Escribo cuando mi corazón se ahoga en el silencio; cuando pongo el dedo sobre sus rojos labios para que guarde la compostura; cuando lloro por dentro mirando al horizonte, como quien otea esperando el porvenir, aun si no tiene idea de lo que espera.
La vida es un ciclo de vanidades que comienza con una meta y termina cuando habiéndola alcanzado ya, te das cuenta que realmente no era tan especial como lo soñaste desde el principio. Viajes, compras, tiempo compartido que a la verdad nos brindan una felicidad más o menos duradera, pero poco sustanciosa al final de cuentas.
¿En qué se basa la hermosura de la vida? Si la belleza es relativa entonces de seguro habrá muchas respuestas. Unos levantan su cabeza y sonríen hacia el sol, y otros, por el contrario, agachan su cabeza porque su calor es un tanto agobiante.
Decía un antiguo sabio que todo lo que se hace debajo del sol es vanidad, y a lo largo de mis días he encontrado mucha razón en sus palabras; pues no he hallado mayor necedad en el ser humano que la de acumular riquezas, vivencias, recuerdos, siendo consciente de que partirá de este mundo desnudo y sin nada por lo que se esforzó.
“La vida es una sola, y hay que saber cómo vivirla”; pero, qué es el vivir, y quien te enseña a vivir la vida, si al final de todo, siempre habrá lamentos y arrepentimientos; entonces la vida no se trata de como la vives, irónicamente la vida se trata de como la terminas.
Habiendo dicho esto, esta vida debajo del sol me ha cansado, agitado, agotado; pero hay un solo secreto que va más allá de cómo vivirla, como terminarla y como disfrutarla: Vivir abrazado a la fuente de esa vida, una fuente inagotable de gozo y de esperanza, una riqueza que trasciende lo material. No, no es algo, es alguien, tiene nombre, tiene oídos, tiene ojos, se llama Jesús.
Y este es el galardón: que, aun siendo puesto debajo de la inclemencia del sol, seamos puestos bajo la sombra reconfortante del Salvador.
¡Vive! Pero no vivas sin Jesús.

Edición #81 revista literaria: “CRISOL”