Cultura

El extremismo y la posesión demoníaca

A la pregunta de por qué se habían cometido tantos asesinatos, escándalos y ultrajes, contestó con presteza febril: «para quebrantar sistemáticamente los...

A la pregunta de por qué se habían cometido tantos asesinatos, escándalos y ultrajes, contestó con presteza febril: «para quebrantar sistemáticamente los cimientos de la sociedad y los principios que la rigen».

 

Los demonios, Dostoievski

 

Entre las más irónicas paradojas se encuentra el efecto de la posición del conocimiento en el intelecto humano, no es erróneo decir que el conocimiento libera, y sin embargo ¿es error decir que cada certeza es una cárcel? Nos asustaría medir con exactitud cuánto nos valemos de nuestras certezas para justificar fechorías, y la mayor parte de las veces sin juzgar, sin poner en duda, el valor de nuestras razones.

¡Cuánta maldad disfrazada de bien!, pero no pretendo señalar culpables, ni mencionar quién ha matado más justificadamente en este país, si es que eso es justificable, solo a aquellos que, sentados en sus cómodas sillas partidarias levantan el índice fácilmente en dirección contraria, les colocaré un espejo en frente.

¿Hasta qué punto una acción está bien respaldada por un argumento?, parecemos imposibilitados a reconocer cuando nos abandona la razón, ¿se detiene el subversivo a mitad del monte con su rifle en el hombro a dudar si el intento de un buen Estado vale más que una familia saludable?, ¿o reflexiona el policía que, convencido de que la soberanía pesa tanto como la palabra de Dios, asesinaría por ella si tuviera que hacerlo?; el extremismo es la afirmación obstinada de que la razón absoluta acompaña a las propias acciones, es llevar una idea hasta la irracionalidad del propio egocentrismo. No poner sobre la mesa la posibilidad de estarse equivocado, supone equivocarse sin saberlo, y lo que es peor, morir o matar equivocado.

Adoptar un partido es condenarse a defender errores como aciertos, y limitarse a no aceptar más opiniones que la propia. Somos seres a los que nos gusta la seguridad y la certidumbre, por eso el hábito instintivo de tomar partido y defenderlo hasta la estupidez, pues como dice el dicho popular: más vale malo conocido que bueno por conocer.

Lo más esencial es saber hasta dónde es defendible un partido, una idea, o una posición, para evitar algo peor que la estupidez: la maldad. Pascal (1670) nos dice “jamás se hace el mal tan plena y alegremente como cuando se hace por un falso principio de conciencia” (Artículo XVI, XLIII).  ¿No cree el antisemita salvar al mundo con sus masacres?

Algo en común tienen todos los extremistas, y es el amor a la idea, lo que significa idealizar un concepto y convertirlo en la última palabra, en la respuesta a todas las preguntas. Este fenómeno no solo obliga al sujeto preso de ese amor a rechazar todo argumento en contra, sino también a despreciarlo y valerse de todo para predominar sobre este. ¿Por qué Dostoyevski creía que los revolucionarios eran los demonios que destruirían el orden tradicional de Rusia?, no porque eran de izquierda o de derecha, o porque fueran ateos, sino porque el sentimiento de amor como el más fuerte nubla el juicio y transforma lo amado como todo lo virtuoso, como lo más elevado, dejando a la conveniencia y hasta a la misma lógica a un lado. ¿Y qué hace alguien cuando juzga algo como lo más valioso, como lo único que vale la pena?, es capaz de lo que sea con tal de protegerlo, y si su propósito les exige el mal, harán el mal: he aquí al demonio, un ser al que ya no le vale la razón.

Por malo o bueno no podemos ser enteramente racionales, nuestra complejidad nos impide seguir solamente lo que creemos como verdad, tales cosas como nuestros miedos, creencias, esperanzas, e intereses, se interponen en nuestra visión sobre el mundo; sin embargo, reconocer el punto de inflexión en el que nuestras acciones, posiciones, partidos e ideas se desproporcionan de la razón y entran en el fanatismo, nos ahorraría muchas guerras y masacres injustificadas. Preguntarse de vez en cuando: ¿no soy yo el que está mal?, aun dejando de lado el orgullo y el egoísmo, hace la diferencia entre ser sensato y ser necio; y nos hace recordar que el debate no es para ganar, sino para crecer.

Escrito por Jesus Daniel Alvear Villalba
Estudiante de Ingeniería Civil. Egresado del Simón Araujo. Apasionado por la literatura y la filosofía, en busca de la formación de unas nuevas bases sociales, más íntegras y nobles. Profile

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