Hace unas semanas salí del trabajo para mi casa, como todos los días, a ‘lomo’ de mi motico vieja. Cuando iba por la Avenida Luis Carlos Galán, en una de las intersecciones de esa concurrida calle, paré con el fin de esperar que la luz del semáforo cambiara a verde para girar a la izquierda y agarrar el otro camino que necesitaba para llegar pronto a almorzar con mi familia. Cuando el semáforo dio luz verde, con direccional puesto, hago el giro a mi siniestra y me encuentro de frente con una persona que, en su motocicleta, se voló el semáforo de la calle contraria a la que yo iba. Casi me choco con ese otro motorizado, el susto fue grande. Además, esa persona imprudente, en vez de pedir disculpas por casi estrellarse conmigo a causa de su irresponsable descuido, lo que hace es lanzarme un insulto con palabras de grueso calibre y hacerme una señal, no muy agradable, con sus manos.
Asustado y molesto por la situación, giré mi cabeza varias veces en señal de desaprobación y, en ese momento, otro motociclista que había visto toda la escena me grita las palabras con que intitulé esta columna: ¡estamos en Sincelejo, mijo! No sé con qué intención el hombre me dijo esto. Tal vez lo dijo como muestra de solidaridad conmigo. Puede ser que lo haya dicho quejándose de mi desaprobación a ese hecho, haciendo énfasis en que eso es lo que hay y si no me gusta, pues de malas. O, tal vez, el hombre lo dijo como una muestra de resignación pasiva: un descargo de suprema decepción porque ya esas cosas hacen parte de nuestra idiosincrasia sincelejana y, supuestamente, no podemos hacer nada para cambiarlas.
Por esa frase y por muchas más que he escuchado, tiendo a creer que el sentido de lo que me dijo este hombre iba por el lado de la última interpretación. Como sincelejanos, por mucho tiempo, nos hemos acostumbrado a la anarquía que vivimos en nuestra ciudad. Y sí, es una ciudad, aunque en nuestra corta mirada casi siempre tendamos a verla como ‘un pueblo grande’. Idea que se ve reforzada por declaraciones de personas externas que vienen acá con ínfulas de superioridad y nos dicen que somos un pueblucho, que no hay nada que valga la pena aquí, que no tenemos nada que mostrar ni ofrecer. Lo más doloroso es que nosotros, tonta y sumisamente, nos hemos creído eso.
Nos hemos creído ese mal cuento de que, porque somos y vivimos en Sincelejo, no podemos ser mejores. Que estamos condenados a ser una de las ciudades más pobres y desiguales de nuestro país. Que no vale la pena hacer algo para cambiar de mentalidad y, entre todos, progresar. Que estamos, indefectiblemente, penados a ser cuna del atraso, de la ilegalidad y de la corrupción que no siguen desangrado. Frases como ¡estamos en Sincelejo, mijo!, muestran el poco sentido de pertenencia que tenemos con nuestro terruño, manifiestan ese desgano que tenemos para intentar que las cosas sean diferentes. De igual forma, otra frase más nociva y no menos usada como: ‘que robe, pero que haga’, nos hacen cómplices de esos corruptos chupasangres que nos han gobernado por décadas y nos han hurtado la oportunidad de aprovechar lo que esta preciosa tierra nos puede dar a todos los que habitamos en ella.
Es hora de que, como sincelejanos, comencemos una revolución. Pero no una revolución violenta y destructiva que traiga más miseria y dolor del que ya sufrimos. No, les invito a que empezamos una revolución de pertenencia. Sí, que miremos a nuestra ciudad como casi nunca la hemos visto, con ojos de optimismo. Que dejemos de conformarnos con el desorden y el desprecio por lo nuestro. Que nos demos la oportunidad de cambiar. Que paremos ya con ese tema de vernos inferiores a otras ciudades y que comencemos a disfrutar realmente a nuestra tierrita, a amarla, a valorarla y a mostrarle a las nuevas generaciones de sincelejanos y sincelejanas, que no estamos condenados a ser unos mediocres fracasados. A enseñarles con nuestras decisiones y acciones que no estamos obligados a perpetuar la corrupción política, institucional, comunitaria e individual. Que estamos dispuestos a hacer las cosas de una mejor manera.
Sí, sé que se lee muy utópico, pero, díganme ¿qué cambio no ha empezado por un sueño? Sueño con ciudadanos y ciudadanas que amen su ciudad. Con coterráneos que no desprecien ni destruyan, sino que cuiden y preserven lo que tenemos. Sueño con una nueva generación que aprecie a y trabaje por esta tierra. Que no tenga que irse a buscar mejor futuro en otros lugares porque aquí no hay oportunidades. Sueño con que podamos generar nuevas fuentes de ingresos, lo que ofrece nuestra tierra deje de estar en manos de unos pocos y todos podamos tener acceso a ello. Eso no va a suceder de la noche a la mañana y no será fácil, pero, si no comenzamos a hacerlo ahora, ¿cuándo cambiaremos?
Iniciemos por algunas acciones sencillas, pero certeras. Por ejemplo, no sigamos patrocinando a los corruptos que nos desangran, el próximo año elijamos a nuestros gobernantes bien y no nos dejemos comprar por un hipócrita apretón de mano y abrazo en campaña o por míseros cincuenta mil pesos y una botella de ron. No dejemos que esos bandidos que nos roban lo mucho que tenemos sigan haciendo de las suyas impunemente. No dejemos que la ley del más vivo o el más violento siga imperando, esa que tanto daño causa y que, en vez de parar y pedir disculpas por un error, grita obscenidades a quien ha sido agraviado. De igual manera, no sigamos celebrando esas voces que desde afuera nos insultan y menosprecian.
Podemos cambiar nuestra ciudad, sí que podemos. Pero es una tarea que nos compete a todos. Queridos lectores ¿aceptan este reto? Cuán bonito sería que, en una próxima oportunidad, podamos gritar con alegría y mucho sentido de pertenencia: ¡estamos en Sincelejo, mijo!

Manipulación