Era el mes de abril y llovía casi todos los días. Diego no estaba preparado para el frío que arropa la vía que de Yarumal conduce hasta Santa Rosa de Osos, Antioquia. Eran las seis de la mañana y estaba todo oscuro, ningún sitio en el cual pudieran descansar un rato se asomaba a la vista. Ir desde la costa por primera vez sin haber consultado antes puede ser fatal para dos motociclistas viajeros. Eliana, amiga y parrillera de Diego en sus viajes manifestó no aguantar la temperatura tan baja que los acogía en esa fatal hora. Tenían que detenerse lo más pronto posible.
Faltaban pocos kilómetros para el siguiente pueblo según mostraban los indicadores al costado derecho de la carretera. Los dos aventureros creyeron que era entonces necesario aguantar un poco más hasta poder llegar a un refugio. La lluvia aumentaba a medida que avanzaban y el temblor en los brazos de Diego se notaba sin disimulo, a parte había que estar atento a las tractomulas y demás vehículos que venían en sentido contrario. De repente, las luces de un pesado camión se hicieron ver en el horizonte y una bocina que se escuchó fuerte asustó a los dos viajeros. El húmedo asfalto casi les jugó una mala pasada que terminó solamente en un susto.
“El azar es muchas veces un destino al que no podemos que tentar.” Pensó Diego.
Casi en la entrada de Santa Rosa de Osos, Eliana pudo leer un letrero en una pequeña cafetería que ponía “Café San Patricio”. Justo lo que se necesita para las mañanas gélidas como aquella, una buena bebida caliente para recargar y continuar el trayecto.
Diego pidió dos expresos calientes, pero unos dedos entumecidos y una boca que no dejaba de tiritar con fuerza eran la demostración de que a veces necesitas más que una taza de café. La Mona, propietaria del local, recomendó intentar con cigarros.
Por un momento parecía funcionar, pero al acabar ambos con las colillas hasta el filtro, empezaron a sentir que el demonio del frío no los soltaba. Eliana ya no podía más.
Una segunda recomendación de La Mona no se hizo esperar. Hizo pasar a Eliana por una puerta al fondo del local. Diego esperó durante unos minutos. Empezó a notar que era muy extraño que nadie más se acercara allí, después de todo era un sitio acogedor. En la carretera ya no se veía a nadie y todo parecía desolado. Era como si de un momento a otro todos hubieran desaparecido.
Casi media hora pasó y Diego se acercó a la anfitriona a pedirle que le dejara entrar a ver a su amiga, ya que quería asegurarse de que estuviera bien. Esta le dijo que no era recomendable que un hombre “en su condición” cruzara por esa puerta. Diego no hizo caso y giró la perilla. Allí había un salón grande sin luces eléctricas. Muchas velas iluminaban el espacio y unas treinta personas vestidas todas de blanco estaban entonando unos cánticos en un idioma incomprensible, pero en sus caras se podía notar paz. Se acercó a una jovencita a preguntar qué era todo eso que hacían, a lo que la chica le respondió que estaban siendo purgados, que no importaba ya nada porque la esperanza estaba de vuelta. Sin entender muy bien lo que fue expresado por aquella joven, decidió acercarse a un señor de unos sesenta años el cual también parecía estar tranquilo después de haber pasado por un doloroso momento. Le dio las características de su amiga para ver si la había visto en ese salón, pero este mencionó que no importaba ya nada, puesto que “Él vendría pronto por ellos”. Sin saber de quién hablaba, Diego atravesó por el centro hacia una segunda puerta. En esta encontró otro grupo de personas que dormían profundamente. Un solo candelabro se alzaba arriba en la azotea iluminando todo el espacio. Enseguida revisó todos los rostros tratando de encontrar a Eliana, pero ninguno era ella. Gentes de todas las edades yacían cada uno boca arriba y en una quietud llamativa, pero se les escuchaba respirar.
Una tercera puerta fue abierta y tras esta un hedor penetrante que casi lo hace vomitar. Intentó dar un paso hacia adentro, pero estaba muy oscuro, sin velas ni candelabros esta vez. Algo más obstaculizó sus pasos e irguió su cuerpo. En el suelo sintió cómo sus manos se conectaron con una piel helada y sin vida. No logró identificar si se trataba de su amiga, pero al tratar de avanzar, otros cuerpos arrojados unos arriba de otros hacían imposible caminar. Una mano rozó el hombro de Diego y este asustado miró hacia atrás e identificó a la propietaria del café con un rostro de molestia. Escuchó cuando le recordó en sus palabras que no debía cruzar aquella primera puerta y le pidió que lo siguiera de regreso. Al volver a cruzar por el salón en donde estaban las personas cantando, vio que los participantes de tan extraña ceremonia levantaban sus brazos con alegría y repetían sin cesar “ya viene, ya está aquí”.
De regreso al local, parecía que el frío había sido cosa del pasado. Desesperado preguntó a La Mona por qué no había encontrado a Eliana y qué le había hecho. Esta le dijo que no la culpara de nada, que tampoco se culpara a sí mismo, ya que no conocía el futuro y los dos habían decidido arriesgarse a continuar a pesar de las circunstancias. Pero una última frase caló hondo en el pecho de Diego: “debiste parar cuando tus brazos empezaron a temblar de frío”. En ese instante, una luz intensa casi cegó la mirada de Diego y despertó en una camilla en una habitación de hospital. Tenía un dispositivo de corrección de cuello puesto y le dolía mucho la espalda. La pierna derecha la tenía inmovilizada por un yeso y también tenía jaqueca. Un enfermero se le acercó sonriente de que al fin hubiera despertado. Diego preguntó dónde estaba y hacía cuánto estaba allí, no sin antes averiguar por Eliana. La consternación invadió sus huesos cuando el enfermero le dijo tres cosas: “estás en el hospital general de Medellín, fuiste trasladado aquí hace seis días y respecto a tu compañera, debes saber que ella no lo logró, lo siento mucho.”

La voz vallenata