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Una enfermedad llamada vejez

Me estoy poniendo viejo. Eso me indican los hilos grises que han aparecido en mi cabeza y se alternan con las hebras...

Foto del avatar Escrito por Armando Verbel · 3 min read >

Me estoy poniendo viejo. Eso me indican los hilos grises que han aparecido en mi cabeza y se alternan con las hebras de mi negro cabello. Ya no veo películas, ni partidos de fútbol, me los duermo casi todos. Mi cuerpo ya no tolera muchos de los alimentos que antes disfrutaba al máximo, esas ricas comidas cargadas de dañina chatarra que uno sabe que no le aportan nada a su organismo, pero saben delicioso. El cansancio y los dolores musculares son el pan de cada día. Que la tensión en la espalda, que el dolor de cabeza, ¡acetaminofén como parte del menú! La vitalidad juvenil le está dando paso a los achaques de la adultez. Ya se ven lejos esos días cuando era capaz de jugar aquellos partidos de fútbol interminables a pie descalzo y en pleno sol de mediodía con los amigos del barrio.

Aunque no estoy aún en la ‘tercera edad’, son casi cuarenta años los que tengo y, realmente… tengo mucho miedo de envejecer.

Y no tengo miedo porque envejecer en sí sea algo malo, todo lo contrario, en un país como Colombia llegar a la vejez debería ser un orgullo. En un país donde muchos de nuestros jóvenes no alcanzan a cumplir los 25 años por culpa de la maldita violencia, de las inequidades y de las injusticias de muchos actores tanto legales como ilegales, llegar a viejo debería ser una meta loable, celebrada por muchos y valorada profundamente, pero no. Envejecer en Colombia trae consigo un panorama algo siniestro. Parece que ser viejo en este país es una condena a la exclusión, a una condenación infernal anticipada.

A diferencia de muchas culturas ancestrales y de otras latitudes, donde ser viejo es sinónimo de ser valorado y apreciado por la comunidad que lo acoge, en la mayoría del territorio ‘civilizado’ de Colombia, ser viejo parece que se ha convertido en una enfermedad, y de las peores. Parece que tememos estar como están nuestros ancianos, como algo que no importa, que no sirve, que estorba. Lamentablemente así hemos tratado muchos colombianos a nuestros adultos mayores.

Es muy cuestionable que hayamos restado valor a las personas sobre los hombros de los cuales estamos parados. Sí, no seríamos nada sin quienes nos precedieron. Nuestros ancianos no deberían ser un lastre para nosotros, deberían ser un recordatorio de que estamos endeudados, porque en realidad es así, les debemos mucho, por no decir que les debemos todo. Ellos han sido quienes han abierto el camino que, de una u otra manera, nosotros transitamos y nuestros hijos transitarán en un futuro no muy lejano. Necesitamos aprender como sociedad a honrar a nuestros viejos.

Da mucha tristeza y genera desconsuelo solo mirar la forma tan inhumana en que muchos de ellos viven, relegados de la sociedad, gran cantidad en la mendicidad e indigencia. Unos pocos privilegiados son tenidos en cuenta por sus familias solo para las fotos de fin de año (y eso, en las familias que no los han mandado a ancianatos), pero poco valorados en el día a día. Poco se les presta atención a sus sentidas necesidades, se les ignora o se les excluye, aun dentro de la misma casa que les pertenece a ellos. Pero este fenómeno no solo se da a nivel familiar, sino que, tristemente las políticas públicas que velan por el bienestar de esta población son poco difundidas o desconocidas en la mayoría de los casos.

Parece que a los gobernantes y a las grandes empresas de nuestro país no les interesa que nuestros viejos tengan una buena vejez, si no me cree, mire todo el lío que se arma cada año con el cuento de las pensiones. Si no nos ponemos pilas, quitarán ese privilegio, aunque lo seguirán cobrando. Hay muchas propuestas para seguir elevando la edad pensional y hacer más precario lo que se pagaría como pensión en la vejez. Tras de que no se les quiere tener en cuenta, ahora queremos quitarles lo poquito que han ahorrado toda su vida (algunos pocos que han podido, con las uñas, la mayoría no tiene ese privilegio).

Incluso en la programación de la televisión pública y privada es poco lo que se tiene en cuenta a esta población. Los deportes son prácticamente ajenos para ellos, no hay muchos proyectos donde se les incluya. Si miramos las construcciones de nuestros edificios públicos (y privados), una ínfima cantidad son los que se interesan porque el acceso de los ancianos se vea facilitado. Ni siquiera en muchas iglesias de nuestro territorio nacional esta población es objeto de atención en el sentido arquitectónico, ni de programas que sean incluyentes para ellos.

Tenemos una deuda de gratitud con nuestros ancianos. Es imperativo que, como individuos y como sociedad, tomemos conciencia del valor que tienen las personas que hacen parte de esta población y nos movilicemos para garantizarles una vejez digna. Sería bueno un cambio de mentalidad que nos permita valorar a aquellos que dieron sus fuerzas para tener este país que tenemos, perfecto o imperfecto, pero hicieron su mayor esfuerzo. Valoremos a nuestros viejitos y no sigamos tratándolos como si tuvieran una enfermedad que puede contagiarnos. Nuestro valor como sociedad no se mide solo por cómo tratamos a nuestros niños (nacidos y no nacidos), sino también por cómo tratamos a nuestros adultos mayores. La vida de todos es sagrada, independientemente de la edad en que se esté.

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