Celebrando el dia del idioma
– ¡BINGO!
– ¡No puede ser!, todos los números te sonríen siempre, mamá. Ya me estoy dando por vencida.
– Pues saca tú las balotas entonces. Eres mala perdedora. Dijo en tono jocoso.
Todos los fines de semana, cuando caía la tarde nos íbamos para el patio a jugar en la mesita medio coja que papá le pidió al tío Santander cuando vendió la tienda. Eran dos sagradas horas en las que mamá me ganaba casi todas las partidas. Era muy suertuda.
“Su saturación de oxígeno es de 90%, la estamos recuperando” …
No soportaba perder y menos tantas veces seguidas, pero a la final, ella siempre tenía tantos chistes, que terminábamos con dolor de estómago de tanto reírnos. Tenía la facultad de cambiar mi tristeza en una orquesta de carcajadas. Por algo era mi madre, me conocía demasiado.
“Está respondiendo a los antibióticos” …
-Niurka, tu Harry Potter debe llegar hoy, así que tienes todas las de ganar en la próxima partida del bingo, ya sabes que tu papá es casi un mago cuando juega contigo, y te trae buena suerte.
Sólo pensar que sería mi amuleto, como decía yo, me llenaba de esperanzas porque era cierto que ganaba más partidas cuando lo tenía a mi lado. Sólo había una cosa que sí quería que fuera diferente, la mesa.
¿Cómo era posible que aún jugáramos en esa mesa coja sostenida por una checa de gaseosa litro en su pata chueca? Me sentía miserable sabiendo que mis padres no pudieran comprar una nueva o construir por lo menos, una simétrica, perfectamente equilibrada en sus cuatro esquinas.
Efectivamente, faltando un cuarto para las 12 de la medianoche, y en medio de un aguacero torrencial, llegó mi Harry Potter. El señor de la ruta esperó que llegara a la entrada de la puerta, y se perdió en medio de la negra y sollozante noche.
Mi madre y yo lo esperábamos ya con la toalla playera, y la toma caliente para después del baño.
-Josefina, se te acabó la suerte. Le dijo papá a mamá, mientras tomaba su té. Mi pecho se henchía de orgullo y exhalaba con tanto placer, ese aire de emoción y ansiedad que me provocaba cuando sentía el apoyo de papá.
– ¡Cuánto gusto enfrentar a dos contrincantes tan atrevidos! Se oyó decir a mamá, tan sutilmente, pero con la firme convicción de hacernos la vida imposible en el futuro acto en mención.
“La fiebre ha cedido. No cabe duda de la gran lucha que ha dado esta joven desde que ingresó a la UCI”.
Transcurrieron velozmente las horas. Papá hizo las reparaciones pendientes, como de costumbre, cada 15 días cuando regresaba de la Guajira. Esta vez sólo fue el hornillo eléctrico y la puerta del gabinete de la estufa. Mamá se dedicó a cambiar el orden de los muebles y las repisas (cada ocho días lo hacía), y a preparar los pargos rojos y los camarones que papá trajo del viaje. Yo ayudaba a cambiar las sábanas, a depositar la ropa sucia en la lavadora y a estar pendiente de sacarla y abrirla en el patio.
Cada vez que tendía la ropa en los alambres que papá fijó en la pared, de reojo veía la bendita mesa coja, pero rápidamente pensaba en las dichosas horas que me esperaban cuando seguramente gritaría: ¡BINGO! al lado de los dos seres más importantes de mi vida. Eran mis momentos de calidad, los ratos dorados que una adolescente deja brillar cuando la familia está reunida.
“¡Qué valiente es esta jovencita!”
“Así es, doctor. Pronto acabará el efecto del sedante y se enfrentará a la realidad.
– “¿Quién es la persona que la ha estado esperando afuera todos estos días?” preguntó la enfermera detrás de su mascarilla.
El reloj marcó las 6:30 y ya nuestros estómagos estaban llenos, la cocina limpia y por supuesto, con la ropa de dormir puesta. La mesa coja con la checa diestramente colocada en una de sus patas, con el mantel tan blanco y pulcro que parecía el que usaba el sacerdote en la santa misa. Encima de ella, el bombo con las bolas aguardando a que las agitaran para ser extraídas y nosotros, con los cartones previamente rezados, esperando a que salieran ganadores.
– ¿Listas?… anunció en voz alta mi Harry Potter.
– ¡Listas!, dijimos al unísono mi madre y yo.
Papá levantó su mano para darle vuelta a la manija del bombo, salió la primera bola, pero de repente su voz se trabó, llevó la mano su pecho y empezó a toser. Sobre su rostro caían gotas innumerables de sudor. Algo no estaba bien.
-Josefina, ve a la esquina y llama a Santander. Fue lo que alcanzó a decir cuando se desplomó sobre la mesa.
Pasaron solo cinco días y caímos enfermas mamá y yo. Fuimos empeorando. Oía sirenas.
¿Dónde está mamá? ¿papá?… Súbitamente mi mente quedó en blanco.
No sé dónde estoy, siento susurros, escucho tic tacs, mi cuerpo siente frío.
Mis párpados están pesados, cargados, los abro lentamente, todo está tan blanco, tan silencioso, ¿acaso es el cielo?
En un rincón de mi memoria, veo a mis padres dormidos, usando batas tan blancas como la nieve, parecen ángeles… se han ido…
“Avisen al señor que está en el pasillo contiguo, que ya despertó”. Ambos sonríen, cierran los ojos como elevando una plegaria.
Tengo mucha sed, pido agua.
– “Toma un poco”.
-Esta joven debería llamarse Milagro, ¿no cree, doctor?
La luz del cuarto revela los rostros, pero hay uno que tiernamente me mira, coloca su mano sobre la mía y con voz suave y graciosa musita en mi oído: “siento haberle dado una mesa coja a tu padre, volverás a casa pronto y hallarás una nueva”.
-Ni se le ocurra, tío, le dije, aún somnolienta, correspondiendo a su secreta declaración. Esa mesa coja es el motor motivador para continuar creciendo junto a su recuerdo, porque supongo que ellos…
El doctor, la enfermera y tío Santander se miraron como buscando una respuesta.
– “¡Doctor Ramírez, acercarse urgentemente a la sala de reanimación!”, avisan en recepción.
– ¡BINGO!, exclama el doctor. Parece que esta vez ganaste todas las rondas. Me miró con una paz imperturbable.
–“la perfección es muerte, pero la imperfección es vida”, me dijo antes de acudir al llamado.
Suspiré plácidamente y cerré los ojos.
Autora:
DIANA MARGARITA CASTAÑO ARELLANO.

Cuento Titulado: Theryokurugu