Por: Oscar William*
Me gusta soñar, porque siempre que lo hago suceden cosas que en la realidad no pasan. Por ejemplo, la idea de poder volar es posible cuando tengo una noche profunda y mi pesado cansancio de un día normal de estar jugando toda la tarde con mis amigos del barrio, me permite dejar caer en los brazos de Morfeo.
A varios de mis compañeros de la escuela no les sucede así. Me han comentado que casi no sueñan y hasta me creen loco cuando les cuento uno de mis sueños. No sé qué es lo que me hace tener ese don, pero los entiendo a ellos: Yo también creería que soy loco por tener la cabeza llena de tantas historias.
En mis sueños también puedo ver juntos a mis padres; es decir, ellos viven juntos conmigo, pero creo que no duermen en la misma cama porque mi papá ocupa las noches en la habitación de huéspedes que ellos mandaron a construir hace unos años a causa de aquellas campañas evangelistas en las que suelen invitar predicadores de otras ciudades. El asunto es que ellos se la pasan todo el día discutiendo y en ocasiones por situaciones que no tienen sentido, puesto que podrían solucionarse de otra forma. No sé por qué pelean tanto. Recuerdo el día que invité a mi amiga Liliana a visitarme y ellos hicieron que esa fuera una experiencia bochornosa. No dejaron de levantarse la voz estando en desacuerdo por algo que ya olvidé. Recuerdo que mi amiga me dijo que no me preocupara, pues ella entendía, ya que sus padres antes de divorciarse se la pasaban también así. Lo que ella no entiende es que yo no quiero que los míos lo hagan. Yo conservo la verde esperanza que ellos un día puedan aprender a solucionar sus asuntos de manera sensata y prudente.
Antes de quedarme dormido cada noche los veo a cada uno en su lugar y aunque luche por no cerrar mis ojos para ver si mi papá regresa a la cama donde ella duerme, nunca consigo ver que lo haga y cuando me despierto ya él está casi listo para irse a su trabajo. Yo me levanto para ir a la escuela y él me lleva en su auto. Todos los días en su cara noto lo inconforme que se siente viviendo así. Yo he tratado de aconsejarle que quiera mucho a mi mamá y que no la grite, pero es inútil. También entiendo que ella no ha sabido llevar la situación y lo exaspera mucho.
Es a eso a lo que me refiero cuando digo que, en mis sueños, mi papá y mi mamá sí están juntos.
Una noche mientras soñaba vi a una chica que mantuvo un dialogo muy extraño conmigo. Digo muy extraño porque lo es incluso para los sueños raros que ya les dije que suelo tener. La chica en cuestión, era delgada, alta, de piel muy morena y llevaba falda de gitana. Tenía sus brazos tatuados con imágenes de animales y plantas. En la frente llevaba dibujada una media luna. Su cabello era muy largo, de color castaño claro y con muchas trenzas. Yo estaba jugando en un parque mientras mis padres saboreaban un helado juntos en una mesa cerca de mí. Ella se me acercó con una amistosa sonrisa que la hacía ver muy bonita. Me saludó y me pidió que me sentara en el césped. Estando a mi lado, me preguntó si me gustaba ver a mi papá y a mi mamá así y por supuesto le dije que sí. Ella me hizo ver que solo estaba soñando y que cuando despertara todo eso se iba a esfumar como polvo que esparce la brisa. Puse cara de tristeza y ella me dijo que había una manera en la que ellos podrían permanecer, así como los estaba viendo felices en el sueño, pero que necesitaba una llave. Al despertar me quedé pensando en cuál sería aquella llave y cuál la solución a mi tristeza.
Al cabo de una semana, le había restado importancia a aquel sueño. Para entonces, mi madre me había dicho que ya yo tenía edad de aprender a cocinar porque tal vez un día iba a necesitarlo, así que se dispuso a instruirme un sábado en la mañana. Mi padre, que también tiene los sábados libres, estaba en la sala leyendo el periódico mientras nosotros preparábamos unos ricos macarrones con queso y champiñones. Él le mencionó a mi mamá una frase que quedó resonando en mi mente todo día: —No se te olvide enseñarle que no deje la llave del gas abierta—.
Lo más tétrico es que por la noche volví a soñar con la muchacha con la que ya había soñado antes. Estaba yo en mi salón de clases con mis compañeros y ella estaba ahí. Esta vez fui yo quien se acercó. Debo decir de su sonrisa que me transmitía mucha paz ¡era tan hermosa! La saludé y me preguntó si ya había encontrado la llave. Le expliqué lo que había dicho mi papá ese mismo día y ella sonrió más de lo habitual. Le pregunté si esa era la llave, lo cual no entendía porque yo estaba esperando que se tratara de una que abriera una puerta o algo así. Pero las llaves de las estufas no son para eso sino para dejar salir el gas con el que se cocina. De una manera explicativa, ella mencionó que la llave no era para abrir algo, sino que la misma debía ser abierta y entonces podría estar eternamente envuelto en mis sueños donde todo lo que me molestaba del mundo real no existía.
Cuando desperté aquella mañana quise poner en práctica lo que la chica me había dicho. Pero recordé que fue sugerencia de mi papá el no dejar la llave abierta, así que la oportunidad para hacerlo debía ser en un momento que no se dieran cuenta. Ese momento debía ser por la noche.
Varios meses han pasado desde aquel entonces. Yo no me había decidido hacer aquello porque quise darle una oportunidad a mis padres de que se reconciliaran, pero no fue así. Hasta el momento no se habían querido divorciar porque un pastor les mencionó que eso no era lo que papito Dios quería. Yo pensé que se iban a ver obligados a entenderse, sin embargo, la situación empeoró tanto que ahora se van a separar legalmente y ya está decidido. Lo que ellos no saben es que yo tengo la solución a todos sus problemas y aquí estoy esta noche esperando que ellos se queden dormidos, cada uno en su cama, para que no se den cuenta que abriré la llave que nos llevará a los tres al mundo de los sueños eternos en donde por fin podremos estar siempre juntos.
*poeta y narrador sucreño.

Revista literaria: “CRISOL”. Edición #52 del mes de Noviembre de 2021