«El horror de la tierra es real y cotidiano. Es como una flor o como el sol; no puede contenerse», frase de la película Desde mi cielo.
Creo que María Cano, la primera mujer lideresa política en Colombia, jamás hubiese imaginado que en pleno siglo 21, después de tantas luchas, las mujeres en Colombia seguirían siendo sometidas no por la violación de algún derecho en específico, sino por seguir siendo víctimas de actos aberrantes por el hecho de ser mujer.
La Organización de las Naciones Unidas define el feminicidio como el asesinato de una mujer por el hecho de serlo. Es la manifestación más brutal de una sociedad patriarcal. Hace parte de las múltiples y complejas violencias contra las mujeres, y no puede entenderse solo como un asesinato individual, sino como la expresión máxima de esa violencia en la que el sometimiento a los cuerpos de las mujeres y la extinción de sus vidas tienen por objetivo mantener la discriminación y la subordinación de todas.
Según el Observatorio de Feminicidio, en Colombia, hasta agosto de este año, se han presentado 359 homicidios, donde las víctimas han sido asesinadas por ser mujeres. Según la campaña “No es Hora de Callar”, liderada por El Tiempo, el 38 por ciento de los agresores son esposos o novios de la mujer que asesinaron, y el 22 por ciento fueron su expareja. Y es que muchas veces el homicidio de una mujer es el resultado de un ciclo de agresiones y maltratos que terminan en un final que le arrebata la vida.
Esta semana, en Sincelejo, fue asesinada Leidys del Socorro Peña Pérez, de 45 años, por su primo Miguel Ángel Ortiz Bermúdez. El hombre la habría degollado mientras ella conducía una moto y él iba de parrillero. Algunas versiones apuntan a que la mujer era acosada de manera reiterativa por su familiar y que este, cansado de ser rechazado, tomó la decisión de asesinarla.
Según el Centro Regional de Derechos Humanos y Justicia de Género, las mujeres colombianas llevan 20 años exigiendo que el Gobierno nacional se conecte con la paz y su seguridad a través de la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Este documento garantiza la permanencia y desarrollo de los múltiples procesos liderados por mujeres de todo el país, ampara su incidencia en la construcción de políticas públicas con enfoque territorial y de género e impulsa la participación de las que proponen un modelo de seguridad que no sea sinónimo de la militarización de la vida civil.
A veces lo que mata no es solo un asesino de carne y hueso, sino dirigentes con poca voluntad política, con una población de memoria a corto plazo y con una justicia con demasiadas fallas en su sistema. Esto es un caldo de muchas injusticias que terminan en un feminicidio.

Política al estilo barras bravas