Siempre he considerado el ejercicio electoral resuelto mediante la democracia como una relación de parejas, muchas veces extremadamente toxica pues el pueblo critica, condena, se disgusta, hace observaciones, e insulta a x candidato, pero al final vuelven a elegir a alguien parecido o hasta peor, alguien de la misma cuerda o quien viene siendo el ahijado político del insultado y maldecido político en el tiempo presente.
Sin embargo, creo que esto se da mas en las instancias locales y elecciones de alcaldías, gobernación y concejo. Mi ciudad es el claro ejemplo de esa simbiosis donde al final ocurre como el vallenato que dice: “la ley del embudo, lo ancho pa ellos lo angosto pa uno”; es no mas esperar este año los candidatos y las elecciones en Sincelejo.
Usted me disculpa el salto que voy a dar, pero lo que quiero hablar en esta columna empieza aquí lo dicho de mi ciudad era un pequeño spoiler de lo que serán las elecciones este año y como muy poco escribo de lo local no quería dejar pasar la oportunidad de dejar mi impresión allí plasmada.
Hablando de matrimonio creo que la relación ya de orden nacional para elegir presidente es menos toxica, y la opción de divorciarse de un candidato elegido popularmente cada vez más se mira con menos tintes y sin tanta vuelta si toca dar un vuelco y cambiar de timo, partido e ideología política se cambia y listo. Tal vez la pandemia fue uno de esos hechos que le abrió los ojos a la gente y hoy el sentido del papel que debe jugar el Estado en los sectores que se han vuelto críticos es más agudo.
Para nadie es un secreto que los niveles de pobreza en Latinoamérica se encuentran en el nivel más alto de los últimos 20 años en una región en la que un efímero auge de las materias primas permitió a millones de personas ascender a la clase media tras el cambio de siglo. Varios países se enfrentan ahora a un desempleo de dos dígitos, y más del 50 por ciento de los trabajadores de la región están empleados en el sector informal.
Los escándalos de corrupción, el deterioro de la infraestructura y la ausencia crónica de fondos en los sistemas de salud y educación han erosionado la confianza en el gobierno y las instituciones públicas.
En este caldo de cultivo y en este orden de necesidades que son el menú de cada país los que mejor han sabido llegar a enamorar, conquistar los corazones y los votos, prometer una mejor vida y hasta pagando los gastos de divorcio del pueblo es la izquierda sea de centro, o conservadora. La izquierda ha prometido una distribución más equitativa de la riqueza, mejores servicios públicos y redes de seguridad social ampliadas.
Eric Hershberg, director del Centro de Estudios Latinoamericanos y Latinos de la American University, dijo que la racha ganadora de la izquierda nace de un sentimiento generalizado de indignación.
“En realidad se trata de los sectores de la clase media baja y de la clase trabajadora que dicen: ‘treinta años de democracia y todavía tenemos que ir en un autobús decrépito durante dos horas para llegar a un centro de salud malo’”, dijo Hershberg. Citó la frustración, la ira y “una sensación generalizada de que las élites se han enriquecido, han sido corruptas, no han actuado en favor del interés público”.
Esta realidad ha condicionado las elecciones en cada país, y está claro que la izquierda puede hablar más directamente de eso que la derecha.
Por ello el primer hito fue la elección en México de Andrés Manuel López Obrador, que ganó la presidencia con un resultado arrollador en julio de 2018, al año siguiente, los votantes de Panamá eligieron un gobierno de centroizquierda, y el movimiento peronista de izquierda de Argentina tuvo un sorprendente regreso a pesar del legado de corrupción y mala gestión económica de sus líderes.
En 2020, Luis Arce se impuso a sus rivales conservadores para convertirse en presidente de Bolivia, seguido por Pedro Castillo en Perú. Un maestro de escuela de provincia, sorprendió a la clase política peruana al derrotar por un estrecho margen a la candidata derechista a la presidencia, Keiko Fujimori; en Honduras, Xiomara Castro, una candidata de plataforma socialista que propuso el establecimiento de un sistema de renta básica universal para las familias pobres; después aterrizamos en el 2022 en Chile con Gabriel Boric y en Colombia con Gustavo Petro quienes comparten una visión del progresismo moderno, cercano al feminismo y al ambientalismo. Un modelo muy alejado del socialismo de Nicolás Maduro o Pedro Castillo y abriendo el 2023 con la posesión de Luis Ignacio Lula Da silva en Brasil son el resurgir de una nueva izquierda en Latinoamérica.
A diferencia de lo que ocurrió a principios de la década de 2000, cuando los izquierdistas ganaron presidencias decisivas en América Latina, los nuevos gobernantes tienen que hacer frente a la deuda, a presupuestos magros, a escaso acceso al crédito y, en muchos casos, a una oposición vociferante. Pero lo mas delicado desde mi punto de vista es que la masa gruesa de votantes latinoamericanos que llevo a las izquierdas al poder es una generación de votantes intranquilos que se han mostrado dispuestos a castigar a quien no cumpla lo prometido sin importar ideologías, es un matrimonio donde los papeles del divorcio están allí coqueteando en la mesa.
Uno de los mayores problemas y una de mis criticas a la izquierda es evaluar en dónde demarcarán las líneas rojas y no entrar a disfrazar las cosas por eso que Gabriel Boric diga abiertamente que del gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua es una dictadura, hay que decirlo, igual que lo es Venezuela con Maduro.
A este gobierno del cambio de Petro solo le puedo decir dos cosas cuidado con las trampas del aplauso y el que mucho abarca poco aprieta. Para cerrar esta columna quiero citar el ítem 1 y 7 de: Un decálogo reformista por Alejandro Gaviria:
- El reformador debe combatir dos formas extremas de dogmatismo: la primera postula que el Estado (o la estatización) es la solución de todos los problemas; la segunda que directa o indirectamente, el estado es la fuente de todos los problemas.
- El reformador debe ser consciente de una asimetría fundamental: el poder del estado es mayor para redistribuir que para generar bienestar; por ello muchos reformadores terminan siendo árbitros de contiendas redistributivas, decidiendo que grupo gana y que grupo pierde, pero contribuyendo al bienestar de la mayoría.

El Trauma y otras Consecuencias de la Violencia Intrafamiliar