Cultura

El caos es una escalera

¡El reactor nuclear colapsó… y se inició el caos! Era el 26 de abril de 1986, cuando una serie de explosiones destruyó el...

Foto del avatar Escrito por Adan Peralta · 3 min read >

¡El reactor nuclear colapsó… y se inició el caos! Era el 26 de abril de 1986, cuando una serie de explosiones destruyó el reactor  número cuatro de la Central Eléctrica Atómica de Chernóbil, situada cerca de la frontera entre Ucrania y Bielorrusia. De inmediato fue evacuada la población de Prípiat, la ciudad más cercana al complejo nuclear, y las aldeas a 30 kilómetros a la redonda.  El incidente sacudió los cimientos de la humanidad, en lo que se considera uno de los desastres tecnológicos, ecológicos y humanos más devastadores de los últimos tiempos.

La escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich retrata el consiguiente desconcierto en su libro Voces de Chernóbil, en la que a través de agudos relatos, sus agobiados personajes nos cuentan dolorosos sucesos con un grado de realidad sorprendente. Ellos con su dolor y horror, siempre a cuestas, hacen un registro narrativo único y desgarrador, con sus heridas del presente y del futuro.  Muchas de esas voces, no supieron cómo encontraron las palabras para contarnos esta tragedia que es de todos. Hoy, gracias a la literatura, esas voces se escuchan a despecho del tiempo y del espacio.

En la renombrada serie Juego de Tronos, en el sexto capítulo de la tercera temporada, el personaje Varys encuentra a Baelish cuando este último está mirando el trono de hierro. Allí sostienen una curiosa conversación, muy pertinente para la mirada que aquí se hace de la catástrofe de Chernóbil:

Varys: «¿Pero qué nos queda una vez que abandonamos la mentira? Caos, un hoyo enorme que espera para tragarnos a todos».

Baelish: «El caos no es un hoyo. El caos es una escalera. Muchos que trataron de escalarla fracasaron y nunca lo intentaron de nuevo. La caída los rompe».                  Sí, el caos es una escalera por donde unos descienden, otros suben… y el mismo caos también asciende. En Chernóbil ese desconcierto aún se agita; se mueve entre el dolor y la desesperanza; entre el presente que duele y el futuro que asusta; entre la perspectiva de una realidad frustrante y un mañana sin luz. No solo fragmentos de grafito y uranio quedaron en la atmosfera. En Chernóbil, muchas otras cosas saltaron por los aires: la incesante tragedia, el futuro incierto, la verdad oculta…muchas vidas humanas.

La ignominia y el sufrimiento son la materia prima de Voces de Chernóbil. Aquí todo está lleno de destellos inesperados, de la tragedia no de un pasado, sino de un futuro. Muchas de esas voces relatan, pero son conscientes de algo espeluznante: «Nosotros somos testigos. Pero pronto moriremos» (Alexiévich, 2015, pág. 131)  y un temblor que asusta sigue recorriendo sus cuerpos: «…nos pasábamos los días esperando cuándo nos empezaríamos a morir», dice la niña Olia Zvonak, de 10 años. (pág. 380)

Aquí, al igual que Truman Capote con su novela A sangre fría, Svetlana logra hacer arte con el reportaje periodístico. Hace literatura fuerte y sugerente. Ella entendió que debía retratar la magnitud de esta tragedia, y por eso deja que las voces indagadas narren con una intensidad visceral. No es sino escuchar a Liudmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko, para entender sus dramas: «Tenía el cuerpo entero deshecho… Todo era una llaga… En el hospital los últimos dos días… Le levantaba la mano y el hueso se le movía, el hueso le bailaba, se le había separado la carne… Pedacitos de pulmón, de hígado le salían por la boca… Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro… ¡Esto no se puede contar! ¡Esto no se puede escribir! ¡Ni siquiera soportar!» (pág. 36).

¿Y cuál la actitud del gobierno de la antigua URSS ante la tragedia? Fue de un silencio éticamente vergonzoso. Ellos trataron de ocultar lo inocultable. No asumieron las responsabilidades históricas que les correspondía. Otra vez la verdad quiso ser escondida en el fondo de un abismo, pero ella, siempre astuta, subió por una escalera, y se asomó… revelando el caos. La nobel de literatura lo sabía: su misión histórica era remover la arena dolomita, levantar esas planchas de hormigón, y develar los horrores que estaban escondidos. La escritora fundió esas planchas para rebelarle al mundo lo que otros trataron de sepultar. Voces de Chernóbil, es una respuesta frente al silencio de los años.

En Ucrania y Bielorrusia, 34 años después, más de dos millones de personas viven encapsuladas en zonas contaminadas, donde los atardeceres cambiaron de colores, el viento huele distinto, corren nubes asfixiantes, la lluvia es acida, el sol filtra sus destellos cansados… y el reactor sigue haciendo daño. Parece estar aún encendido, aun emitiendo radiación en las capas de la tierra, en los ríos, en la atmosfera. Hoy muchos viven con el miedo en el cuerpo, con el horror pavoroso al futuro. Siguen enfermándose… y muriendo. Aún hay caos hasta en el alma del hombre.

En el mundo de hoy, el peligro del átomo alterado comparte espacio con los encantos de la flor. Y a pesar de todos esos errores humanos, el universo se complace de esa aparente armonía. Pero el hombre vive en la incertidumbre de que otra vez el átomo se vuelva rebelde…y la flor de nuevo vuele por los aires. La voz de Vasili Borísovich parece vaticinar lo que nos espera«Yo creo en la historia… en el juicio de la historia…Chernóbil no ha terminado; tan solo acaba de empezar» (pág. 366)

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