Soy cristiano desde que tengo memoria. Fui bautizado cuando niño (de eso no me acuerdo casi), recibí la catequesis a eso de los 9 años para hacer mi primera comunión (de eso me acuerdo bastante). Mi mamá me llevaba a misa casi todos los domingos a las 6:00 am (eso no se me olvida). Luego de ir a misa juntos, me enviaba ‘donde los evangélicos’ para que participara en el culto; ajá, porque tocaba. Aunque en mi casa éramos católicos yo era beneficiario de un proyecto infantil de la organización World Vision (Visión Mundial, una ONG evangélica) y debía ir varias veces a la semana allá y, en lo posible, los domingos. A mí no me gustaba ir a la iglesia católica porque era muy temprano y no entendía nada de lo que decían, pero sí que me echaba una buena siesta en las bancas. Me gustaba un poco más ir a la iglesia evangélica, porque, aunque tampoco entendía lo que decían, por lo menos me daban avena o jugo con galleta en medio de las actividades, cosa que me motivaba a mantenerme despierto.
A mis 20 años fui nuevamente bautizado, ahora, en la iglesia evangélica y desde ahí, hace casi 19 años, milito en las filas de la iglesia cristiana protestante – o evangélica. Crecí, en mi caminar entre los evangélicos, en un ambiente de oración, de dependencia de Dios a través de esa preciosa, edificante y necesaria disciplina espiritual. Creo que la oración es una de las virtudes más bellas que, como iglesia, tenemos. Como teólogo, reconozco que es un misterio difícil de explicar, el de poder comunicarnos con él a través de este medio. Confieso que, como cristiano, no puedo hablar en contra de esta disciplina, porque es vital para nuestro caminar diario con el Señor.
Pero, veo con preocupación cómo muchos de nosotros, los creyentes, usamos la oración para algunos fines non sanctos. Muchos usan la oración como un medio para manipular a las personas, a tal punto de hacerlas dependientes de su supuesta intercesión delante de Dios a favor de ellos. Otros usan y abusan de la oración para demostrar una superioridad orgullosa sobre los que ‘menos oran’. Otros la usan como cualquier amuleto o talismán, sin darle el valor que realmente esta tiene. De igual forma, observo la manera en que muchas veces se usa la oración como una vía de escape para evadir responsabilidades sociales que tenemos como iglesia. Y es en esto que haré énfasis de aquí en adelante.
La iglesia es parte de la sociedad y, por lo tanto, todo lo que sucede en ella nos afecta de una u otra manera. Aunque, da la impresión de que a la iglesia evangélica no nos afecta mucho lo que pasa, o por lo menos, nuestros líderes más visibles (aquellos que dicen representarnos en la palestra pública) así lo dejan ver. Aparentemente solo nos afectan los problemas que tengan que ver con impuestos a las iglesias, con el aborto o con la comunidad LGBTI. Sí, esos son los tres detonantes de protestas y marchas de gran parte de la iglesia colombiana (como aquella marcha multitudinaria del 2016 contra las políticas del Ministerio de Educación de la época, encabezada por la iglesia). Parece que esa fuera la agenda social dada en revelación divina a la iglesia colombiana, la única por la cual se debe levantar la voz, marchar y protestar. Para todo lo demás existe solo la oración.
Ojo, no estoy diciendo que no sea importante orar, sea cual sea la situación (Dios me libre de hacer eso, iría en contra de todo lo que creo y enseño). Pero, lo que me desagrada es que seamos tan selectivos en las cosas por las cuales levantamos la voz y las que callamos en oración. Creo que debemos ponernos serios, u oramos por todo y nos callamos; o levantamos nuestra voz de protesta, aunque no dejemos de orar por todas las injusticias, más allá de las que nos han agendado. Sí, la oración no es incompatible con la protesta. Podemos protestar orando y orar protestando.
Que nuestro clamor no solo sea oído por Dios sino también por los seres humanos, por nuestra sociedad. Que nuestra oración sea como las de los profetas del Antiguo Testamento que denunciaban el mal proceder de los gobernantes y de los religiosos de su tiempo, no solo con oración y súplica a Dios (que sí la había), sino con declaraciones y manifestaciones que el resto del pueblo podía ver, oír y sentir. Que nuestras oraciones sean unas denuncias públicas de la injusticia (venga de donde venga), como las que hacía Jesús, quien oraba a Dios en todo momento, pero también denunciaba a los líderes religiosos de su tiempo y a los gobernantes civiles que cometían injusticias.
Estamos en una coyuntura donde nuestra voz como iglesia debe ser oída. Donde nuestras oraciones deben alinearse con el clamor de los desesperados, de aquellos que no aguantan más el peso de las injusticias cometidas en nuestra sociedad. Debemos manifestarnos en contra de la opresión, de la violencia, de lo que no es conforme al evangelio de Jesús. No solo contra la inmoralidad sexual (a veces parece que solo nos interesara cuidar genitales ajenos), sino contra todas las infamias que se ven a diario en nuestro país.
Y aunque muchos tilden mi posición como ideológica o política, solo estoy haciendo un llamado a que la iglesia protestante haga lo que debe hacer en cada sociedad donde está, es decir, protestar. Y, ojo, no estoy diciendo que tenemos que salir como locos a romper y quemar todo a nuestro paso. No, lo que estoy diciendo es que no debemos callar más, dejemos el miedo, levantemos nuestra voz de protesta junto a nuestro clamor en oración y llamemos a cada cosa con su nombre. Somos los embajadores de Dios en este país, entonces, como bueno embajadores de un reino de justicia, obremos justamente y no nos callemos más.
Basta de seguirle el juego a los políticos y casarnos con ideologías de derecha o de izquierda. No se trata de defender partidos o candidatos (pseudo-mesías criollos), se trata de ser empáticos con nuestro pueblo, con nuestra gente, con nuestra tierra. Como colombianos estamos cansados de los abusos de los ricos y poderosos, y nosotros, la iglesia, hemos sido víctimas en este nefasto juego de poder (si no me cree pregunte a muchos de los líderes que han sido desplazados junto a sus congregaciones por ricos terratenientes a través de sus grupos paramilitares o por las guerrillas que nuestra misma clase política creó y alentó por allá a mediados del siglo pasado). Pero, estamos dejándonos encasillar del lado de los victimarios con nuestro silencio cómplice. Levantemos nuestra voz en oración, en clamor, pero que también se oiga nuestra voz como iglesia, nuestra posición de rechazo en todos los escenarios posibles a tanta injusticia sistemática. No sigamos siendo cómplices inertes de un sistema de gobierno que abusa de los más vulnerables y que engulle a todos en una espiral descendente de miseria.
Así como repudiamos a la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela, repudiemos el nefasto gobierno de Iván Duque en Colombia y alcemos nuestra voz para que sea escuchada por cada habitante de este país, que se sepa que aquí hay una iglesia que no solo ora, sino que también actúa y se identifica con el clamor de gran parte de la sociedad. Repito, esto no se trata de izquierdas ni de derechas, de cristianos o de ‘ateos’. Se trata de la vida de un país, un país que necesita oír de los embajadores de Dios una voz de aliento, de empatía, de solidaridad e identificación con su sufrimiento y dolor. Unos cristianos que no viven en una atmosfera diferente o una dimensión alterna, sino que tienen los pies puestos en la tierra y conocen las necesidades y las injusticias. Que no se ponen del lado del opresor, sino que levantan su voz junto al oprimido.
Entonces, hermanas y hermanos, iglesia colombiana, colombianos y colombianas: oremos, oremos, y también protestemos. Que nuestra voz se oiga, que quienes dicen representarnos den guía a quienes dirigen y que no sigan dejando ver a la iglesia como una aliada más del sistema de injusticia. Hoy más que nunca nuestra voz debe ser oída, no se trata de política ni ideología, se trata de ser fieles a Jesús y a su reino de justicia. Oremos protestando y protestemos orando.

Leicester City
Leyendo ando. 😎👍