Es la madrugada del domingo veinte de enero. Un día de solo fiesta en la siempre cálida ciudad de Sincelejo. Hoy nadie trabaja, nadie se hace compromiso más que aquel que acudir a la cita establecida; no hay forma de que este sea un mal día. Es momento de aliviar las penas y de olvidarse de los malos ratos.
La bella plaza de Majagual está inundada de colores. Polleras y sombreros se toman el lugar. A esta hora está programado el homenaje que le rinde honor a la legendaria fandanguera: Pola Becté. La idea es empezar la danza del lado de la plaza en donde está su monumento e irse desplazando junto a la banda que toca hoy hasta el cementerio donde yace la tumba de la reina del fandango. Lugareños y visitantes de otras ciudades y pueblos están aquí disfrutando y entre ellos se encuentra Narciso García; un hombre que no se pierde ninguno de los eventos. Le gusta estar ahí con sus amigos disfrutando de la música y el licor; pero no sabe bailar, aunque en el fondo, le gustaría hacerlo.
Llega la hora de la bulla y todos empiezan a moverse al compás de los tambores y las trompetas. Narci, como le llaman sus amigos, se hace a un lado y empieza a aplaudir. De alguna manera trata de ser parte de este encantador momento, pero no mueve ni un pie sino para caminar todo el trayecto que está estipulado. En ese instante, una mujer alta, de cabellera larga y gran porte, se le acerca. Está vestida de fandanguera. Ella extiende su mano con una sonrisa y Narciso queda atónito: «ni el más tonto de los hombres podría rechazar a semejante dama». Lo piensa por unos segundos y acepta la invitación.
—Está bien, pero no sé bailar muy bien —le dice apenado.
—No te preocupes que conmigo se mueven hasta los cojos —responde ella con mucha seguridad.
Narci trata de moverse, pero se siente intimidado ante los sensuales movimientos que desbordan de las voluptuosas caderas de esta chica. Sin embargo, la alegría que ella no deja de mostrar lo hace sentir contagiado. Como sea, él trata de seguirle el ritmo, aunque le resulte casi imposible. Es un instante frenético y una experiencia que podrá contar después.
Cumbia a cumbia, porro a porro entre los dos van devorando. Una pieza musical tras otra y el cansancio no es excusa para interrumpir el deleite. Esta mujer lo tiene embelesado.
Los músicos se detienen y a la vez los bailadores.
—Espera aquí. Iré a tomar algo de agua —le dice la mujer agitada.
Narci se reúne con sus amigos y en medio del éxtasis les pregunta:
—¿Vieron eso?
—¿Ver qué? ¿la manera en cómo bailabas solo? —le responde uno de ellos en medio de las risas.
—¿Cómo? —pregunta Narci sorprendido— ¿acaso no vieron a la mujer con la que estaba bailando?
—¿Cuál mujer? —continúan riéndose—. Te vimos moverte solo, pero está bien que lo disfrutes. Nunca te habíamos visto así.
El baile y el desplazamiento continúan. Narciso sigue adelante y no puede creer que sus amigos no hayan sido testigos de ese glorioso momento. En medio de la multitud, comienza a buscar a la chica misteriosa de la cual no sabe si quiera su nombre. Estaba tan entusiasmado que se le pasó preguntarle. Otro de sus amigos lo ve con un cambio de actitud y se le acerca:
—¿No vas a seguir bailando? No prestes atención. Sigue disfrutando, vamos.
—Estoy buscando a la chica que les mencioné.
—¿Es en serio? —pregunta un tanto confuso su amigo.
—Yo estaba bailando con la fandanguera más hermosa que haya visto en todas las fiestas y no puedo creer que no la hayan visto.
—Es una locura, yo también te vi bailando solo.
—No, no puede ser. Más bien ayúdame a encontrarla. Es una mujer alta de cabellera larga, caderas anchas y voluptuosa.
—Parece que estuvieras describiendo a Pola Becté.
—Sí cómo no —responde irritado—. Esta chica es real. Bailé con ella.
—Una vez escuché que cada veinte de enero, el espíritu de Pola recorre los lugares por donde disfrutaba bailando— dice su amigo dubitativo.
Narci cree que él se está burlando y le pide que lo deje solo; se aleja un poco del lugar, no sin dejar de buscar a su pareja de baile.
Solo faltan unas cuadras para llegar al cementerio. Casi cuando está a punto de resignarse, la banda suena un tema con una letra muy llamativa:
Ya uno después de muerto
todo se vuelve un misterio,
reposa en un cementerio
donde todo es un desierto
Una mano pasa por el hombro de Narciso y este se da la vuelta al instante. Es la chica con su caracterizada sonrisa. Él sonríe y le pregunta dónde estaba.
—Estaba tomando agua, te lo dije.
—¿Cómo te llamas? —le pregunta con emoción.
—¿Hasta ahora me lo preguntas? Eso no importa, sigamos bailando.
Narci sigue adelante sin darle importancia al misterio de esta. El tema continúa:
bailaba en un solo pie,
toda la noche tomando
y en la rueda del fandango
gozaba Pola Becté
Narci mira a la chica quien no deja de moverse y reflejar felicidad. Bailando llegan hasta la tumba de la fandanguera y la banda toca la última canción. Narci planea invitarla a salir después de que terminen. Definitivamente se siente muy atraído hacia ella. Siguen la danza hasta que esta termina y él en su mente practica las palabras con las que planea invitarla a salir. Pero esta al verlo, lo ignora dándole la espalda. Camina suavemente hasta una de las tumbas y él es testigo de cómo su silueta desaparece al tocar la lápida.
Sus ojos están engañándolo; no sabe si es una ilusión. Se acerca hasta el lugar donde la vio desaparecer y talladas en piedra alcanza a leer un nombre, unas fechas y un epitafio: Pola Becté (1865-1937) “Murió sin saber si era mujer, fandango o leyenda”.

Tristeza flaca de mujer madura