Era una tarde de abril, ella estaba tan ansiosa de ver a ese hombre que tanto amaba, llevaba días lejos de él y cada minuto era tan codiciable, y lo añoraba; añoraba ver sus ojos; añoraba llevarle; esperanza tras esperanza que ella luchaba por mantener.
El tiempo llegó, no era una cita como cualquier otra, pues se trataba de una visita a UCI en el hospital, hablaron, meditaron en la fe y la certeza que todo mejoraría; pero algo inesperado ocurrió.
Un profesional de la salud se acerca a dar su informe y exclama “es un paciente crítico” ella notó como la mirada de ese hombre que tanto amaba perdía la luz y se llenó de impotencia todo su trabajo de llevar paz y calma se había arruinado; su tristeza fue inmensa, pero ella le dio la faceta de enojo, – muchas veces el enojo lo que esconde es una gran decepción pero a veces es más fácil mostrarse enojado que triste – le reclamó y le hizo saber “cuan molesta estaba” ¿cómo se le ocurre decir eso delante de él?, ¿dónde está su ética? “pero no esperaba la reacción de su amado, la cual fue “Niña, no, pídele perdón “¿Perdón?, ¿cómo perdonar alguien que no se alcanzaba a dimensionar el daño que hacía con sus palabras a una joven y a su papá? Ella obedeció y puso su corazón en paz con aquel Médico.
Este gran personaje me enseño tantas lecciones, una de ellas, es esa precisamente. El perdón, cuando entendemos que el respirar es un gran privilegio; ya no cargamos tanto peso, es como sí nuestra alma se liberara cada que nos hacemos conscientes que el presente es todo lo que tenemos, y que sería una pésima inversión gastar el tiempo que nos resta en este mundo guardando rencor en el corazón.
Perdonar según la RAE es “Remisión de la pena merecida, de la ofensa recibida o de alguna deuda u obligación pendiente”, remisión se refiere entonces a dejar de lado los señalamientos y la necesidad de tener todas las pruebas que condenan a alguien a ser merecedor del odio o patrocinador de nuestras desdichas.
Es reconocer que podemos continuar la vida soltando la necesidad de tener la respuesta para todo, todo calculado y en control, de poder dejar de exaltar la debilidad del otro a nuestro favor; Perdonar es comprender que no somos más justos sí le negamos la oportunidad al otro de ser feliz o de simplemente ser.
Mis queridos, en esta vida, el derecho a existir de nuestro agresor estaba muy por encima de nuestros estándares morales y sociales; ahora bien, perdonar no es darle la razón al otro, perder, o permitir que nos hagan daño, es establecer límites con aquel que nos ha ofendido y dejarle en claro que no permitiremos que ocurra de nuevo, y qué acciones tomaremos para preservar la paz, esto incluye dejar de hablar de temas que antes eran el centro de conversación, dejar de frecuentar lugares en común, y fijar una idea clara de quienes somos muy a pesar de aquel momento doloroso que pudo habernos herido.
Es por tanto el perdón un ejercicio diario, poder pensar en aquello que nos hiere y gritar desde adentro “te perdono, me perdono”, sí, perdónate por haberte congelado en el tiempo y definir tu vida por aquella vez en la que no pudiste defenderte o ser defendido(a), perdónate por ser tan duro (a) contigo mismo (a) y no disfrutar el milagro de la vida con creces, por postergarte ese crecimiento personal que trae consigo el perdón.

Edición 62, revista literaria “CRISOL”