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Revista literaria: “CRISOL”. Edición #60.

Artículo publicado por nuestro colaborador en la revista literaria “Crisol”, numero 60, del mes de julio de 2022.   ABSURDO Y FATALIDAD Por:...

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Artículo publicado por nuestro colaborador en la revista literaria “Crisol”, numero 60, del mes de julio de 2022.

 

ABSURDO Y FATALIDAD

Por: Adán Peralta * 

 

Lo que muchas veces puede añorar un escritor es lograr un vínculo especial entre él y sus lectores. Amaury Pérez Banquet, con su novela «La bestia» (2014), publicada por la Editorial Torcaza, conquista esa conexión. Porque – a mi modo de ver- esta obra está escrita con una prosa clara y didáctica. Con un trazo narrativo nítido, sin estridencias, ni alegatos ideológicos y consciente de la importancia de la materialidad del lenguaje. En el fondo, todo autor, es posible que escriba para un público incierto y por tanto busca encontrar lazos que lo acerquen más con sus lectores, como lo precisó el argentino Ricardo Piglia: “¿Un destinatario concreto? No creo. Uno siempre escribe para alguien, pero nunca sabe quién es. Aparece quizás un destinatario, un lector, presente en el momento de corregir, una especie de doble social desde el cual se corrige y se reescribe”. 

En «La bestia», Amaury relata usando las palabras justas, precisando los pasajes y las situaciones que ya ha concebido en su subconsciente, tanto en el detalle como en lo general, además, ahonda en aspectos como el horror, lo despreciable, el absurdo y la inexorable fatalidad. Así vemos que, esta obra no es solo una novela de incestos, crímenes y castigos. Es una historia acerca de alguien que sigue un inaplazable sendero de sangre que el destino le ha marcado. No un simple atajo que el protagonista ha elegido, sino, una fuerza que está por encima de él. Rubricando una manera de vivir. Sin alternativa distinta que la de asesinar a su abuelo. Esta es la trama inicial que el autor nos propone, y con ello nos sumerge en una línea argumental que está disgregada en su flujo, invitando al lector a identificarse con la sensación de urgencia que empuja a Marcial a cumplir su destino.

La novela no solo presenta un remolino de incestos, sino una repetición cíclica de los mismos: el abuelo ha abusado de todas sus hijas y hermanas, incluida la seño Margarita (hermana y amor de Marcial), así mismo a María Elvira Matamoros (la mamá de Marcial), solo por mencionar los incestos más notorios de la historia. Incluso, “la bestia abuelo” es producto también de un abuso. Esa trasgresión carnal trasformada en crueldad no muere en la novela: tiene pasado, presente y futuro. Tiene perpetuidad y eternidad. Así la manifestación de la degradación sexual y familiar es infinita. Esto lleva a los personajes a un continuo proceso de descomposición, un estado degenerativo cargado de una fetidez social al cual están sometidos tanto el protagonista como los que lo rodean.

Desde el inicio de la novela el autor se encarga de dar a conocer al lector la crudeza que le espera. En la declaración inicial el joven Marcial no intenta persuadir al juez de su inocencia; tampoco aspira a despertar compasión, por el contrario, busca reafirmar su condición de asesino -y más que al juez- pretende justificarse a sí mismo, por lo que su confesión es una especie de resumen de toda su vida, como el cierre final de un fracaso irreparable. El autor reviste al protagonista de una actitud desafiante, despojándolo de todo prejuicio social y revistiéndolo de una valerosa dignidad de asesino, al reconocer con suntuosidad sus delitos, tal como se lee con crudeza en el primer capítulo: “Confieso que los dos crímenes por los cuales se me acusa, y el otro que acabo de revelar, los cometí con el pleno conocimiento de causa y en sano juicio. En ningún momento actué bajo presión, o en su defecto, en defensa propia. No Recibí órdenes de terceros y, todo, absolutamente todo, fue premeditado. Quiero que los presentes se enteren, y, ante todo, usted, señor juez…”.

Marcial, a lo largo de la narración, se va insensibilizado. Desde los primeros años endurece su frio corazón a fin de poder llevar a cabo ese deseo que ha venido alimentado, y cada día de su existencia se presenta como una sucesión de eventos que lo conducen a lo ineludible. Todo esto es reforzado con una actitud complaciente de su progenitora quien de algún modo ayuda a estimular sus instintos sanguíneos e incestuosos, ese despertar de hiena incontrolable de una estirpe que se condensa en él. Y en ese discurrir de la novela el joven va irradiando una meticulosa transformación hasta «bestializase» en dimensiones extremas, tal como se lee con frialdad en el capítulo doce: “Preferí seguir maquinando mentalmente las posibles formas de darle de baja cuando llegara el momento. Era algo que me producía un goce interno, como un hormigueo delicioso en las tripas, en el pecho, en la cabeza, en fin era algo que me vitalizaba. No recuerdo haber tenido otra experiencia que me hiciera sentir tan bien como esa; planear la muerte de mi abuelo y la de Anselmo Cabrera era una la de las pocas cosas que me hacían vivir. Tanto así que lo llegué a considerar como mi combustible por excelencia…”. 

En síntesis, «La bestia» es una novela entrecruzada de principio a fin, con una telaraña de absurdo y fatalidad. Las acciones de los personajes expresan fuerza, pero a la vez desestabilidad emocional, y la armonía familiar no está amenazada desde fuera, sino desde dentro. El autor escudriña partes de las complejidades de la mente humana, con una clara intención quiere que el lector perciba los limites inimaginables de la maldad.  Esta obra produce indignación, mueve fibras, pero también cuestiona. Hay en ella destellos moralizantes que titilan bajo la superficie de la historia contada.

No he pretendido ofrecer significados absolutos sobre una obra, sino presentar mi perspectiva desde la libertad que me brinda el estar en la maravillosa y privilegiada orilla de lector.

 

Revista literaria crisol edición 60

 

 

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