Cultura

El ciudadano ilustres en la sociedad del espectáculo

La cinematografía nos trae de vez en cuando películas que nos trasgreden, que nos invitan a la crítica social. En esta ocasión...

Foto del avatar Escrito por Alberto Iriarte Pupo · 3 min read >

La cinematografía nos trae de vez en cuando películas que nos trasgreden, que nos invitan a la crítica social. En esta ocasión deseo traer a colación una de estas películas, el ciudadano ilustre, de la cual no pretendo hacer una sinopsis, o un recuento de lo que trata la obra. Solo la tomaré como andamiaje para desarrollar algunas ideas sobre aspectos que me parecen verosímiles y adecuados para la comprensión de lo humano. En este primer escrito hablaré sobre la sociedad del espectáculo (de la distracción).

El film argentino, escrito por Andrés Duprat, y dirigido por Gastón Duprat y Mariano Cohn, se presentó por primera vez en el año 2016; yo tuve la oportunidad de verlo solo hasta hace pocos días (por unas de esas buenas recomendaciones que te dan de cuando en vez). Desde el primer momento el protagonista, quien gana el premio nobel de literatura, se nota exasperado por las diversas venias, halagos, reconocimientos, que para él han perdido importancia. El momento de gloria y jubileo, se convirtió en su desdicha. Para él, quien obtener el nobel simplemente era llegar a la cúspide, solo vendría su decadencia y clausura (en apariencia según la obra).

Es importante analizar, un punto transversal, la crítica realizada a las organizaciones institucionalizadas que establecen criterios (compartidos socialmente o no), sobre a quién se le hace un reconocimiento público. En ese aspecto, el personaje revitaliza lo que debió suceder en Argentina con Jorge Luis Borges, a quien por situaciones adversas (al parecer todo apunta a los vaivenes del poder: la política), le fue negada dicha exaltación (el nobel). Hecho que ha generado críticas y controversias heterogéneas en contextos y temporalidades distintas.

Ahora bien, en esas primeras escenas se denota la implacable cultura del espectáculo, de la distracción, que corroe, desgasta, socava la intersubjetividad. Invitaciones, banquetes, tertulias sin sentido, presiones sociales (esas son de las que más cuesta dirimir), son parte del conjunto de situaciones que le otorgan un sinsentido mayor, al sinsentido de la vida. Es decir, se convierten en distracciones de aquello que por alguna razón le da sentido y significado a vivir, pero que en el fondo es efímero, momentáneo, circunstancial.

Para el personaje principal de la obra (Daniel Mantovani), tiene un significado no menor, escribir; pues ha dejado de lado otras pasiones: amores (nunca se casó), hijos (no tuvo ninguno), amistades (no se evidencia alguna), entre tantas. Ese acto artístico, creador, subversivo, al parecer, lo ha perdido gracias a la mediatización de su subjetividad, a la sujeción misma del querer irracional de los muchos, de aquellos denominados espectadores. Se le advierte meditabundo y exasperado.  Los ritos y cultos singulares lo han atrapado, ha abandonado su pasión.

En este preludio, se muestra el poder de la sociedad del espectáculo, sociedad analizada y expuesta de manera magistral por Guy Debord, filósofo, escritor y cineasta francés, en el año de 1967. Debord utiliza las categorías analíticas del marxismo, para proponer una explicación, aún con aspectos válidos, de nuestra sociedad globalizada (no realizaré un análisis de la obra, solo invito a que los lectores acuciosos la lean y extraigan sus propias conclusiones).

Traigo a colación algunas de las nociones planteadas por el autor sobre el termino en cuestión: “…el espectáculo no es nada más que el sentido de la práctica total de una formación socio-económica, su empleo del tiempo. Es el momento histórico qué nos contiene”… “En el mundo realmente invertido [el del espectáculo] lo verdadero es un momento de lo falso”. Es decir, las formas, los modos particulares en que se muestra y se arraiga el espectáculo, tales como: comunicación o propaganda; publicidad; consumo directo de diversiones: redes sociales, juegos on y off line, plataformas mediáticas, entre tantas más, constituyen una modelación de nuestra subjetividad, que impacta sobre las formas de pensar, sentir y actuar de una generación invadida del consumismo informático, que sucumben delirantes a los pies de una ilusión.

Por tanto, si bien la doble invitación es primero a ver una obra cinematográfica excelente, en mi opinión. Lo segundo tiene que ver con la toma de conciencia sobre la banalidad exacerbada de un seudodisfrute que esconde una represión singular: la subjetivización de los cuerpos y espíritus. Una ingeniería social basada en la alienación, el temor y la desolación. Es un llamamiento a no abandonar nuestras pasiones, por exceso o negación de aprobaciones, de reconocimientos triviales, que al final obnubilan el sentido (o sinsentido) vital, eso que nos mueve cada día. Es un grito silencioso, que conmina a salir una que otra vez, de este modelo mediático y mediatizador, para mirar desde nuestra posición estética (sin prejuicios o enjuiciamientos) la belleza de cada vida, de cada despertar, de cada historia, relato, narrativa, eso que nos hace humanos… demasiado humanos.

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