mes llegamos al punto en el que ya yo regresaba pocas veces a mi casa puesto que me quedaba en la suya casi siempre. Unos días después de haberla conocido, mientras la visitaba, supe que le encantaba la medicina alternativa; sin embargo, ya me iba pareciendo a mí que sus prácticas rayaban el límite de la brujería y la magia blanca. En el patio tenía un jardín lleno de plantas de varias clases, pero no tenía animales, aunque me dijo que le encantaban y que quería tener muchos. No me importó meterme en sus asuntos porque la verdad pensé que todo lo que hacía era bueno. Su excelente estado de salud corporal y mental dependían de ello. Poco a poco fui aprendiendo algunas ideas que empecé a aplicar en mí mismo. Dejé de comer carnes rojas o embutidos y empecé a consumir más vegetales. Me enseñó unas pócimas básicas basadas en hierbas para dormir mejor y evitar el estrés. Mi cuerpo empezó a experimentar un cambio positivo, así que seguí el camino que ella me iba enseñando.
Cuando se acabaron las vacaciones y me tocaba continuar con mis estudios, empezó a sentirse sola porque por obvias razones ya yo no podía quedarme tantas veces en su casa. Se me ocurrió que debía regalarle una mascota para que así ella se sintiera en compañía mientras yo no estaba. No sabía qué podía contentarla, pero por aquello que me había contado sobre su alma, averigüé por lechuzas. Me contaron de un señor en el mercado que comerciaba ese tipo de aves. Fui a verlo y me citó a su finca. Tenía toda clase de animales exóticos y entre ellos me llamó mucho más la atención uno en particular. Era una lechuza que tenía todo su plumaje gris oscuro mezclado con un tono negro que la hacían lucir muy bella. Sus ojos eran grandes y brillantes. El costo no me importó porque la verdad es que me sentí hechizado. Fui a casa de Camelia a llevarle la sorpresa y ella quedó encantada. Un día hablando por teléfono, le pregunté qué nombre le había colocado al animal, a lo que ella respondió: Bruja. Entendí que era hembra y recordé que yo solo la elegí por el color sin tener en cuenta su sexo.
Cerca de dos meses después, ella me llamó llorando porque Bruja había aparecido muerta en el patio. Probablemente a causa de que, en su barrio, decían que el pobre animal estaba endemoniado y muchos creían que literalmente era una bruja. Camelia, muy airada entre lágrimas me decía que buscaría vengarse usando algún tipo de sortilegio. Le recordé que ella no practicaba esa clase de brujería, que no se dejara llevar por la emoción del momento y por eso sentí que debí acompañarla durante esas noches. La muerte de su mascota le había afectado mucho.
Una noche mientras dormíamos, ella se levantó bruscamente de la cama con un movimiento que me hizo despertar. Entre sueño abrí mis ojos y escuché que gritaba un macabro nombre desde la cocina: ¡Bruja! Con algo de miedo me le acerqué después de verla tirada al lado de la nevera. Me dijo que la había escuchado ulular en ese espacio. Le recordé que eso era imposible, la lechuza estaba muerta y ya la habíamos enterrado. Ella parecía no recordar ese episodio, así que la llevé a la colina que queda detrás del patio de mi casa donde le dimos sepultura. Al ver la pequeña tumba que le construímos, quedó convencida.
Las siguientes noches mientras dormía, yo me quedaba despierto un rato a esperar si pasaba algo raro. Lo único poco común que noté, era que al estar ahí tendida entre sábanas parecía estar muerta. Un día le comenté con mucha prudencia ese hecho y ella me empezó a hablar de astralidad y planos paralelos. Yo estaba algo escéptico en cuanto a ello, pero mis antiguas creencias me hacían darle el beneficio de la duda, pues yo solía ser una persona bastante espiritual y no ignoraba esas ideas.
Una noche, bajo los efectos del vino y del cannabis, acepté una invitación que me estaba haciendo desde hacía ya algún tiempo. Sentados en el suelo mientras meditábamos escuchando una extraña frecuencia en la radio, empecé a escuchar un coro de voces graves masculinas. Eran muchas y me hizo recordar los cánticos que entonan los clérigos y que escuchaba de pequeño en la iglesia católica. Abrí mis ojos con miedo, pero aquel bullicio no se iba. Me giré un poco y vi lo que parecían ser unos monjes tibetanos reunidos y entonando una canción cuya letra me fue imposible entender. Me puse de pie y encendí las luces a esperar que se me pasara ese inusual malestar. Camelia también regresó en sí y me preguntó por lo qué estaba pasando. Le conté la experiencia y ella insistió en que no debía tener miedo. Según su punto de vista yo estaba desarrollando un don que no podía dejar ir. Mencionó que la madre me había seleccionado para ello. La verdad es que me era muy difícil omitir el miedo. Cuando dormía solo en mi cuarto veía cosas ajenas a esta realidad. Una tarde mientras trataba de tomar una siesta, abrí mis ojos y miré hacia el baño. Ahí arrodillada en el inodoro vi a una mujer con el rostro cubierto con su cabello pero que parecía estar mirándome. Con un pavor obvio traté de levantarme y abrir la puerta de mi cuarto, pero vi cómo mi mano traspasaba la perilla. Miré hacia mi cama y me vi ahí acostado. Entendí que estaba teniendo una pesadilla. Cerré mis ojos y traté de despertar, lo cual pude lograr al cabo de un rato. Una noche antes de quedarme dormido, vi que de las paredes salieron dos brazos que intentaban arroparme y yo simplemente no me podía mover. Llegué al punto en que temí por mi locura. Le conté todas mis experiencias a Camelia y ella me decía que debía estar tranquilo.
El miedo y mis ocupaciones académicas me hicieron alejarme de Camelia sin saber si era a propósito. En un punto de la historia solo hablábamos por teléfono y tiempo más tarde, ya no volví a saber de ella.
Cuando llegaron las vacaciones nuevamente, intenté contactarla, pero su número de contacto no funcionaba. Fui hasta la casa donde ella solía vivir, pero había sido arrendada a una familia. Ninguno de sus amigos conocía su paradero y aquella amiga que nos presentó solo mencionó que ella solo se había ido muy lejos de viaje y que no sabía si volvía. Esa situación fue para mí muy compleja, pero sentí que en parte era lo mejor para mí, puesto que quería alejarme de todas las practicas que hacía a su lado.
Dos meses después de enterarme de su marcha, conocí a otra chica llamada Rubí. Ella era muy linda y muy común. Estaba terminando sus estudios de enfermería en la universidad a la que yo iba. No era amante a la poesía, no creía en la medicina alterna, pero me gustaba mucho. Sentí que la necesitaba para poder empezar a tener una vida más tranquila alejado de todo lo que ya me parecía subnormal. Cuando llegó mi cumpleaños, la invité junto a unos amigos a un asado en la colina detrás de mi casa. La tarde cayó y la noche avanzó. A eso de la una de la madrugada, sentados en el pasto contemplando la luna llena, en un momento en que todos nos quedamos en silencio, escuché el canto de un ave. Giré hacia mi costado izquierdo, de donde vino el sonido, y alcancé a ver la silueta de una lechuza negra en la oscuridad de la hierba. Rápidamente me puse de pie y salí a solo ver. Cuando llegué al sitio donde la había visto, a unos diez metros de mí pude distinguir esos ojos grandes y brillantes de un demonio animal que ya me parecía haber visto mucho antes. Quedé paralizado y frío. Sentí cómo mi propia boca intentó convencer a mis oídos con un nombre: Bruja. Aquello no podía ser real, pero yo no había consumido casi nada como para pensar que era producto de mi psicodelia. Los chicos se me acercaron y Rubí me preguntó si estaba todo bien. Volvimos a nuestro sitio y yo traté de no darle más importancia al asunto.
Cinco meses después me gradué de administrador de empresas e inicié mi propio negocio. Me mudé con Rubí a un apartamento, puesto que a ella le pagaban muy bien sus prácticas. A veces tenía turnos de noche y yo me quedaba solo. Empecé a sufrir de insomnio y me daba mucho miedo la oscuridad. Una mañana Rubí regresó temprano y me encontró meditando y consumiendo hierbas. Ella me mostró su preocupación y trató de ayudarme. Sus métodos no me funcionaban para nada mientras que los de Camelia sí. Me había enseñado a calmar mi estrés y usé eso para tratar de dormir. A Rubí no le gustaba que hiciera esas cosas, pero era inevitable.
Una noche ella no tuvo turno y dormimos juntos. A la medianoche, yo me desperté gritando y algo sudado. Había soñado con aquellos monjes que me decían que me les uniera, que ese era mi deber. Por más noches empecé a experimentar pesadillas en el poco rato que podía dormir y el insomnio empezaba a notarse en mi salud. Rubí no aguantó más esa situación y me dejó solo. Su partida no me molestó en absoluto. Yo sentía que me estaba volviendo loco y recordé que Camelia me había hablado de un don, así que me armé de valor y empecé a practicar el cuerpo astral.
Una noche mientras salía de mi cuerpo, vi en la calle a una mujer que no me mostraba su rostro pero que me producía mucha paz. Después de varias noches de estar viéndola en el mismo lugar, me le acerqué y hablamos de cosas que no recuerdo. Ella siempre mantenía su cabello como velo y su voz me parecía familiar.
El tiempo pasó y mis problemas para dormir se empezaron a ir. Era tanta la calma que me producía el ver a esa chica allí, que mi cuerpo buscaba el quedarse dormido sin reparos.
En una de esas veces, salí de mi cuerpo y la vi ahí esperándome en la misma calle, pero esta vez cargaba una lechuza negra en sus brazos. Me le acerqué y pude identificar que se trataba de Bruja. La chica misteriosa se recogió el cabello y me dejó ver por primera vez su rostro. No pude ocultar mi sorpresa al escucharle decir estas palabras: Bienvenido, te he estado esperando. A pesar de la sombra que la cubría, pude reconocer su rostro. Era esa chica de la que antes quería huir, la misma que me cambió la vida; era ella, era Camelia.
*Poeta y narrador sucreño.

SOS Mojana.