No fue fácil volver a escribir y enfrentarme no sólo a la espesa bruma de mis sentimientos, sino encontrar a mis fantasmas, quizás también a los demonios que me acosan mientras duermo, mientras sueño con ella y la extraño. A ti, que no pudiste leerme como quise, a ti que ahora siempre serás musa de mi inspiración. Ya son dos meses sin ti y siento que ha sido un siglo, desde tu ausencia, desde mi pérdida y desde mi dolor te escribí esto, una tarde del 20 de febrero:
Hoy es de esos días, que tiemblo mientras escribo, pero a la vez es de los días que me siento muy orgullosa de mi, al conocer una vez más lo fuerte que puedo ser. Postergué por dos meses escribir sobre ti o más bien escribir sobre ti cuando estás ausente. Me gusta escribir desde mi punto de vista, desde una experiencia que esté marcada, pero sobre esto, jamás quise escribir, vida mía.
No sé si fue un premio o una tortura, saber desde el primer día de septiembre, que tus días estaban contados y que aunque me aferrase a la idea de un milagro, no había marcha atrás en tu destino. No sabes lo difícil que fue celebrar tu cumpleaños sabiendo que sería el último o por lo menos así lo intuía por clara sospecha que me dejaron mis sueños.
Era tu último cumpleaños, tú y yo lo sabíamos y aun así, le rogué a Dios, a la vida y lo pedí con todas las fuerzas de mi corazón mientras soplabas la vela. Recuerdo que esa noche, la noche de tu último cumpleaños, no dejaba de grabarte, de mirarte, de querer abrazarte hasta que nos hiciéramos una misma, pero no lo hice, porque ese jamás fue tu lenguaje de amor.
Octubre llegó y con ese mes llegaron tus complicaciones, la preocupación creció y honestamente no sé cómo carambas tuve cabeza para la universidad, lloré todos y cada uno de los días porque quería detener todo, el tiempo, tu vida y sobre todo quería encapsular tu amor.
Antes de llegar octubre y antes de tu cumpleaños, me tomaste de la mano una tarde de junio, me miraste fijamente y con determinación. Pero sólo hasta que me tomaste de la mano, sentí como se desbarataron todas mis cadenas, en tus ojos, había preocupación, pero tu voz era la más dulce. Entonces de tu boca salieron las palabras que me sacarían del mismísimo infierno, porque tú, tú me salvaste sin saberlo, sin conocer mis luchas, sin saber lo que estaba ocurriendo conmigo, me salvaste.
No podré olvidar el tono de tu voz, la determinación y a la vez la dulzura con la que hablaste. Cuando mencionaste que merecía mucho y que no merecía cargar con tanta tristeza, supe de una vez y con absoluta resolución, que debía terminar con uno de los capítulos más oscuros y pensar en mí y sobre todo volver a sonreír verdaderamente.
Noviembre fue el mes del temor, de la desesperación, del anhelo y a la vez el miedo por salir de clases. Nuevamente no había día que no llorara y que no sintiera que se me caía el mundo a pedazos. Ni siquiera sentí la ausencia de ya sabes quién en mi vida, realmente nunca me hizo me falta, pero desde ese mes, ya sentía tu vacío, sentía la desesperanza y no tenía idea de que hacer y las palabras no me alcanzaban para desahogarme. No hallé brazos para descansar, porque hay dolores de los que no podemos escapar.
Llegó diciembre y fue el mes de la esperanza, de la alegría que sentía de verte mejorando, me olvidé de todo lo que ponían los artículos científicos sobre el cáncer, me olvidé de conocer su maldad, de sus estragos y me olvidé del miedo que me paralizaba la palabra desde que a los 11 años creí entender que era la enfermedad.
Entré en una burbuja vida mía, porque no soportaba más dolor, no podía comprender cómo había y estaba sufriendo tanto si intentaba casi siempre no hacerle daño a nadie. Sin embargo, la burbuja estalló ese 10 de diciembre, cuando supe que no había mejoría, que todo era un vil y cruel engaño de las malditas etapas del cáncer, fue en mis sueños donde supe que aunque le ofreciera mi vida a Dios a cambio de la tuya, las cosas no sucederían como yo lo esperaba.
Recuerdo lo que te dije el 19, recuerdo que sólo hablándote de mis planes, tu corazón se relajó mucho más. Te angustiaba mi tristeza y te preocupaba mi inocencia y te entiendo, porque para ti, jamás crecí. Creo que siempre me viste como la pequeñita que salió a asustarte cuando llevabas una olla de agua caliente y sin querer se la derramaste encima y querías desesperadamente retroceder el tiempo.
Yo era como tú vida mía, yo no sabía decir los te amo, yo no sabía amar de otra manera que entregando todo y ahora vida mía, aprendí a decir los te amo, esos mismos que te repetí locamente día tras día cuando sabía que era lo último que escucharías de mi. Ya lo he dicho antes, yo soy una parte de ti, soy una extensión tuya, porque heredé de ti, esa forma de amar entregando todo, incluso lo que no tienes.
Soy una parte de ti y siempre vivirás en mi, porque de ti heredé la manera atolondrada de contar con los cuentos con un contexto que sólo y tú y yo podíamos ver en la mente. Mateo, cada día te llama y me llama, porque curiosamente es el nombre que más le gustó.
Me enseñaste tu canción favorita, me expresaste lo que significaba para ti, lo último que me hablaste fue de tu tristeza. Estabas triste porque no querías irte y yo no quería que te fueras, no sabes lo cruel que es ver el Magdalena y saber que nunca lo visitaré contigo, lo que me duele querer llamarte y saber que no estás, el miedo tan horrible que me da olvidarme de tu olor, de tus historias.
Vida mía, yo pensé que había sufrido lo suficiente hasta que tu ausencia me dejó vacía, hasta que ya no puedo escuchar tu voz cuando quiera. Soñé toda la vida con visitar tu pueblo, con caminar de tu mano mientras me enseñabas los lugares por donde corrías y te bañabas, pero ni siquiera eso nos permitió la vida.
Este mundo, fue muy limitante contigo, fue cruel pero también tuviste lo que muchos anhelan, un hogar para descargar las penas y corazones que palpitaban por ti. Ahora, me hace falta el respaldo de tus oraciones y aunque tengo todos los vestidos que me regalaste justo ahí, juro que preferiría andar desnuda eternamente si eso significaría volver a estar en tus brazos, besar tus pies y tus manos y decirte te amo.
Tú amor, sin duda me salvó pero tu ausencia me sumerge en una profunda tristeza y sin embargo, cada día tengo motivos para seguir y sonreír porque te lo prometí. Tu Sara seguirá siendo fuerte y luchando por lo que quiere, pero sobre todo intentando cada día ser feliz.
Así pasan los días, desde el balcón o a veces el abismo de tu ausencia. Tu Sara espera ansiosamente, algún día hacerte la visita, para seguir sonriendo a tu lado, para que le sigas contando el mundo que llevas grabado en tu memoria.

Edición numero 54 de la Revista Literaria Crisol 2022.