Cultura

Nita

Nita es como la estrella Alfa de una constelación familiar. La gente voltea a verla cuando pasa. Siempre va con sus pies...

Nita es como la estrella Alfa de una constelación familiar. La gente voltea a verla cuando pasa. Siempre va con sus pies descalzos, jugando con la celestina brisa o con las gotas frías que trae la lluvia. Las disfruta al máximo, intentando que el sol y la luna no se contraríen por los celos.

Nita tiene 7 años, y es desplazada por la violencia. Sus abuelos nunca hablan eso delante de ella. Una vez, la emisora del pueblo trasmitía algo sobre bombas, gritos, sangre y otras cosas, y la abuela comenzó a sollozar en silencio mientras picaba cebolla. Así que Nita no lo relacionó del todo, y ya saben por qué.

Ella siempre cavila sobre el asunto. Con frecuencia pasa por su mente como una cinta cinematográfica, el mismo sueño, una y otra vez: dos personas soltando sus manos y gritándole un nombre parecido al suyo, no logra verles nunca la cara, se desvanece y las sombras en la penumbra, muestran una larga cabellera.

Eso la entristece, pero lucha por vencer el temor y penetrar en la conciencia de su sueño para pedirle a gritos, que le revele la verdad. Casi nunca indaga por sus padres. La primera vez que preguntó a sus abuelos, le dijeron que habían partido a un viaje largo donde sólo los ángeles podían ir.

-Debe ser un sitio lejano, piensa. Además, nunca había visto a un ángel, bueno, sí, conoce a uno, pero se ve muy viejo, no viste de blanco y permanece sentado en una mecedora sin camisa y bermuda larga; no vuela, y todo el que pasa le pega un gritico: “Jooo, Ángel!

En la única escuela del pueblo, vive su etapa escolar como todos los demás. Está en segundo grado, y cuando participa en clases, todos giran la cabeza para verla; pero eso no la molesta, simplemente no puede dejar de hablar, es como tener una cascada dentro de sí, a la que hay que dejar fluir y esparcirse por todas partes. Es la más inquieta y sus profesores la estiman.

Una vez, en la primera reunión del año, la tutora le preguntó al abuelo por sus padres, y bastaron unas miradas cruzadas entre él y ella para contarse todo.

Nita crece. Su voz, su cuerpo, se transforman en esa joven cuya sintonía con la naturaleza concuerda en una sincronía única. Cada planta, cada animal, cada elemento vivo, le confirman que es momento de explorar y revelar la verdad sobre sus padres.

Sus abuelos ya no están, esos ángeles vinieron por ellos, uno tras a otro, y ya entiende perfectamente que el retorno a la tierra, nunca se dará. Así que el secreto parecía haberse ido a la tumba. Besa cada momento vivido con ellos, saborea la linda etapa de la infancia, pero siempre hay un vacío, el de papá y mamá.

Ahora Nita tiene 17 años. Hace sólo seis meses, gozaba de la compañía de Tata y Pito, radiantes de felicidad, fotografiándose con ella el día de su graduación. Observa una a una las fotos, e intenta sacarles la verdad en sus miradas seniles y sabias, pero impregnadas aún de brillo, por el orgullo que ella les hacía sentir.

De un momento a otro, su cuarto se transfigura en un espacio sagrado, donde los vestigios están a la orden del día.

Fue esa noche, en la que con sus ojos abiertos, escuchaba las ranas croando en el silencio, y al compás de la complicidad de sus pensamientos, fue girando su cabeza hacia la ventana, para darse cara con las estrellas; quizás ellas podían confesarle todo.

Ya vencida por su lucha contra la inquietud, se detuvo a mirar algo que le llamó la atención. En una de las grietas de la pared sobresalía el borde de algo parecido a un sobre roído, parecía haber estado ahí por décadas; estaba amarillento y algo atascado en la hendidura. De inmediato, buscó lo que a la vista era lo indicado, un lapicero, y golpeó con cuidado alrededor de la ranura hasta que hubo un chasquido sordo, y el papel cedió.

Sus manos estaban temblorosas, los latidos de su corazón, cabalgaban como una rauda amazona. Halló dos hojas cuidadosamente dobladas. Abrió la primera con cierta turbación, mil pensamientos llegaban a su mente. Apreció una foto con dos rostros, muy familiares, los había visto toda su vida, desde su alma lo sentía. Ahora lo entendía. Posaban uno al lado del otro, él la abrazaba tiernamente desde atrás. Sus mejillas enrojecidas mostraban juventud, vigor. Sus miradas brillaban en una expresiva y auténtica demostración de amor y armonía. El poseía un mentón firme, nariz fileña al igual que ella, cabello liso y bien recortado; sus dientes eran perfectos, parecían dibujados. Sus brazos entrelazados en ella, perfilaban un acto de complicidad.

Ella, por su parte, tenía un rostro más redondo, angelical, sus finos labios dejaban ver una sonrisa esculpida, plena, y sus ojos centelleaban gracia; unos bucles caían perfectamente sobre su hombro derecho. Esa cabellera ondeada, como cascada, era la que veía en sus sueños. No cabía duda que eran sus padres. Nadie se lo dijo, simplemente lo supo.

Desdobló la otra hoja con sigilo, y en letras menudas, pero claras, estaba escrita una frase:

“Te arrancaron de nuestros brazos,

nos borraron las sonrisas de un solo bofetón,

nos dejaron mudos,

nos engañaron haciéndonos creer,

que existía un techo digno,

una tierra donde podías correr,

pero con tu estómago lleno

sin que escucharas detonaciones, quejidos”

Te amamos, Colombianita, nuestra amada Nita.

Enseguida intuyó que sus padres fueron asesinados después de entregarla a sus abuelos, para protegerla. También concluyó que a su país le habían robado el “oro”, que su legado había sido alterado, la oligarquía lo había subyugado, sus mares habían sido tinturados con sangre, los malvados pretendían ganarle la batalla de la tal anhelada independencia. Pero algo claro tenía Nita, y era, que no le hurtarían jamás, la esperanza de que un arco iris apareciera en el cielo para avisar que el diluvio había cesado.

Hoy, es promotora de paz, y con sus memorias, y testimonios, colorea las imágenes a blanco y negro que han dibujado con aflicción, indignación e impotencia, sus coterráneos.

Escrito por Diana Margarirta Castaño Arellano
DIANA MARGARITA CASTAÑO ARELLANO (Barranquilla, 1974). Magíster en Literatura Hispanoamericana y del Caribe en la Universidad del Atlántico (Colombia). Licenciada en Lenguas Modernas en la Universidad del Atlántico (Colombia). Se desempeña docente en la Institución Educativa Técnica Industrial en Sabanalarga. Escribe poemas bajo el seudónimo de Destello y ha incursionado en la creación de minicuentos. Actualmente trabaja en un proyecto de aula con estudiantes que quieren desarrollar su vena poética y narrativa. Profile

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