Adán peralta te invita a leer:
Destino de fuego
A George R. R. Martin y su desafiante universo
El huevo de dragón había tardado en incubar más lunas de las pronosticadas. El fuego que lo abrigaba no cumplía su cometido. La niña del linaje Targaryen, no parecía alarmarse. Sabía de estos retrasos milenarios. Había leído de ello en un libro que su maestre le llevó. A todos en Dragonstone sí les preocupaba la inexplicable tardanza. De sobra sabían que entre el embrión de dragón y su dueña había un vínculo que iba más allá del fuego mismo. Contra toda lógica, el dragón aún seguía allí, en su reluciente esfera. El fuego que lo abrigaba absorbía todo el entusiasmo de la niña. Ella sabía tener paciencia. Sabía que, sin él, no sería nadie.
El dragón pronto nacerá, es cuestión de días. Será una hembra y se llamará Syrax. Ella, Rhaenyra, escogió el nombre, segura de que así terminaría el vacío en su corazón. Ella sería su jinete. La sangre de los legendarios valyrios que recorre sus venas se lo garantizaba. Juntos surcarán los cielos de Poniente y se fortalecerá el reinado del fuego. El destino habrá hecho lo suyo. El dragón también sería de uso militar, pero, sobre todo, llenaría el encantado corazón de la niña de cabello platinado. Ambos estarían en orbitas distintas, pero pronto niña y dragón confluirían en un solo mundo. Habrían de reunirse en la estremecida unidad de ese destino y nada afectaría la esencia de sus naturalezas.
Han pasado muchos soles. Una voz surca el aire de palacio y anuncia la nueva: «¡Ya es hora!» El rey Vicerys, de rostro iluminado y mirada suprema, gira sus ojos hacia su hija. Una complacida sintonía se aprecia en ese cruce de miradas. «Todo saldrá bien» -insiste el padre, y pasa su mano por el cabello de la niña. Luego la posa en su hombro como señal de magnético acompañamiento. El Rey se levanta, toma de la mano a Rhaenyra, y salen apresurados para la gruta del acontecimiento. Ajustan sus pasos y llegan a la gran caverna. Allí, un dragón a punto de nacer. Cuidadores y maestres están presentes. Emociones y sensaciones diversas se destilan en el entorno. En el interior de la niña se agita una felicidad construida sobre la palpitante espera; un abismal júbilo que supera las vigilias de las últimas semanas. Atrás, la melancolía, ahora frente a ella la oscilante alegría. No es para menos, el dragón es su otra mitad.
En la gruta se expande el eco de un creciente crujir. Se estremece el caparazón objeto de todas las miradas. También el corazón de la niña, que está frente al nacimiento del dragón. Es la repetición de un rito milenario. El huevo se quiebra con lentitud. Al escuchar el crepitar del caparazón, las pupilas de Rhaenyra se iluminan con un fulgor impactante como el fuego que calienta el ambiente. Está ante una experiencia mágica. Parece levitar. Ha entrenado su corazón para este momento, pero el suceso supera lo esperado. Sin más, un momento onírico para ella.
El dragón sabe que lo esperan. Voces emocionadas traspasan el caparazón que lo separa de su nuevo vivir. Abandonará para siempre la morada donde tenía alas, pero no cielo. Dejará de ser criatura encerrada para surcar el firmamento y esparcir la alquimia de su fuego. Por una de las grietas del huevo, se aprecia la pasta viscosa que lo anidaba. Ahora, Syrax se asoma a su naciente mundo. Con su cabeza hace unos giros torpes. Su escamado cuerpo recibe el aire de Dragonstone. Estira las alas, aún viscosas. Las mismas que volarán por los cielos de Los siete reinos. El dragón lanza su primer chillido, que resuena con un eco en la gruta, como si todo cambiara con ese alarido. Las manecillas del tiempo se detienen.
La espera ha terminado. El dragón mira a Rhaenyra y ella hace lo propio. Sobra el fuego. Bastan las pupilas iluminadas. Cuidarlo, abrazarlo, alimentarlo y ser su jinete cuando llegue el momento. ¡Vivir! Después, él protegerá sus pasos y su cielo. Rhaenyra también ha nacido de nuevo. Susurra algo para sí, en el idioma Valyrio, como un leve conjuro. Sabe que oscuras y complejas simetrías han delineando el destino de los Targaryen. Dos gruesas lágrimas comienzan a descender por sus mejillas. Las detiene, y se reconforta con el ineludible y nuevo propósito de su existencia. Ella se acerca a él, le toca la húmeda cabeza. Allí la imagen esperada. Allí su caliente aliento. Ambos serán más fuertes. Uno en la presencia del otro. Para siempre
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No puedo aceptar que no me ames