¡Huye!
Me gritó la versada prudencia
cuando me dejaste un beso suspendido
en mitad de una polvareda;
tenía los oídos taponados
con la escayola del busto inerme
del olvido tuyo,
pero mi certidumbre aún latía
como la sien del deportista que corre presuroso a la meta;
Luché con mi níveo pundonor,
con la vendimia de mi esperanza,
con las uñas sucias y ensangrentadas
por la cruenta lucha con tu oposición;
Me hostigan las horas,
me sitian los minutos,
me abofetean los segundos,
hastiados del árbol que nunca reverdeció,
que nunca su fruto germinó.
Ahora mi cuerpo yace en los vericuetos del olvido.
Destello

Revista literaria “CRISOL edición #76