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De sangre y llanto, un rio

Edmund Burke dijo una vez, que para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada. En mi...

Foto del avatar Escrito por Saray Tapia · 2 min read >

Edmund Burke dijo una vez, que para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada. En mi opinión, no deberíamos culpar a las personas buenas de todo lo malo, pero sin duda si deberíamos recriminarles el hecho de no hacer nada mientras el mundo se cae a pedazos a su alrededor. El mal probablemente ha alcanzado tanto auge porque los buenos no son lo suficientemente valientes para ponerle un alto o por lo menos intentar buscar soluciones.

Por estos días, he estado pensando mucho en la forma en la que los países suelen enfrentar las noticias crueles y difíciles. En Colombia por ejemplo, le mostraron a las personas el fin que tuvieron los jóvenes manifestantes, literalmente rodaron cuerpos por los ríos, encontraron cabezas cerca de la basura y tristemente en ocasiones reunir los cuerpos se convirtió en una especie de tétrica búsqueda del tesoro. Esto sin duda fue triste, cruel y realmente desesperanzador, pero lo que más tristeza me causó, fue observar una vez más la indiferencia de las personas, el hecho de ver al muerto, cerrarle los ojos y seguir como si nada.

En este mismo sentido, en Canadá los ciudadanos descubrieron las tumbas de cientos de niños aborígenes que habían sido recluidos en internados. Más de 150.000 niños fueron obligados a abandonar a sus familias, y forzados a asistir a estos internados, para lograr su asimilación dentro de la sociedad. Frente a esto, los canadienses empezaron a quemar iglesias, miles de personas salieron a la calle en señal de apoyo a las comunidades indígenas y en muchísimas ciudades y pueblos se suspendieron las celebraciones y fueron derribadas las estatuas de la reina de la Reina Victoria y de la Reina Isabel que se encontraban en la provincia de Manitoba.

En este punto, se puede observar dos escenarios que, aunque no son realmente parecidos, si son igualmente reprochables y lo que más sorprende es que sin duda la forma en la que los ciudadanos respondieron dista en gran manera, pues a pesar que en Canadá la situación se presentó a lo largo de los siglos XIX y XX, no lo dejaron pasar por alto, se manifestaron e hicieron sentir su inconformidad y repudio. En Colombia por el contrario, aunque es una situación que se presenta casi que a diario, nadie parece mostrar indicios de levantarse y repudiar tantas aberraciones.

Según el corte presentado el 28 de junio del presente año, por el Instituto de estudios para el desarrollo y la paz (INDEPAZ), en Colombia se han presentado 46 masacres en las que se cree que han sido víctimas unas 175 personas, esta es la cifra de los 6 meses que van corrido del año. Al observar estos números tan lamentables, se me hace imposible pensar que ocurriría si cifras así se presentaran en otro país, que pasaría si fuera Canadá el país que descubriera que todo lo que existe a su alrededor parece ser una fosa común, cuántas iglesias, estaciones de policía y cuántas personas saldrían a marchar si los canadienses se despertaran un día y vieran cuerpos en un río.

Allá sin duda, en el mal llamado primer mundo seguramente no se conformarían con el pan y con el circo, allá no se harían los de la vista gorda al darse cuenta que las palabras de su himno nacional, aquellas que dicen ‘de sangre y llanto un río’ se tatúen sobre la piel de los muertos que viajan río abajo, de las cabezas que son utilizadas como balones de fútbol o de los niños esqueléticos que vienen a figurar en portaditas de bonos de apoyo. Quizás allá, el mundo ardería casi por completo; pero aquí en la tierra del sangrado corazón, simplemente esperarían el próximo partido para contar con otro motivo para celebrar, porque ojos que no ven, corazón que no siente.

 

 

 

 

 

 

 

 

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