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Compartimos el siguiente relato de nuestro colaborador Adán Peralta, publicado en la edición # 53 de la revista literaria Crisol.
GAVIOTAS AMIGAS
Estaba de ronda por la isla, pero algo dentro de mí me hizo suspender el recorrido de rigor. Cierta incertidumbre me invadió y salí directo hacia la casona de refugio que está al lado del faro. Mi compañero había quedado cerca de la vivienda escuchando las noticias y las actualizaciones sobre ese Coronavirus que tiene en jaque a la humanidad. En el nuevo turno que nos ha tocado, llevamos siete semanas en este lugar, aislados del mundo y de sus invisibles males. Afortunadamente estamos a salvo.
Llego y veo a mi colaborador tendido en el suelo, afuera de la casa. Varias gaviotas vuelan encima de su cuerpo. Otras están a su lado, moviendo sus picos inquietantes y mirándolo con expectación con sus ojos impasibles, mientras él se retuerce. Una vez sintieron mi presencia, se espantaron y se alejaron con el derroche de la brisa, lanzando sus graznidos. Esta vez sus cantos se escuchaban con aires de lamento. Ellas sabían, que algo grave le pasaba a su afectuoso amigo. Él hablaba con ellas, las consentía alimentándolas todas las tardes. Me acerqué aún más a él y vi su mejilla derecha contra el piso. Su cuerpo tembloroso, su mirada perdida, el rostro sudoroso. Salía una espuma blanca de su boca: estaba agonizando. A un lado observé su radio, aún encendido, y en éste, un locutor seguía repitiendo la fórmula que había sugerido el presidente Donald Trump de usar clorox inyectado para evitar el contagio del virus. La mano derecha de mi compañero empuñaba con fuerza una jeringa. Logré percibir el olor a hipoclorito de sodio en su interior. En su mano izquierda divisé un pinchazo, como huella de inyección. Forcejeé con su cuerpo tembloroso. Con dificultad lo cargue y lo conduje al camarote. Su mirada seguía perdida, su respiración espasmódica y su pulso eran débil. Intentaba decirme algo, pero las palabras no le salían. Solo balbuceos espuma. Estaba en un trance. Salí de su cuarto, asustado. Pero inhalé y exhalé el aire marino…y este me trajo un poco de serenidad. Ya más tranquilo, pensé que aún podía hacer algo por Tony. Me acordé de las pócimas que él preparaba con las algas que recogía en el mar. «Estos bebedizos lo curan todo», solía repetirme. Busqué sus inusuales frascos, disolví algunas de esas sustancias pastosas y les agregué excremento de gaviotas, logrando un nuevo bebedizo. Le limpie con dificultad la espuma de la boca. Le introduje dos cucharadas de la nueva sustancia. Casi la expulsa. Yo también estuve a punto de irme en vómito. A los pocos minutos desaparecieron los temblores de su cuerpo y su pulso empezó a normalizarse…tuvo un efecto instantáneo, y Tony se durmió. Quedé exhausto, pero la tranquilidad me llegó de nuevo.
Me recosté a la silla que estaba a la en la entrada de la vieja casona. Desfilaron por mi memoria todos los peligros que hemos sorteado juntos. Pensé también en la pócima que le suministré. No sé por qué se me ocurrió esa loca idea, quizás porque ya creo que todo está dentro del ámbito de lo posible. No creía que ese virus o su pánico no alcanzarían; más bien confiaba que estábamos a salvo de él. Fue por esa razón que no quisimos aceptar el cambio de guardia que nos correspondía la semana anterior. Nunca se sabe; el destino siempre nos trata a su antojo.
Sigo pendiente de lo que pase, aferrado a una esperanza. Deseando que se despierte mi compañero. Escucho el viento con su canto. Ahora su silbido es distinto; se presenta nostálgico. Lo escucho y lo diferencio del de otras tardes. No es de tormenta; es de melancolía. Ya conozco su canto. He aprendido a distinguirlo durante los últimos tres años que he trabajado de farero, en esta torre de señalización luminosa; este punto de vida para los navegantes. Aquí, en esta alejada isla me he acostumbrado a dilatar mis días, ahora debo estirar las horas y tener paciencia.
Tony lleva casi cuatro horas dormido. Está estático, pero… ahora se mueve, empieza a despertar. Sus ojos están hinchados, se incorpora y se sienta en la rústica cama. Lo miro con recelo y veo que su rostro se ha ensombrecido. Ha cambiado su color habitual. Intenta decirme algo, pero la voz no le sale. Una especie de graznido es lo que emite. Es como el canto de gaviotas. Me le acerco más, y quedo impávido ante lo que tengo frente a mí. Tony no es él. Es otra persona. Algo se ha trasformado. Su mirada es profunda, llena de cristales en sus pupilas. Tony me asusta. ¿En qué se ha convertido? Ahora él es otro cuerpo viviente. ¿Me reconocerá…?
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