Un 1 de mayo me dijiste adiós
pensamiento literario asociado con un recuerdo que amerita ser compartido. El olvido que seremos es un libro valiente y transparente, muestra un espíritu desgarrado, feliz, amoroso. Es un texto visceral, es como el amor del autor por su padre, un amor animal: “uno no lo sabe con la cabeza sino con las tripas”; un amor que habitaba en un mundo sensitivo: “olía a mi papá”. Ese olor que le permitía al hijo ser y estar en un mundo protegido, era el padre.
La primera vez que leí esta obra me sentí tan identificado con esa devoción del hijo hacia el padre una devoción donde a papá se ve con el super héroe a quien siempre vas a tener disponible para tus necesidades, pero el punto colme de la obra es cuando Héctor (hijo) pierde a su padre, ese que era su todo arrasando con su mundo pero del cual logra levantarse y mostrar la resiliencia aprendida de su admirado y querido progenitor.
La otra experiencia literaria con la cual hoy asocio y recuerdo a mi padre, un primero de mayo cuando simplemente me dijiste ahora te toca recorrer el camino solo es una pieza maravillosa de Jaime Sabines.
Algo sobre la muerte del Mayor Sabines
Déjame reposar,
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar,
para poder recordar estos días,
los más largos del tiempo.
Convalecemos de la angustia apenas
y estamos débiles, asustadizos,
despertando dos o tres veces de nuestro escaso sueño
para verte en la noche y saber que respiras.
Necesitamos despertar para estar más despiertos
en esta pesadilla llena de gentes y de ruidos.
Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,
por eso es que este hachazo nos sacude.
Nunca frente a tu muerte nos paramos
a pensar en la muerte,
ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la alegría.
No lo sabemos bien, pero de pronto llega
un incesante aviso,
una escapada espada de la boca de Dios
que cae y cae y cae lentamente.
y he aquí que temblamos de miedo,
que nos ahoga el llanto contenido,
que nos aprieta la garganta el miedo.
Nos echamos a andar y no paramos
de andar jamás, después de medianoche,
en ese pasillo del sanatorio silencioso
donde hay una enfermera despierta de ángel.
Esperar que murieras era morir despacio,
estar goteando del tubo de la muerte,
morir poco, a pedazos.
No ha habido hora más larga que cuando no dormías,
ni túnel más espeso de horror y de miseria
que el que llenaban tus lamentos,
tu pobre cuerpo herido.
Santa como te decían hoy te recuerdo con una poesía hoy aunque han pasado los años siempre fuiste el tronco invulnerable al cual iba a buscar refugio, y esperar que murieras era morir despacio, y no he tenido horas mas largas que las vividas en ese pasado de aprendizaje. Pero gracias a Dios y su soberanía por hacerme entender que nada es eterno por permitir que me enseñaras el cuando y el como de las cosas por regalarme un padre que siempre creyó en mi y se la jugo por mi con una paciencia admirable. Paciencia que he heredado y que es tan necesarias en un mundo tan vertiginoso e inclemente.
Hoy solo puedo decir que el recuerdo no pide permiso, no corre a la velocidad de la vida, el recuerdo hace pausas y se estaciona en medio del bullicio, en medio de los avatares, pero no llega con nostalgia llega con la alegría de saber que seguiste caminando por el camino que un día el dueño del recuerdo te invito a caminar.

Sin censura