Cultura

La necesidad de una ética para la vida

“Homo homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre. Esta es una alocución latina, expresada por Thomas Hobbes en su...

Foto del avatar Escrito por Alberto Iriarte Pupo · 3 min read >

“Homo homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre. Esta es una alocución latina, expresada por Thomas Hobbes en su obra El Leviatán (1651), en la que refiere una condición “natural” del ser humano: el egoísmo. El cual lo lleva a una la lucha continua contra su prójimo. Dicha aseveración, se encuentra directamente asociada al pensamiento expuesto por Nicolás Maquiavelo en el siglo XVI; instituida desde una concepción determinista, que fundamenta “la naturaleza” humana sobre ciertos “rasgos recurrentes”. Así, el historiador consideraba al hombre (o mujer), como una dualidad que se debate entre su circunstancia humana y su condición animal.

Un Ser que es capaz de hazañas, logros y luchas magníficas, pero que para alcanzarlas toma el camino del egoísmo y del instinto. He aquí una palabra clave: instinto. Para Maquiavelo, “la naturaleza” humana es predominantemente instintiva. No es una descripción menor lo anterior, las pasiones, emociones, ímpetus, impulsos en ocasiones ciegos, pertenecen más a lo instintivo que a lo racional. Este es uno de los tantos porqués de un comportamiento, para nuestra sociedad, aberrante (como golpear a un prójimo hasta dejarlo sin vida); hay mucho de animal en eso. Más allá de la aparente analogía entre el lobo y el hombre (ser humano), planteada por Hobbes, el Homo Sapiens Sapiens, ha demostrado ser inconmensurablemente más peligroso, que un “tierno” lobo, en todo sentido.

En este mismo escenario, es necesario relacionar otro aspecto significativo en un acto violento: El poder. El ser humano es un ser social, organizado según vínculos normalizados, desde lo lingüístico, político, cultural, económico, familiar, etc. Desde este punto, estudiar las relaciones existentes y posibles entre individuos, es esencial. Ese fue uno de los principales campos de disertación del psicólogo, filósofo e historiador, Michel Foucault. Desde esta perspectiva, Foucault en sus investigaciones sobre el sujeto, logro vislumbrar que el poder no es algo que posee solo la clase dominante; postuló que el poder no es una propiedad sino una estrategia. Es decir, el poder no se posee, se ejerce. Por ello, sus efectos no son atribuibles a una apropiación, sino a ciertos dispositivos que le permiten funcionar plenamente.

De ahí que, para ejercer el poder, se utilizan técnicas de amaestramiento, procedimientos de dominación, y sistemas para obtener la obediencia; la mayor parte de estas, basadas en el miedo. De este modo, cuando se observa a un grupo de sujetos, armados con instrumentos avanzados (herramientas para ejercer poder), para sosegar a una muchedumbre indignada por algún hecho sucedido (pueden ser marchas pacíficas o violentas), sucumbiendo en un acto irreparable (quitar la vida a un semejante), justificándose en la hostilidad realizada a bienes muebles e inmuebles, el ejercicio abusivo del poder, es inadmisible. Entregar poder debe ser un acto mediado por la educación y la cultura del respeto por la vida. “la vida es sagrada” diría el maestro Antanas Mockus. Sin embargo, el desconocimiento, o no reconocimiento de una ilusión institucionalizada, hace que el mal sea banalizado.

Por otro lado, hemos sido formados, en una especie de caldo de cultivo que rinde pleitesía a la violencia, en amplio sentido. Desde las diversas formas de convivir en el seno de la familia. Pasando por el impacto derivado del alto consumo de producciones audiovisuales, cargadas de este tipo de comportamientos y conductas. Hasta llegar a las numerosas presiones sociales, basadas en una moralidad consumista e individualizada, que pone en segundo plano la vida misma. Este tipo de racionalidad, simplemente, se ha “normalizado”. Es decir, ha adquirido modos de pensar, sentir y actuar, en atención a un patrón determinado. Modelando y estableciendo, según un grupo de poder, que es lo correcto y lo incorrecto, qué está bien y mal, que es moral e inmoral. Para luego juzgar y condenar, colocando las reglas generalmente a su acomodo. El ejemplo reciente se evidencia en las matanzas de los ocho jóvenes en Samaniego, a los cuales, según supuestos, asesinaron por “violar” ciertas medidas de bioseguridad. No tiene sentido alguno esta forma de razonar.

No está de más aclarar que las reflexiones aquí planteadas no son exhaustivas, ni más faltaba. Simplemente, son una forma de mirar el problema, planteando una solución, aunque utópica, factible. Así sea solo para seguir caminando hacia el horizonte. Es por esto que el llamado es a trabajar por un humanismo ecosófico. Donde se propenda por despertar una sabiduría que nos permita habitar el planeta, entre todos. En el cual la muerte, las matanzas, los hechos violentos no sean lo común, sino lo extraño o insólito. En el que los medios de comunicación formen (in-formen: formar desde dentro) y no des-formen, empecinados en la degradación de la especie.

Esto es posible, mediante un cambio trascendental en nuestras representaciones mentales y sociales. Cambio que encuentra apoyo en la educación. Entendido esta última como un proceso integral, en el que no solo la tarea es desde una educabilidad escolarizada, sino también de aquellos que hacemos parte de esta sociedad compleja. Quienes debemos ejercer en consonancia, una labor de instrumentos de metamorfosis colectiva. Con el fin de reconocer-nos en la diversidad y en la democracia. Instaurado en común-unidad estructuras cognitivas, que den lugar a la formación de ciudadanos del mundo; quienes por medio de mecanismos de autorregulación, den prioridad al principio del respeto por la vida propia y la del Otro. Es decir, poniendo en práctica una ética de la liberación, en la cual, el respecto por la vida, se convierte en el principal imperativo categórico.

 

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