Si usted estudia la historia de Colombia comprenderá que hay patrones de sesgos, racismo, clasismo, deseos de poder, injusticias sociales, represiones, estigmatizaciones que se repiten y a pesar de ser clamores populares nunca encontraron un interlocutor capaza de escuchar y atender; el resultado de todo esto fue la lucha de clases, lucha que fue campesina, rural, política donde la obstinación por quienes tenían el poder de hacerse los sordos arraigo los odios y las diferencias.
Si a todo esto le sumamos que el dinero del narcotráfico financio y ha financiado el conflicto interno. El negocio de la droga no solo sumó más muertos, sino que modernizaron la violencia el deseo de poder y la consolidación de este a través del negocio de la guerra porque dejo de ser la causa o la suma de fenómenos sociales para convertirse en un negocio y estrategia política con resultados positivos en materia de seguridad, pero a que costo.
El “body count” como indicador del éxito de una guerra fue una práctica adoptada oficialmente por primera vez en el enfrentamiento irregular entre las tropas de EEUU y el Vietcong, en la Guerra de Vietnam.
Allí los objetivos operacionales de Estados Unidos no podían centrarse en controlar territorios u objetivos estratégicos, ya que los grupos armados no los poseían de forma oficial. Entonces se definió que las bajas eran el objetivo más importante.
El ‘body count’ en Colombia fue documentado como estrategia oficial desde el primer gobierno de Álvaro Uribe entre el 2002 y 2003. Ya existían algunas evidencias de que había habido ´body count´ desde el mandato de César Gaviria (1990 – 1994), pero no como política general sino como estrategia operativa de algunos comandantes y en casos puntuales.
Desde los primeros reportes de la estrategia en el país, diversas organizaciones y colectivos de abogados denunciaron sus efectos adversos sobre la población civil. A finales de 2007, el tema adquirió relevancia nacional cuando se destaparon los asesinatos de jóvenes en el municipio de Soacha, que luego fueron presentados como guerrilleros muertos en combate. El caso se volvió emblemático y se conoce como los “falsos positivos”.
“Hay futuro si hay verdad.” Sobre esta premisa se construyó el Acuerdo de Paz y que peso semántico e histórico tiene esta premisa porque negar el conflicto fue algo que hizo parte de la retórica de muchos gobiernos, pero cuando no se pudo tapar el sol con un dedo, se empezó aceptar el conflicto, se empezó hablar de seguridad democrática y de sus logros en materia de bajas en combate de los muertos que se contaban por decenas y todos aplaudían que por fin en Colombia había llegado un tipo de mano firme y corazón grande no como el mediocre que entrego el país a las Farc en el Caguán. Pero estos resultados vinieron acompañados cada vez más de inconsistencias y se empezaron a destapar ollas una cada vez más podrida que la otra y es más aún se siguen descubriendo verdades y ante este panorama no quedo otra que negar lo que se conoce los falsos positivos. María Fernanda Cabal hace un año o algo mas dijo al respecto de los falsos positivos: “necesitan crear una narrativa que destruya el honor de la fuerza pública, por eso se inventan 6.402 falsos positivos”. Saben que es lo peor hay gente que creen lo que la senadora dice. Usted sabe lo difícil que es inventarse o crearse 6402 muertos. Desde el discurso y los testimonios sería un trabajo difícil de coordinar.
Con el paso de los años en cada audiencia, cada reconocimiento de la verdad, tras cada caso abierto, no deja de sorprender y doler las prácticas sistemáticas y los horrores con que se “ganó “una guerra y se sostuvo al gobierno de turno en el poder. Los que dicen que los falsos positivos es mentira se les olvida que la JEP tiene los nombres, los apellidos, y las historias de cada víctima.
Punta del este, hoy baila los muertos que ayer lloro; entre la cortina de polvo vienen 12 hombres que intimidan con máscaras de madera y castigan con un látigo a los desprevenidos que no se mueven al golpe del tambor. El canto, las oraciones y el eco embriagante del biche retumban en las gargantas. El sudor recorre la piel como si fuera el único lugar para expulsar las penas. Pupilas dilatadas. Las máscaras obligan y vigilan el baile. Prohibido quedarse quieto. Es “el baile del matachín”, una tradición religiosa de Buenaventura que cierra la Semana Santa.
La anterior descripción es poesía es arte, es cultura es baile, pero lamentablemente es resistencia, es recuerdo a un dolor a una ausencia y muchas muertes, son los padres, los tíos, los hermanos, los primos. Cada uno cumple un rol están los que bailan, danzan, tocan el tambor, declaman, pero todos al unisonó recuerdan como sus seres queridos, amigos y vecinos han sido arrasados por la muerte una muerte que representa el horror, la crueldad y la bajeza del ser humano.
Como afirma Elsa Blair (2004), que la destrucción total y la teatralización del exceso se constituyen en el propósito de la masacre, donde la libertad para realizar actos atroces se posibilita en la configuración de un dispositivo espacio temporal que tiene como fin encapsular el horror y prolongar la agonía de las víctimas y de los testigos. Por ende, los códigos comunicativos para la propagación del terror se construyen sobre la tríada conformada por tiempo, espacio y formas de violencia utilizadas, donde el cuerpo de la víctima se convierte en un medio de transmisión de la destrucción, el horror y el sufrimiento.
Por ello horror, destrucción y sufrimiento es lo único que pudieron sentir los habitantes del barrio Punta del Este de Buena aventura el día que unos paramilitares decidieron jugar con los sueños de 12 de sus muchachos y bajo engaño los llevaron a jugar un partido de futbol a otro barrio con la idea de que si ganaban obtendrían algo de plática, pero ese partido solo fue el pretexto para asesinarlos, tirarlos a la orilla del río, esparcirles ácido y atar sus manos y hacer de su muerte algo inolvidable una forma de vender una idea terrorífica de mandar un mensaje a la población civil. Es una de las lógicas del terror que consolidaron los grupos paramilitares lo construyeron alrededor de las masacres, y lo complementaron con hechos de violencia como destrucción de propiedades, grafitis, lanzar los cuerpos en los ríos “ríos de sangre”, y desplazamientos forzados en otras palabras el espectáculo de la muerte.
Pero en Colombia muchas comunidades se han vuelto especialistas en trasformar el dolor y la dura realidad de la violencia en una festividad, en una celebración para recordar con alegría y no con llanto por eso el baile del matachín”, paso de ser una tradición religiosa de Buenaventura para convertirse en una respuesta simbólica al enemigo, al violento al perpetuador.
Los falsos positivos se pueden resumir como una campaña de exterminio donde parece que la orden de sus cabecillas fuese necesitamos tantos litros de sangre y toca buscarlos de donde sea, las formas y los hechos inevitablemente acontecidos para Maria F. Cabal son una simple narrativa que raya lo mitológico, pero para las madres y padres de Soacha, Tolu viejo, Cesar, Dabeiba y Cúcuta etc. Son sus hijos muertos como guerrilleros simplemente porque cada batallón en cabeza de cada general necesitaba mostrar unos resultados. Una política de muerte sistemática donde aún no se sabe quién dio la orden, pero lo que si es cierto es que la vida bajo esta estrategia paso a valer una caja de arroz chino, un permiso, un acenso, o una medalla, ideas dantescas sacadas de la biblia del mismo Adolfo Hiltler.

Los cinco sentidos de la humanidad