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Cuento

ÁGUEDA Águeda es una chica retraída, insegura. Nunca se mira al espejo, ni siquiera para peinarse. Se siente insignificante. Un día, su...

ÁGUEDA

Águeda es una chica retraída, insegura. Nunca se mira al espejo, ni siquiera para peinarse. Se siente insignificante. Un día, su mamá le dijo que, en la edad de desarrollo, lo más seguro era que su cara se llenara de granos y espinillas. Así que ya, en su adolescencia, advierte mecánicamente que su rostro debe estar invadido por esos bichitos con punticos negros y blancos.

Delante de todos pasa inadvertida porque siempre baja su cabeza, ella cree que es muy fea pues Natasha y Elsy se lo hicieron saber una tarde cuando no la dejaban pasar por la puerta, para ingresar a la clase de arte. Aún recuerda cómo entre risas y carcajadas terroríficas, le preguntaron si cuando nació, el médico y las enfermeras no se asustaron al verle la cara.

Ama todo lo que tiene que ver con números y fórmulas. Resuelve de manera rápida y sencilla, las operaciones matemáticas, problemas de álgebra, química y física. Pero finge ser la más lenta y desentendida para que sus profesores no le pregunten nada. Nunca levanta la mano para participar, pues con solo pensar que el salón puede quedar en silencio para escucharla hablar, la convierte en estatua.

Su vida escolar es un suplicio diario. Sólo disfruta dos cosas:  a Aceituna, su perrita, y a la noche, porque la penumbra la envuelve entera.

Su madre suele llegar tarde en las noches, y la encuentra acostada. La siente cuando le abre su puerta y le pregunta casi susurrando: – ¿Estás dormida, hija?, pero Águeda, ni un músculo mueve, así que cierra la puerta con la misma actitud de una nueva derrota: “que descanses querida”.

A veces se siente culpable porque evade cualquier conversación con ella. ¿Cómo enterarla de que el fruto de su vientre se pudre como un impúber fruto?, no tenía el valor de confesárselo.

Águeda siente que el tiempo es como una mole cargante, insoportable. Sólo tiene 13 años y el peso de su vida marca como un siglo.

Prefiere usar vestidos largos, y de todos los colores. Bueno, con tonalidades variadas: gris, negro, humo, ceniza, marrón, café, castaño, beige. Todos quedan perfectos con su peinado inmortal de dos trenzas colgantes sobre sus hombros, hasta el pecho.

Aún resuenan en sus oídos, las risas destornilladas de las puperas del salón y su combo, cuando la llamaron “silbido de culebra”, el día que la descubrieron quitándose el vestido porque una de ellas, “sin culpa”, se había tropezado y le había regado el batido de chocolate encima.

Las escenas vergonzosas llegaban como filmes de terror. Recordó una vez más, la película de Stephen King, Carrie, una pobre muchacha acosada por chicas perversas, y que fue burla de casi toda una escuela. Se le erizaba su piel cuando pensaba en la voraz venganza que la protagonista tuvo con todos, valiéndose de sus poderes telequinéticos. Pero Águeda no tenía tal corazón. Ella era como una minina aterrada que buscaba un escondrijo secreto para esfumarse como la niebla.

-Si tuviera un poder, elegiría ser invisible, se dijo una noche, semidesnuda, con el cabello suelto, sobre la cama, mientras Aceituna le lamía las mejillas.

¡Cuánto anhelaba despertar y que fuera cierto! Caminar sin miedo, hablar por todas partes, y que todos se volvieran locos buscándola. Asimismo, resolver en el pizarrón, las ecuaciones matemáticas con la tiza que usaba Matilda, frente a la profesora Tronchatoro, con su poder de telekinesis. ¡Cuan divertido fuera!

Se sorprendió al escucharse reír.

Qué rara sonó su sonrisa en medio de las cuatro paredes de su cuarto. Le gustó la fuerza con que lo hizo. El eco la invitaba a repetir su risa, pero esta vez, lo hizo alto, más alto, hasta que emitía risotadas tan audibles, que Aceituna empezó a aullar, quizás para hacer sincronía de sonidos.

Le agradó tanto, que sintió curiosidad de acercarse al baño de su madre, para hacer lo mismo, pero viéndose en el inmenso espejo egipcio que su padre alguna vez le dio cuando estaban de novios. Pero antes de llegar hasta ahí, observó una a una, las fotos que ella conservaba desde que nació, hasta los 8 años, porque después de que le hicieran saber las harpías del colegio, lo casi extraterrestre que era, no se dejaba tomar fotos.

El timbre de la puerta la despabiló.

¿Quién podría ser? Su madre estaba en el almacén aún, y nadie solía visitarlas. Se sintió tan ofuscada, que se tapó sus pechos desnudos y agitó vigorosamente su melena.

De reojo, sintió que alguien la miraba y que imitaba sus movimientos. ¿Acaso algún ser misterioso había irrumpido en su casa, y le haría la vida imposible también?

Por vez primera, sintió que, en la soledad, podría enfrentar a cualquiera, ¿por qué no?, estaba en su casa. Giró su cabeza con cierta cortedad y logró ver una silueta grácil, agradable. Fijó sus ojos sin afán y con más confianza, y apreció un cabello largo, rizado, pelirrojo, brillante. ¡Qué decir de esos ojos!, eran un mar abierto de ondas azules, con unas pestañas apalmeradas. Su nariz era fileña, simétrica, delicada; su boca entreabierta, se asemejaba a dos almejas con el color tenue que lleva el pálido rosa. El cuello era recto, perfilado, discreto, tenía hombros firmes y manos delicadas. Pero más allá de eso, a través de su mirada, pudo ver lo bello y excepcional que tenía en su interior.

– ¿Quién era ella? Tocó mi puerta y ahora está allí, frente a mí, llamando mi atención.

– ¿Águeda? ¿Por qué no abrías?, por suerte llevé mi llave. ¡Ya deja de ladrar, Aceituna! ¡qué raro, tú en mi cuarto! Bla, bla, bla, …

Percibía voces, sonidos, ladridos.

Estábamos frente a frente. Ya nos conocíamos, pero había permitido que los demás difuminaran nuestra esencia, y en un lapso del camino, nos perdimos.

Transmuté ipso facto y ahora mora hasta los tuétanos de mi alma.

– Un voluntario al tablero, dijo la profe de Química.

Levanté la mano, y con ella, el amor que tenía arraigado hasta los predios de mi ser.

 

Destello.

Escrito por Diana Margarirta Castaño Arellano
DIANA MARGARITA CASTAÑO ARELLANO (Barranquilla, 1974). Magíster en Literatura Hispanoamericana y del Caribe en la Universidad del Atlántico (Colombia). Licenciada en Lenguas Modernas en la Universidad del Atlántico (Colombia). Se desempeña docente en la Institución Educativa Técnica Industrial en Sabanalarga. Escribe poemas bajo el seudónimo de Destello y ha incursionado en la creación de minicuentos. Actualmente trabaja en un proyecto de aula con estudiantes que quieren desarrollar su vena poética y narrativa. Profile

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