Por los vericuetos de aquel campo
lo vieron caminar
como figura macilenta
que no halla estabilidad;
Masticando la desesperanza
se desmorona como un terrón
cerca de un lago sordo
que ha dormido sin estertor;
Sus seniles manos
cansadas, sin libertad,
llegan a su cara,
tocando su piel ajada;
El viento declara con su bonanza
la respuesta alentadora de un oráculo,
la anulación de una diatriba hiriente
que profirieron un día sobre un pináculo;
Los gorjeos de los pájaros,
los graznidos de las gaviotas,
acuden expeditas
y recitan en consonancia
con excelsas notas;
El veterano deshila el sopor,
sus oídos expanden hasta su alma
para advertir el orfeón de plumazones
que conquistan refinadamente su calma;
Benditos sonidos, ¡oh Padre!
regalas a las aves,
concierto sagrado
que a su existencia traes;
No cesa la orquesta,
la naturaleza se viste de fiesta,
su voz se prepara,
sus pulmones y sus ganas;
Armonía entretejida con sus años,
toca su boca
y con un soplo, la brisa
se convierte en su Artemisa;
El tiempo calla
celestino de alados,
y como un estiloso candil,
estalla en melodías nítidas y precisas
la voz del prodigioso senil;
Consagrado don,
férreo tu talante,
despunta el alba
con tu avezado garante;
No existe longevidad para tu arte,
eres oro, amatista, diamante,
eres voz, arquetipo y baluarte
para los que te siguen y admiran
solemne cantante.
Destello.

Edición 58, revista literaria “CRISOL”