Una de las frases que leí en esta semana escrita por Susan Sontang decía lo siguiente: “Un escritor es, creo, alguien que presta atención al mundo”. Sin duda alguna yo me encuentro muy lejos de ser escritora pero de lo que no tengo dudas es que escribir siempre ha hecho que aterrice o que abandone la realidad. Hoy decido centrarme en lo primero, es decir que aterrizo en la realidad y no cualquiera, una de las que más llama mi atención y por obvias razones es la realidad colombiana. Prestar atención en este país implica notar no sólo las extremadas preocupaciones presidenciales por la Covid (que ya parece cosa del pasado) sino también fijarse en los desalentadores escenarios que se nos presentan más allá de la pandemia.
Hace algunos días, hasta con lágrimas en los ojos recordaba mi emoción al leer noticias con titulares como: “Los heridos que ya no llegan al hospital militar”, “Disminuye el desplazamiento forzado en Colombia”, “Ex combatientes de las FARC se gradúan como bachilleres”. Todo esto parecía indicar que el país del sagrado corazón se encontraba a las puertas de escribir una nueva historia, una historia en la que éramos capaces de elegir la paz y dejar atrás tanta miseria y sufrimiento que han ocasionado los prolongados conflictos. Sin embargo, tu mamá, la alarma o cualquier otra situación, siempre terminan sacándote del sueño entonces el panorama que encontramos es justamente lo opuesto, es como si todo volviera a repetirse y no pudiéramos escapar de los demonios que tanto nos han hecho daño. Prestar atención implica no sólo soñar con que todo cambie sino lanzar un grito desesperado por el horror que causa normalizar esta desastrosa realidad.
La muerte, los desplazamientos, las desapariciones y la absoluta desprotección e incertidumbre que tienen los ex combatientes de las FARC, que cumplieron con su palabra de dejar las armas y reinsertarse a la vida civil, sólo traen a mi mente el deseo de despertar de la pesadilla, porque sabe Dios cuantas personas deseríamos que fuera únicamente eso, un mal sueño. Ricardo Arjona en una de sus emblemáticas canciones dice que quiere cometer el error más grande del mundo y navegar en kayac de Miami a La Habana. Yo por mi parte y de momento sólo quiero que paremos de cometer los errores más grandes y que tengamos la fortuna de navegar a donde queramos y a cualquier lugar sin el temor de perder la libertad o la vida, o tal vez y sólo tal vez me conformaría con no ser de las estirpes condenadas a cien años de soledad.

Después de muchos siglos. Un día las iglesias cerraron sus puertas