Cultura

La mejor forma de exaltar el día del idioma es leyendo

“En esta era donde las adicciones están a la orden del día,  podría ser la lectura la mas noble y salvadora adicción...

Foto del avatar Escrito por Malkin Martinez Montes · 4 min read >

“En esta era donde las adicciones están a la orden del día,  podría ser la lectura la mas noble y salvadora adicción que te atrevas a tener”

No sé si llamarme coleccionista pero reconozco que a veces tengo la locura de guardas cosas que no todos guardan por ejemplo una entrevista, una nota editorial, un artículo de opinión o una ponencia como una que leí en 2013 del escritor William Ospina. Sinceramente en ese momento no sabía quién era ese personaje, pero lo que podía leer en su ponencia titulada “la utilidad de la luna”,  la cual fue presentada en el VI Congreso Internacional del idioma me pareció fascinante.

A lo mejor el 23 de abril fuiste de eso que te dejaste llevar del hashtags día del idioma y recordaste esta celebre fecha para nuestra lengua compartiendo alguna imagen o frase de esas que circulan en la redes las cuales son pequeñas lecturas y valen.

Pero me genera preocupación porque en este siglo de la inmediatez,  la sobre información. Circula una avalancha de datos, muchas veces sin contexto, nos recargan las frases lindas sin lecturas, sin análisis, sin la complicidad,  la compañía y la soledad de un libro.

Aquí estamos y aquí vamos en un periodo de la historia donde se ha creado la ilusión de que hay que saberlo todo, pero donde paradójicamente se lee menos. Por ello cito a Kafka quien dijo en su clásico tono sombrío que no estamos construyendo la torre sino el pozo de Babel.

Si la industria del futbol está preocupada porque cada vez más los adolescentes de este tiempo no les llama la atención el deporte rey. Se ha preguntado usted ¿cuánta preocupación genera en un docente que el estudiante no lea, y si lee, no comprenda, no argumente, no se cuestione nada? ¿Qué los padres poco colaboran? ¿Qué el ejemplo más académico de un padre para sus hijos es saber lo que paso en el desafío, en la novela, o la serie de netflix?

Hoy considerando que el mejor homenaje a nuestro idioma no consiste en cuantos hashtags, imágenes o frases, logro subir a Facebook, instagram, o WhatsApp rememorando la fecha sino cuanto me puedo acercar a un libro y dejarme llevar por su mundo su historia, sus secretos y sus particularidades. Te quiero hablar de lo que significa leer, del poder de seducción y atracción que tiene un libro,  pero no desde mi humilde conocimiento. Lo quiero hacer desde algunos apartes de la ponencia esa que leí en el 2013, que guarde como un coleccionista, hoy desempolvo, la cual después de haber pasado por tres USB aún sigue intacta. En su momento cuando la leí me pareció uno de los mejores homenajes que un escritor le puede hacer a su idioma. Hoy después de varios años me parece igual y es hasta más pertinente.

Leer es como viajar. Una de las ineptitudes del turismo consiste en que sus protagonistas aspiran a regresar siendo los mismos que eran al partir. El viaje es otra cosa, y Derek Walcott tiene razón en su discurso de Estocolmo, cuando dice que el viajero, a diferencia del turista, es el que entra en contacto con el mundo al que visita, que no busca sólo una presurosa fotografía para su colección, o un recuerdo pintoresco, sino que se atreve a vivir ese mundo, y hasta corre el riesgo de llegar a pertenecerle.

Aprendió que los libros son objetos mágicos. Basta abrir uno, y ya estamos en el tren de Varsovia que se dirige a todo vapor a San Petersburgo, viendo cómo conversan unos aristócratas empobrecidos; basta abrir otro y ya estamos a bordo de un barco perseguido por un dios; o en un viaje hacia el centro de la tierra, o en un castillo que tiene la forma de una calavera; o en una ciénaga donde hay un perro endemoniado.

Leer de verdad, dijo, no es consumir, sino crear. “Y a menudo son los lectores quienes les revelan a los autores qué fue lo que en realidad escribieron. El autor no es dueño del sentido de lo que ha escrito. Un creador escribe no para comunicar algo que ya sabía sino para descubrir algo que ignoraba”.

Pero hay que saber que el que compra un libro todavía no es su dueño. Que un libro sea el más vendido es buena noticia para el autor y los editores, pero todavía no es un triunfo para la humanidad. Podría ser mejor noticia saber cuál es el libro más prestado.

El verdadero poseedor de los libros no es el que más libros lee, sino el que los lee mejor, actualmente se piensa que los libros son mercancías. Pero en realidad se trata de lámparas en las que pueden estar guardados unos genios imprevisibles. Y aunque no toda lámpara tiene su genio, lo que brota de ellos también depende de lo que hay en el alma del hombre que frota la lámpara

Sabemos que todo libro es ficción, porque la realidad no es verbal. La realidad es infinita y simultánea, y convertir esa complejidad en el hilo sucesivo de un relato parece una mera simplificación. Pretender que toda Roma desplomándose está en el libro de Gibson parecería un delirio. Y sin embargo cuando leemos ese libro, tenemos la nítida impresión de que estamos viendo a Roma, minuciosa y poderosa, viviendo y desplomándose. Entonces comprendemos que la ficción no es lo contrario de la realidad sino que puede ser su síntesis.

Hay un ritmo de la lectura que parece condicionado por las urgencias de la época, pero es preciso recordar que hay otro ritmo que depende del texto mismo, y otro ritmo que depende de la atención del lector. Es cierto que hay libros cuya lectura casi no nos permite detenernos, porque los gobiernan la intriga, el encadenamiento de los hechos, la sospecha, la curiosidad, la necesidad de un desenlace; pero hay textos cuyo secreto se libera lentamente, como esos sabores que se expanden y se demoran en el paladar, como esos licores que tardan en obrar su efecto.

Y en cuanto a la velocidad, que es uno de los dioses más crueles de la época, más vale desconfiar. Montaigne decía que el brío de un potro no se mide por su velocidad sino por su capacidad de parar en seco. También podemos decir que la sabiduría de un lector no sólo está en saber avanzar sino en saber detenerse.

Cervantes decía que su voracidad de lector lo hacía leer hasta los papeles que encontraba en las calles, y no deja de ser conmovedor tratar de imaginar qué clase de papeles podían ser los que se encontraban por las calles en un mundo como la España del siglo XVI, tan escasa en papel comparada con nuestra época, y con una imprenta tan recientemente inventada.

Leer debería ser una de esas cosas que se justifican por sí mismas. Eso no significa que no nos dé grandes frutos, significa que no deberíamos subordinar el placer de las músicas verbales, de las fábulas, de las tramas, de los conjuros, de los pensamientos, a una finalidad, a un propósito siempre consciente; más bien deberíamos permitir que la lectura obre en nosotros su trabajo secreto.

Y para ser ese lector desordenado pero apasionado, caprichoso pero laborioso, nada me ayudó tanto como no haber considerado nunca la lectura una obligación. Nunca he leído un libro sólo porque fuera importante, nunca lo terminé porque fuera un deber hacerlo. Al comienzo leía los libros que llegaban a mis manos: con los años he aprendido a buscarlos. Incluso tengo una teoría un poco estrafalaria acerca de que ciertos libros se las ingenian para llegar a ciertos lectores

Escrito por Malkin Martinez Montes
Lic. En Humanidades con énfasis en lengua castellana. Magister en recursos digitales aplicados a la educación, universidad de Cartagena. Codirector y columnista del portal de opinión Soyciudadano.org Profile

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