La felicidad clandestina de Clarice.
Por: Adán Peralta*
El horror del pasado hizo que unos padres con una niña en los brazos emigraran de Ucrania. Ese mismo país que de nuevo padece las atrocidades de la guerra. La niña llegó al Brasil y debió cambiar de nombre y de nacionalidad. La literatura latinoamericana la inmortalizaría como Clarice Lispector (1920-1977). Glorificada por narraciones como «Felicidad clandestina», un cuento que nos visualiza una historia doméstica con una atmosfera persuasiva y llena de simbolismos
«Felicidad clandestina» es un sugestivo y ameno relato. La autora recurre a singulares personajes: dos niñas. Una es lectora apasionada, la otra es hija de un librero, pero no le gusta leer. Por el contrario, como lo dice la narradora protagonista, tenía otra habilidad: “Pero qué talento tenía para la crueldad”. La hija del librero jugará con dureza contra los anhelos de la lectora. Ella misma nos describe los amargos sucesos que intentaban transgredir su pasión: “Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban”.
El cuento en referencia, un libro une a estas dos niñas: «Las travesuras de Naricita», de Monteiro Lobato. Un clásico infantil de la literatura brasileña.
Una lo desea. La otra lo utiliza para ejercer su medido despotismo. Mezcla de humillación y perversión, al no querer prestar un libro a una chica que ansía leerlo y que no lo puede comprar por su insolvencia económica. La niña egoísta echa mano de todos sus recursos perversos para hacer sentir incómoda y conducir a la otra a la desesperación. Pero no lo logra. La lectora tiene una paciencia de acero y una especie de esclavitud ante lo deseado. Su fascinación por él texto era desbordante: “Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él”.
El relato hace un giro. Aparece la justicia. Un instante luminoso. Una tarde sale en escena la madre de la niña cruel y pide explicaciones sobre las visitas frecuentes de la niña lectora, y termina recriminando a su hija por no facilitar el libro que ella no leerá, y le ordena prestárselo. Y el texto llega como un bálsamo a las ansiosas manos. Lo revelador del cuento es que la madre evidencia la cantidad de egoísmo almacenado en el corazón de su hija, y cuán alto grado de mezquindad puede anidar alguien: “…lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía”.
El vigoroso entusiasmo que provocan ciertos libros también lo experimentó Lispector. La escritora viaja a su infancia con este relato. Evoca ese placer de tener en sus manos el objeto codiciado, ese que hace palpitar su corazón con una felicidad clandestina: “A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante”.
Lispector nos abandona físicamente a los 56 años. Torrentes emocionales marcaron los personajes de su obra narrativa y una sensibilidad -construida con esmero- estuvo siempre presente en los acontecimientos que nos relataba.
*Nació en Sincelejo-Colombia. Reside en su ciudad natal. Narrador y ensayista. Licenciado en español y Literatura. Especialista en Docencia y en Gerencia Informática. Profesor de secundaria y catedrático universitario. Ganador del Concurso de Cuento Somos Palabra (2019), organizado por la Universidad Santo Tomas. Su libro de cuentos Los Giros del deseo, resultó ganador del portafolio de estímulos ConfinArtes, 2020, del Fondo Mixto de Promoción de la Cultura y las Artes de Sucre. También publicó el libro: Cuentos para iluminar la noche (coautor). Editorial Torcaza, 2019.
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