Cultura

Edición #71 de la Revista Literaria “CRISOL”

Los Giros del deseo Por: Adán Peralta* Sus ilusiones despertaron con el amanecer. Esperaría las horas de la tarde para usar la...

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Los Giros del deseo

Por: Adán Peralta*

Sus ilusiones despertaron con el amanecer. Esperaría las horas de la tarde para usar la prenda mágica. Había desesperación en su mirada, y una secreta dicha se anidaba en él. Llegado el momento, se decidió. Giró el engaste del anillo y, en absoluta desnudez, se dirigió a la casa de sus vecinos. Antes había visto al exmilitar partir en su camioneta. Era un poco más de las tres de la tarde, hora en que la chica de ojos verdes hacía su acostumbrada siesta. Llegó caminando lentamente y evitando tropezar lo que encontraba en la sala. Eran pasos sigilosos como los de un depredador que se acerca a su presa. Divisó la puerta de la alcoba principal. Se disponía a abrirla, pero no había cruzado el umbral y ya experimentaba un desasosiego. Él sabía que atravesaba más que una puerta; era la línea entre el bien y el mal.

Estando dentro de la habitación de la pareja, absorbió el silencio profundo y distante que envolvía el ambiente. Allí la vio inmóvil. Se quedó estático al verla tendida sobre su cama y sintió un pudor intempestivo al estar desnudo frente a Lisseth. Él trataba de asimilar ese instante de levedad. Ella dormía a placer, sumergida en un mar de inconsciencia indescifrable. Lo primero que contempló fue el desorden de su cabello dorado que se esparcía sobre la almohada. El corazón de Alex empezó a forcejear con sus latidos. Intentaba calmarlo. Él era invisible pero el latir de su corazón no parecía serlo; había mucho ruido en su cuerpo. Siguió contemplándola. Percibió una sonrisa oculta bajo el velo uniforme de su sueño. Al parecer soñaba con algo lindo. Estaba arropada con una cobija de lana.

Alex se la quitó con calma y pudo apreciar como nunca la hermosura del cuerpo deseado tantas noches: estaba semidesnuda, no tenía brasier, sus senos -aún sin los estragos de la maternidad- parecían seguir luchando contra la ley de la gravedad, especialmente los rosados pezones emergentes en la piel con frío. Su ombligo en forma de torbellino hacía más incitante el abdomen. En la parte del pecado, estaba cubierta con un sutil short de seda blanca. Se acercó aún más a su rostro para apreciarlo mejor. Las mejillas sin maquillaje seguían siendo rosadas y en ellas afloraban unas diminutas pecas que Alex no conocía. No pudo esta vez contemplar el verde de sus ojos dormidos, pero sí pudo deleitar los propios con los labios provocativos que se le insinuaban. Estaba ensimismado por los espejismos de sus deseos.

La presión y su agitado corazón no le brindaron otra escapatoria. Empezó a quitar el short de seda. Lo deslizó con la paciencia de un amante sin afán que quiere contemplar una obra maestra hecha carne, una obra de arte ahora a su alcance, gracias al anillo mágico. No había prisa en sus manos, pero sí en su agitado corazón. Era una escena singular; un espectáculo para contemplar. Nunca antes había podido apreciar con tanta delicia y detenimiento el objeto de su deseo tan cercano y a la vez tan distante. Lisseth era espléndida. Sentía que sus deseos más oscuros se manifestaban ante sus ojos. Ahora no solo podía deleitarse con la silueta de ese cuerpo, sino que podía tocarlo y por qué no… hasta poseerlo.

Una vez la seda estuvo fuera de las piernas, pudo contemplar –con un deleite inusual– el escaso vello púbico. La simetría era aún más llamativa que las representaciones que Alex había imaginado en las noches en que sus anhelos le echaban leña al fuego de su insomnio. Todas las emociones que experimentaba ahora eran bienvenidas. Estaba decidido a todo. Ahora fue más atrevido: separó con delicadeza las piernas entrecruzadas. La imagen que ahora deleitaba a sus asustados ojos, llenaba de una nueva luz sus pupilas. Su corazón seguía como brújula agitada. Por supuesto, una carga hormonal revoloteaba en torno a su ser y la erección de su miembro viril era evidente. Estaba a punto de un orgasmo. Era un momento hipnotizador que fue interrumpido por un movimiento sonámbulo de la joven. Ella giró su cuerpo y sus piernas ocultaron el cofre deseado, pero ahora pudo apreciar los gruesos muslos que daban inicio desde su cadera perfecta, y comprendió que podía ver lo que le faltaba a su deleite: el fino trasero que desafiaba todo concepto de belleza en cuerpo de mujer. Era un portento de carne palpitante en sus redondeces prometedoras. Estaba en éxtasis cuando escuchó el ruido de un motor. Era Vicente que llegaba y… Lisseth empezó a despertarse. Era hora de irse. Algo dentro de sí le gritaba que la próxima vez iría más lejos.

De regreso a su casa giró el engaste del anillo y empezó a sentir el desacelere de su corazón. Ahora latía un poco más ligero y sosegado, pero comenzó a sentirse un poco fatigado, por el orgasmo liberado a pleno aire. Se tiró en la cama a degustar el manojo de recuerdos de cada uno de los instantes vividos en casa de Lisseth. Repasaba, fotografiados en el gozo, esos momentos que llenaban de alegría cada rincón de su ser.

 

*Nació en Sincelejo-Colombia. Reside en su ciudad natal. Narrador y ensayista. Licenciado en español y Literatura. Especialista en Docencia y en Gerencia Informática. Profesor de secundaria y catedrático universitario. Ganador del Concurso de Cuento Somos Palabra (2019), organizado por la Universidad Santo Tomas. Su libro de cuentos Los Giros del deseo, resultó ganador del portafolio de estímulos ConfinArtes, 2020, del Fondo Mixto de Promoción de la Cultura y las Artes de Sucre. También publicó el libro: Cuentos para iluminar la noche (coautor). Editorial Torcaza, 2019.

 

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