La pobreza es desgarrante para el pobre por las terribles comparaciones que se hace con el prójimo, que, generalmente tiene más. Y eso mismo es el mayor tormento del pobre, pues si este se dejase de comparar, si se aislara de toda medición material de su vida con la ajena, se diera cuenta que no se necesita más que comida, calor, y una razón, para vivir. Entonces avanzara más despreocupado, más útil, mas hábilmente, y rebasara, sin ni siquiera notarlo, sus privaciones. Los afanes por surgir son lo que irónicamente no permiten surgir, pues sentirse inseguro por el miedo de no tener, en mundo de posesión y bienes, carcomen y cohíben las capacidades.
El mundo desde sus inicios es vanidoso, por eso al pobre no lo mortifica tanto sus privaciones como la falta de orgullo, de honor, y el sentimiento de inferioridad.
La vanidad es el intento de sustentarse espiritualmente con lo que no pasa de ser materia inerte e inútil; quien no tiene nada por dentro, solo le queda la vanidad, el exterior, la apariencia. Por eso los vacíos, pues cuando se tiene abundancia material, se vive de vicios, de juegos, de narcóticos, o ya bien, de empeño por tener más, que actúa como ceguera: todo por no ver y olvidar por ratos la inutilidad de la vida propia.
No es conformismo ni pensamiento pobre la falta de pretensión, ni la anulación de sedienta ambición, ni la envidia, ni el desinterés por tener qué aparentar. Es satisfacción encontrar en la vida misma, en la misma persona, lo necesario para vivir, pues la riqueza es humana, anímica, interior, no material.
Pues cojamos como ejemplo a cualquier persona adinerada, y apartémoslo de la sociedad, de la compañía humana, del mundo de sus semejantes. Estando solo, con sus bienes, con sus casas, lujos, y riquezas, pasará que al no tener nadie con quien compararse, no poder reafirmar su superioridad, ni vanagloriarse de su victoria la cual en la sociedad significa poseer, se sentirá vacío y común, y toda su riqueza sobrante valdrá igual a nada. Entonces vemos que la riqueza y la pobreza son solamente valoraciones sociales y no humanas, y que toda su desgracia y virtud son meramente apariencias psicológicas, ya que la ventaja o ganancia en la sociedad, es solo ganancia y ventaja sobre los demás, y se mide con estos mismos, pero no vale nada en nosotros.
¡El humano es el único ser caprichoso, por eso es el único infeliz!
Quien es autosuficiente espiritualmente, sabrá que no necesita de mucho para vivir bien, y abrirse paso en la vida.
¿Pero qué significa ser autosuficiente espiritualmente?
Es en encontrar en sí mismo la razón de la existencia propia, la utilidad de nuestro cuerpo, nuestra alma, y nuestra mente. Pues ¿qué es el espíritu si no es la voluntad? Y así mismo como cual fogata que da calor entre el frío arrasante, que depende su llama de cuanta leña y de la buena calidad que le demos: así depende el fulgor de nuestro vivir, y el motivo en
nuestro ánimo, de los nobles sueños y propósitos perdurables, en que empeñemos nuestra útil vida.
Claro que el hombre es obligado a llevar una vida no deseada, ya sea por los prejuicios de su alrededor, ya sea por el miedo a equivocarse, o simplemente por tener bocas que alimentar. Pero debemos revisar más seguido los límites de nuestra ambición, ¿Qué buscamos exactamente en el afán de tener cada vez más? ¿prestigio? ¿honor? ¿legado?, ah, o quizá placer y fantasía, pero todo eso no es más que ilusión sin cuerpo, una vida falsa, que se delata a sí misma de no ser llenadora, pues siempre se necesita de más, y no se está nunca satisfecho ni en sosiego.
¿Qué es más importante, más inmenso, más esencial para un niño, que un helado en las horas de la tarde, o jugar y encontrar el éxtasis en la sencillez de respirar?, entonces ¿cuándo exactamente maldijimos nuestra existencia llenándola de vanos afanes, de caprichos y de cizaña?
Miremos a las comunidades indígenas, los pueblos que entre nosotros son primitivos, vemos claramente su unión, su esencialidad. Vemos que visten con harapos, que no les falta alimento, que cada uno con los suyos tiene techo, y el trabajo no falta; que no tienen mucho más que eso y en sus concepciones no se pasa la palabra pobreza, pues entienden sabiamente, que la riqueza no es tener mucho, sino necesitar poco.

Bajas expectativas