Columnas

La mente de un dictador

Pero lo que la razón  le dictaba no convencía a sus glándulas. Tuvo que dejar de vestirse, cegado. La rabia ascendía por...

Foto del avatar Escrito por Malkin Martinez Montes · 3 min read >

Pero lo que la razón  le dictaba no convencía a sus glándulas. Tuvo que dejar de vestirse, cegado. La rabia ascendía por todos los vericuetos de su cuerpo, rio de lava trepando hasta su cerebro, que parecía crepitar. Con los ojos cerrados conto  hasta diez. La rabia era mala para el gobierno y para su corazón, lo acercaba al infarto. La otra noche, en la casa de Caoba, la rabia lo llevo al  borde del sincope. Se fue calmando. Siempre supo contorolarla, cuando hizo falta: disimular, mostrarse cordial, afectuoso con las mejores basuras humanas, esas viudas, hijos o hermanos de los traidores, si era necesario. Por eso iba a cumplir treinta y dos años  llevando en las espaldas el peso del país.

Se quedó con el zapato en el aire recordando a la celebérrima parejita. Toda una institución en ciudad colonial. Moraban bajo los laureles, del parque Colon. Y a la hora de más afluencia aparecían haciendo su número de locos para que la gente les tirara una moneda o algo de comer. Él había visto muchas veces a Valeriano y Barajita con sus harapos y absurdos adornos. Johnny Abbes informo que el loco Valeriano se había puesto a ridiculizar al jefe llamándolo Chapita. Le dio curiosidad fue a espiar desde un auto con vidrios oscuros. El viejo con su pecho lleno de espejitos y tapas de cerveza, se pavoneaba luciendo sus medallas con aire de payaso, ante un corro de gente asustada, dudando entre reírse o escapar. “aplaudan a Chapita pendejos”, gritaba Barajita, señalando el pecho rutilante del loco. El sintió entonces la incandescencia corriendo por su cuerpo cegándolo, urgiéndolo a castigar al atrevido. Dio la orden en el acto. Pero en la mañana siguiente pensando que después de todo, los locos no saben lo que hacen y que, en vez de castigar a Valeriano, había que echar mano a los graciosos que habían aleccionado a la pareja, ordeno a Johnny Abbes, en un amanecer oscuro como este: “Los locos son locos. Suéltalos”. Al jefe de inteligencia del servicio militar se le agesto la cara: “Tarde excelencia. Los echamos a los tiburones ayer mismo. Vivos, como usted mando”.

Se puso de pie, ya calzado. Un estadista no se arrepiente de sus decisiones. Él no se había arrepentido jamás de nada. A ese par de obispos los echaremos vivos a los tiburones.

Sé que usted estimado lector se debe estar preguntando, ese relato de donde salió o a quién pertenece. Es un fragmento de la obra literaria: La Fiesta del Chivo, del Nobel de literatura Mario Vargas Llosa.

Este mismo autor en una de sus charlas sobre literatura, expresaba: “La literatura nos “desprovincianiza” muchísimo a los lectores, nos hace ciudadanos del mundo, nos permite descubrir qué parecidos somos, aunque haya muchas diferencias entre nosotros”.

Cuanta verdad hay en este comentario del Nobel Peruano, mi experiencia es que, cuando leía la parte de los locos; Valeriano y Barajita, me fue imposible no pensar o no recordar al humorista y periodista Colombiano Jaime Garzón muerto hace 22 años.

El resto del relato el cómo suceden los hechos, la parsimonia del excelentísimo jefe quien da las ordenes, como la de echar a los locos a los tiburones. De este fragmento literario salto a la realidad Colombiana, donde hasta la fecha, no se sabe, quién dio la orden de los 6402 falsos positivos. Tampoco se sabe quién dio la orden en su momento de asesinar, sindicalistas,  periodistas, humoristas, como Jaime Garzón.

Lo que sí, se sabe es que.  El ex paramilitar Salvatore Mancuso hace unos meses hablo ante el tribunal de justicia y paz  y entrego detalles sobre las alianzas entre las Auc y las Fuerzas Militares. Señaló que altos mandos estigmatizaron a líderes como el periodista Jaime Garzón.

Algo más expresado por Mancuso y que no debe pasar desapercibido por la mente de ningún Colombiano, es lo siguiente: “Hubo permanente comunicación con el Ejército, la Policía y el DAS para poder conformar un grupo de autodefensas. Me explicó en esto que es bien importante: Un grupo de autodefensas no podía crearse en ninguna región del país si no había apoyo de las instituciones del Estado y de la sociedad que componían esas regiones. Necesitábamos apoyo militar inicialmente, sin ese apoyo era imposible entrar. De ellos teníamos el resguardo para protegernos”, explicó Mancuso desde una cárcel en Atlanta (Estados Unidos).

En la obra literaria donde la ficción lo aguanta todo siempre se sabrá quien da las ordenes, siempre abra un dictador “llamado excelencia o estadista” que no tiene nada de que arrepentirse. En la realidad Colombiana, igual que en Perú, Chile, Argentina, etc. Quien da o quien dio la orden siempre será un misterio.

Lo que si es cierto es que es que “no puede haber una psicología común para los dictadores, porque no hay ni siquiera una para los demócratas. Algunos no tienen nada especial, simplemente son jefes de su tribu. Explicar las dictaduras en términos de personalidad no tiene amparo científico”. ¿Entonces el dictador no es ni un loco ni un super hombre, sino una persona corriente? “Tal vez si hubiera que identificar un rasgo común en estas personas, sería la frialdad y el ejercicio despiadado del poder. No tienen sentimientos, no padecen emociones, no tienen sentido del humor ni capacidad de reírse de sí mismos. No entienden que la democracia, en el fondo, es un juego de roles” Opinión expresada por José Luís Álvarez profesor de Esade y sociólogo por la Universidad de Harvard.

Por último y a modo de cierre yo le podría decir a usted, joven, adulto y anciano que me lee; la literatura crea ciudadanos difíciles de controlar, engatusar o manipular. Ciudadanos inconformes, que tienden a hacerse preguntas, cuestionarse las cosas, opinar con libertad y criterio, porque la literatura y en especial la latinoamericana siempre reclaman, siempre se queja, siempre denuncia.

 

Escrito por Malkin Martinez Montes
Lic. En Humanidades con énfasis en lengua castellana. Magister en recursos digitales aplicados a la educación, universidad de Cartagena. Codirector y columnista del portal de opinión Soyciudadano.org Profile

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Artículo siguiente: Fenalco tiene huevos