Todo lo que quiero es ser un campesino de pura cepa, así como son mis padres, un campesino que ama la espiritualidad, la libertad, el campo y la sencillez. Sin embargo, he notado que no es fácil aspirar a ser un campesino en un país donde los ideales y los conceptos de superación son reducidos a ser un citadino, estar en una lujosa oficina y seguir el desenfreno que sugiere la búsqueda del poder. En nuestro país aspirar a ser un campesino que disfruta la libertad y la sencillez suele ser tildado de pobreza mental y falta de deseo de superación.
Todos los días, diferentes agendas con apariencia de piedad esconden supersticiosas y macabras perspectivas que nos persuaden y nos arrebatan nuestra identidad campesina con la intención de alcanzar los objetivos de un mundo extraviado que no se cansa de tener más y no sabe vivir con lo necesario. Somos sometidos a un sistema que define el valor de las personas por lo que tienen, por lo que logran o por lo que consumen. Pero como el campesino no sigue este ritmo es considerado un extraño, un inconverso que tiene que ser obligado a convertirse, los campesinos nos hemos dejado someter por un sistema que busca establecer la identidad de los sectores sociales libres, cuando este mismo sistema no sabe con claridad quién es y le tiene pánico a la bestia en la que se ha convertido a sí mismo, un sistema que es esclavo de su desgracia.
¿Por qué buscan con tanta suspicacia alejarnos de la dignidad, economía y espiritualidad que trasmite el trato que le damos a nuestro suelo? ¿Por qué aspiran con sus discursos hacernos ver y sentir menos valiosos, violando nuestro derecho a la libertad? ¿Por qué buscan hacernos creer que la felicidad está en su manera de ver el mundo y no en la nuestra? Los campesinos no tienen ni deben ser lo que otros quieren que sean, no tiene ni deben ser peones sin albedrío que son utilizados en beneficio de aquellos que se creen los dueños del mundo y sólo piensan en obtener poder y dominar a los otros.
Si quieren ayudarnos a construir nuestra identidad deben empezar por valorar lo que somos, al mismo tiempo, valorar lo que aspiramos ser. La construcción de nuestra identidad debe ser única y exclusivamente resultado de nuestras experiencias, resultado de nuestro caminar comunitario, de nuestras tradiciones orales y religiosas, de nuestras historias, del significado de dignidad que trasmiten las labores cotidianas que nos dan nuestro sustento y que nos permiten cuidar nuestras tierras. El campesino es y tiene que ser lo que él es y no lo que otros quieran que sea, ser lo que somos es lo que nos da nuestro valor y nos impide caer en el desenfreno en que ha caído el mundo.
Desgraciadamente, ya muchos campesinos son lo que otros les pidieron que fueran y por eso hoy tratan sus tierras, sus ecosistemas, sus costumbres, su sencillez y libertad, es decir, todo lo que nos da valor y significado, como eslabones necesarios que contribuyen al objetivo universal de querer adquirir poder y ser los primeros en destruir nuestro planeta. Muchos campesinos ya no son vistos como los hombres que aman la tierra, que la cuidan, que la preservan y viven con lo necesario, hoy son considerados los productores y consumidores compulsivos que les pidieron que fueran, aunque eso significara destruir la diversidad natural en la que crecieron y que era el fundamento de su identidad.
No obstante, no es que rechazo la idea de ser más productivos, ese no es el caso, es que nos piden ser productivos con formas que no tienen en cuenta lo que somos, con maneras que no se preguntan por qué lo hacemos como lo hacemos, no consideran que muchas de nuestras formas y tradiciones tienen la idea implícita de la preservación. Son unos ciegos que ignoran por completo que nuestro deseo de no querer más, de vivir con lo necesario, esas costumbres conformistas, como ellos las llaman, son sencillamente la forma de frenar a nuestro instinto de insatisfacción que fuera de control puede destruir todo lo que esté a nuestro paso, incluyendo nuestras propias vidas, las de nuestros seres amados y la del planeta. Sin embargo, solo nos dicen que está mal, que nuestro trabajo necesita un enfoque diferente, una visión más ambiciosa. Así nos manipulan y se nos niega el derecho a la libertad, a ser productivos con nuestras maneras; gracias a eso, muchos campesinos son esclavos de la misma desgracia y desenfreno que propone el mercado y van rumbo a la pérdida de su identidad y contribuyen así al “apocalipsis”. Por eso, nos toca, desde nuestra condición de campesinos, levantar nuestra voz y hacernos escuchar. No necesitamos ser lo que nos dicen que seamos, tenemos nuestra propia identidad y aferrarnos a ella es esencial en esta época de caos que vive el mundo, especialmente porque está comprobado cuál es el resultado de seguir el ritmo desenfrenado que propone este sistema sin identidad y sin rumbo.

Majagual ¿el mejor pueblo del mundo?
Excelente escrito. Inspirador. Aspiro ser campesino. Hace poco me enteré de que mis abuelos fueron desterrados de sus tierras por los despiadados grupos armados. Siento un impulso de contactarme con nuestro suelo, con la sencillez y la libertad de la que hablas. Este sistema capitalista nos está absorbiendo, no quiero seguir el camino que la gran mayoría sigue. No quiero tener, quiero ser desde el contacto con nuestra hermosa tradición.
Gracias por tus palabras