Hay un dicho popular en nuestros días que dice «no basta ser, hay que parecer», el origen de esta frase, según relata Plutarco, destacado filósofo y biógrafo de la antigüedad, nacido en el 46 D.C; en su obra cumbre «vidas paralelas», Publio Clodio Pulcro, un patricio romano dueño de una gran riqueza y dotado con el don de la elocuencia, estaba enamorado de la mujer de Julio César, llamada Pompeya. Era tanto su amor que un día se infiltró en la casa de César disfrazado como músico, mientras celebraban la fiesta de la Buena Diosa, a la que solo asistían mujeres; allí fue apresado y condenado por engaño y sacrilegio. Aunque también Cesar reprochó a Pompeya por este altercado, pues, aunque estaba seguro de que ella no había hecho ningún delito, ni falta, fue vehemente al señalar que no era de su agrado que sobre su esposa hubiese duda sobre su fidelidad, de allí que este exclamó diciendo: «No basta que la mujer de César sea honesta, también tiene que parecerlo».
La frase del emperador romano ha quedado como un paradigma de la conducta que se debe exigir a quien ocupa un cargo de responsabilidad en la sociedad. Ser y parecer deberían ser dos categorías tan ligadas como la teoría y la práctica. La misma frase se ha hecho popular y se ha usado para cualquier caso en el que alguien es sospechoso de haber hecho algo ilícito, incluso cuando no haya dudas de su inocencia.
En relación con el escenario político, se observa que esta frase mencionada ha calado muy bien en los asesores de los lideres políticos más destacados no solo de Colombia, sino del mundo, en décadas anteriores las características que eran demostradas por los líderes que aspiraban conducir los destinos de sus ciudades como alcaldes, gobernadores, presidentes y aun los miembros de corporaciones públicas como el concejo municipal, la asamblea departamental, la cámara de representantes y el senado de la república, se enfocaba exclusivamente en el origen y la casa política del candidato, el partido político del cual provenía y sus recursos económicos para respaldar la contienda, más no era de gran importancia las características o atractivo físicos del mismo.
Sin embargo, en tiempos recientes en razón a los cambios sociales y el realce de la belleza y la estética, la política ha evolucionado con estos mismos conceptos. Precisamente, en estudios psicológicos realizados se ha comprobado científicamente que la buena apariencia, tiene un impacto significativo en la forma en que las personas nos perciben y como interactuamos con ellas, las ventajas que se han evidenciado muestran que las personas con esos dotes físicos: i. Reciben mayor amabilidad y atraen la atención de los demás con mucha mayor facilidad; ii. Reciben un trato preferencial en situaciones cotidianas, en forma de favores y oportunidades iii. Se les considera normalmente buenas y generan mayor empatía con los demás.
Al considerar las anteriores características, con nuestro panorama político podemos reconocer la razón por la cual existen candidatas y candidatos que recurren a las operaciones estéticas para mejorar la apariencia física, a cambiar su forma de vestir y usar elementos que le permitan realzar su buena apariencia, todos están en búsqueda del favor popular y cualquier ventaja que pueda servir para posicionarlos en ventaja frente a los contendores seguro será usada.
Este fenómeno, no se considera negativo per se, pues todas las personas, inclusive los lideres políticos pueden y deben cuidar su salud y apariencia. Pero creo que el problema es cuando solo comienza a tenerse como criterio de elección y escogencia la apariencia y se desconoce la preparación, experiencia y habilidades que deben cultivar los dirigentes para gestionar los problemas sociales que enfrentan las comunidades, porque como se puede extraer del dicho popular relatado al inicio no solo hay que parecer, se necesita el ser.
Editorial Soy Ciudadano.org

Edición 82 de la Revista Literaria Crisol