III. Política sí, pero no así: una propuesta para la participación política de la iglesia evangélica colombiana
Es inevitable participar en política, según Aristóteles, las personas son animales sociales o animales políticos (politikón zôion), es decir, si nacen en una sociedad, en compañía de otras personas, tienen la capacidad de interactuar con los demás a través de la palabra y llegar a consensos, eso ya los califica como seres políticos. Colombia, según se proclama en el artículo 1 de la Constitución de 1991 es un Estado social de derecho, una democracia donde todos tienen representación, voz y voto. En teoría, es un país en el cual todos los actores sociales tienen participación, incluidos los cristianos, porque, aunque se haga parte de un grupo específico, lo más importante para el gobierno es que el individuo sea ciudadano.
Por todos estos motivos, los ciudadanos no pueden estar alienados de las realidades políticas de la nación. Tienen el compromiso de ser partícipes de todas las decisiones de Estado. Eso también incluye a la iglesia, tanto evangélica como católica.
Es loable el giro que ha dado la iglesia evangélica en Colombia en torno al tema de la política, de ese encierro en sus cuatro paredes que se vivía unos cuarenta años atrás, a interesarse en la vida pública. Pero es reprochable que no se haya dado este salto con unas bases y una reflexión desde la Escritura, sino que se ha hecho copiando y plagiando modelos establecidos por los políticos tradicionales. Se ha llegado al punto de ver a la democracia como una nueva deidad a la cual hay que rendirle los espacios aun de los cultos en las iglesias y poco a poco se ‘le ha ido dando al César lo que es de Dios’.
Esta falta de reflexión se ha visto evidenciada en todo lo expuesto en los artículos pasados, la iglesia evangélica ha sido instrumentalizada como un objeto electoral, es tenida en cuenta solo como fuente de votos, pero no es tomada en serio dentro de los debates que definen el rumbo del país, aparte de aquellos temas de moralidad y los que tienen que ver con los derechos de las comunidades de fe, que sirven como estrategia para ‘mantenerla contenta’. Es necesario pensarse como actor político desde la Escritura y no desde las reglas de la sociedad ni del ajedrez democrático. Se debe hacer una distinción entre lo que se es como iglesia evangélica y como ciudadanos, puesto que no se deben mezclar las dos cosas. Para ello, a continuación, se hacen algunas propuestas para mejorar la participación de la iglesia evangélica en la política colombiana.
En primer lugar, reconocer que la política no debe ser el medio para imponer el evangelio o los ‘valores cristianos’ al resto de la sociedad. Colombia es un país pluralista y multicultural, en el cual existen muchas expresiones particulares de lo que es ser persona. Como iglesia, se debe tener en cuenta esto al momento de hacer política. Si se va a trabajar en este ámbito, se debe pensar más allá de lo que solo les conviene a los cristianos y empezar a velar por el beneficio de todos los colombianos. No son solo las campañas en contra de lo que afecta la moralidad, sino de lo que afecta a todos los colombianos en todas las áreas. La injusticia social, la corrupción de todas las esferas de gobierno y toda injusticia que se comete en este país, debe ser foco de acción de la política ‘cristiana’. Hay que recordar que la participación política de la iglesia debe estar mediada por el ejemplo de Cristo quien vino a servir a todos sin distinción y no a servir solo a un pequeño grupo y, mucho menos, a ser servido o a imponer por la fuerza el evangelio (Mt 20:20-28; Mr 10: 35-45; Jn 13:12-16).
En segundo lugar, reconocer que el juego político está infestado de prácticas que no honran a Dios. Si se quiere hacer política siendo cristiano se debe hacer de manera diferente, no usando las mismas prácticas non sanctas que muchos políticos tradicionales usan. Esto es algo difícil, puesto que los creyentes han separado tanto su ‘vida piadosa’ de lo demás, que no comprenden que se debe ser creyente inclusive al momento de elegir y ser elegidos. Para muchos todo vale, no hay problema con ser igual a los otros políticos, siempre y cuando se siga yendo a los cultos y practicando los ritos que se practican en las iglesias evangélicas cada domingo, lo que se haga el resto de la semana no tiene mucha importancia. El concepto de integridad que tanto se predica, poco se aplica a la vida cotidiana. Por tales motivos, es necesario pensar la participación política desde la Escritura, sabiendo que se debe ser íntegros en todo lo que se hace y que todo lo que se haga debe hacerse para la gloria de Dios y beneficio de la humanidad (Pr. 20:7; Dn 6:1-4: 1Co 10:31).
Por último, saber que la sujeción al Estado no puede estar por encima de la sujeción a Dios. Si la participación política lleva a la iglesia evangélica a contradecir los designios del Señor, es necesario revisar bien qué es lo que se está haciendo, puesto que es imperativo obedecer a Dios antes que a los seres humanos (Hch 5: 29). No se debe olvidar que, como iglesia del Señor, se tiene una función profética, es decir, que se debe estar prestos a denunciar y a evidenciar los abusos de poder que realizan los gobernantes, cosa que no se puede lograr si la iglesia evangélica es uno de los actores activos de la corrupción y los abusos de los poderosos. Es recomendable, entonces, mantener la distancia de este tipo de prácticas y de esos partidos que se les ha comprobado hechos de corrupción, porque, aunque no se haya participado activamente en ellos, el hecho de militar en las filas de estos mismos hace a los políticos cristianos (y a quienes los apoyan) cómplices de ese macabro entramado de corrupción.
Para terminar, no está de más afirmar que este es un proceso difícil. La iglesia evangélica en Colombia se ha acostumbrado a hacer política ‘a la manera tradicional’, participando de la corrupción manifestada en compra y venta de votos; vendiendo sus votos por favores o apoyo a sus iglesias y causas proselitistas; adhiriéndose al líder populista de turno que dice representarles o endosarle su participación a aquellos que se dicen ser los representantes de los cristianos en el gobierno (los políticos cristianos). Es necesario seguir reflexionando en el tema y empezar a depurar la práctica política en la iglesia evangélica colombiana, para así poderse quitar el lastre que ha cargado desde hace mucho tiempo, el peso de ser considerados ‘borregos’ e ‘idiotas útiles’ en el entramado de la política electoral.
La próxima semana lee la conclusión de este ensayo.

Acciones tardías y doble moral