¡Qué linda!, ¡qué hermosa!, ¡qué bella!, ¡qué preciosa!; son los comentarios que más escucho de las personas al referirse a mi niña.
Tengo una hija de 5 años de edad. Ella es una mujer inteligente, tierna, cariñosa, curiosa, conversadora y bastante traviesa. Estas características hacen parte de quién es y resaltan a simple vista. Pero, veo con preocupación que muchas personas que nos rodean solo resaltan una cosa: su belleza física. Familiares, amigos, y hasta extraños destacan eso cuando la ven, cuando interactúan con ella o nos hablan acerca de ella. Pero, no pasa solo con ella, pasa con otras niñas y niños, con adolescentes y adultos (bueno, con los que encajan en los cánones de belleza del mercado actual), parece que esto se ha convertido en un virus muy extendido.
Observo con mucha inquietud en nuestra sociedad esa cultura, la cultura de la exaltación enfermiza de lo físico. No, no está mal tratar de “verse bien” (aunque ese rótulo es bastante debatible, pero no entraré en ello ahora), el problema es la importancia que se le está dando al tema. No quiero que mi hija crezca pensando que resaltar por su belleza física es lo único que importa. No quiero que crezca en un ambiente donde su identidad y autoestima se van a forjar por cómo se ve. Quiero que sepa que, aunque nos hayan vendido esa idea, hay cosas mucho más importantes y trascendentes.
Volviendo a lo generalizado del tema, antes pensaba que eso de la belleza era territorio exclusivo de los modelos, de las casas de moda, de las fábricas de cosméticos y demás empresas que se lucran del “estándar de belleza”. Pero me he dado cuenta, de un tiempo para acá, que es algo que se da no solo en las pasarelas o en las campañas de mercadeo de productos de “cuidado personal”, sino a nivel general, es algo muy extendido en el inconsciente colectivo, a tal punto que ha engendrado una generación superficial que solo piensa en verse bien, que vive de las apariencias, del qué dirán, del cómo luzco, de lo que tiene o aparenta tener.
Hombres y mujeres que solo viven para aparentar. En medio de este frenesí se ha maximizado el uso maquillajes (tanto en hombres como en mujeres), cirugías estéticas, ropas, gimnasios, spas, peluquerías y demás lugares, procedimientos, trucos y estrategias para “verse bien” (o sea, mejor que los demás). Parece que esto se ha convertido en una competencia energúmena que está generando altos grados de frustración, depresiones, inseguridades y mucha, pero mucha, confusión de identidad.
Lamentablemente las redes sociales no colaboran para nada. Personas famosas y no tan famosas muestran un estándar de belleza que, con toda sinceridad, muchos de nosotros no alcanzamos ni alcanzaremos nunca (soy orgullosamente feo, según los cánones comerciales de belleza). Cuerpos “perfectos” caras “angelicales”, vestidos de última moda, maquillajes, accesorios, equipos electrónicos, casas, carros, viajes, rutinas de ejercicio, yoga, minimalismo, maximalismo, etc., hacen parte del arsenal con el que se está aniquilando a las cosas importantes, a lo valioso. La buena vida se ha reducido a tener la capacidad de imitar a esos “influenciadores” famosos (y no tan famosos). Una foto como la de ellos vale más que todo, para muchas personas.
Creo que, como pasó con el espejismo llamado felicidad, hemos caído en el juego del mercantilismo. Nos hemos dejado lavar el cerebro con tanta película, publicidad y vidas falsas que nos muestran las redes sociales, lo que ha llevado a una reducción de nuestra percepción de las personas a estándares tan fútiles como «bonitas o feas». Pero, ¿realmente eso es lo importante? ¿Dónde queda el valor intrínseco de cada ser humano? Estamos desperdiciando nuestra vida buscando ideales fugaces (como reza un antiguo proverbio: Engañoso es el encanto y pasajera la belleza), el centrarse en la belleza nos está frustrando y, lastimosamente, estamos pasando ese virus, recargado, a la siguiente generación.
Y no, aunque soy “feo”, no soy un feo amargado que critica a los que quieren “verse bien”, a los que viven de acuerdo a los estándares publicitarios y de las redes sociales. No, soy solo un padre preocupado, que cree fervientemente que ese mundo mejor que le puede dejar a su hija es mucho más que un mundo donde tenga todas sus necesidades materiales suplidas. Un mundo donde su identidad radique en lo que es, a saber, una obra maestra del Creador, no en cómo luce, ni en lo que tenga o aparente tener. Que nuestra apariencia física pase a ese segundo o tercero o cuarto plano, donde debe estar; y que valores como el respeto, la responsabilidad, el amor, la tolerancia, el trabajo en pro del beneficio mutuo, compartir con los que nos rodean, etc., sean lo que nos ayude a valorar a los demás. Que, aunque seamos “feos”, sepamos que nuestro valor no depende de encajar en los estándares de belleza que el mercado consumista nos vende, hay vida más allá de la belleza.
Anhelo el día en que valoremos a la gente por algo más que su físico, por lo que usan, tienen o aparentan tener. Anhelo el día en que dejemos de mirarnos como un producto y nos valoremos por el simple hecho de ser lo que somos, a saber, personas. Anhelo el día en que nos aceptemos como humanos, no por algunas características inventadas por el marketing voraz de las empresas de lo fashion y lo light, sino por el simple hecho de existir, de ser quienes somos, con nuestras pocas virtudes y nuestros muchos defectos.
Ojalá que este escrito nos ayude a pensar y a pensarnos. Gracias por tomarse el tiempo de leer esta corta reflexión, espero que la pueda compartir con alguien más.
Nota: Sería bueno que cuando nos encontremos con esos pequeñines que nos enternecen, por favor, empecemos a resaltar en ellos y ellas lo realmente valioso, no sigamos perpetuando y diseminando lo trivial.

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