Cultura

Theryokurugu

Por: Oscar William* Cuento  Quizás se están preguntando qué significa la palabra que le da el título a este relato. Cuando inició...

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Por: Oscar William*

Cuento 

Quizás se están preguntando qué significa la palabra que le da el título a este relato. Cuando inició la cuarentena a causa del Covid-19, me encontraba yo viviendo en un pequeño apartamento en el que no permanecía mucho tiempo, ya que dos meses antes de todo, el psiquiatra me había recomendado evitar en lo posible los espacios angostos debido a que padecía claustrofobia y eso con plena seguridad iba a agravar el estrés laboral que ya me empezaba a ser notorio. Trataba de pasar ratos largos en el cine, en el bar, en casa de algún amigo u otros sitios; pero la maldita pandemia se encargaría de arruinarlo. Solo podía preocuparme por la soledad de la cual estaba seguro que experimentaría durante quién sabe cuánto tiempo, puesto que todas las personas ignorábamos cuánto duraría aquel suceso. El dinero que ganaba no me era suficiente para pagar un arriendo en un lugar más amplio, y quería evitar el bullicio y el constante desorden que era común en casa de mi madre. Por tanto, no veía como opción mudarme con ella. En ese sentido, no tenía otra alternativa más que sumirme en mis estrechos aposentos esperando que la locura se apoderara de mí en cualquier momento.

Las primeras semanas me las pasé escribiendo relatos de cosas que soñaba durante la noche. Uno de esos días leí que durante la pandemia las pesadillas aumentaron. Hubo casos de personas que nunca habían soñado en sus vidas y empezaron a hacerlo. De la misma manera escuché en las noticias sobre casos de pesadillas colectivas, sueños lúcidos y otras cosas raras. Yo siempre he soñado así desde niño. De hecho, como lo dije anteriormente, la mayoría de las cosas que escribo son ideas que he tenido mientras duermo.

Una noche soñé que estaba sentado en una plaza viendo pasar a una multitud y entre ellos, vi a un anciano que traía consigo una pancarta sostenida de un asta y en ella una palabra escrita en letras rojas: theryokurugu. Lo ignoré y el sueño avanzó con normalidad. Por la mañana tenía esa palabra en mi cabeza y durante todo el día estuve pronunciándola.

Unos tres días después, soñé que iba caminando con unos amigos por un parque y vi nuevamente al mismo señor que esta vez estaba de pie mirándome en una colina y con la pancarta en la mano. Seguí caminando, pero este se me puso de frente y me volvió a mostrar aquella palabra. Lo primero que mencioné en la mañana fue: theryokurugu. Esta vez sí le di importancia y empecé a investigar en internet, pero como era de esperarse, no encontré nada. Busqué en el traductor esperando detectar el idioma, sin embargo, fue en vano.

El primer mes pasó y yo no aguantaba más mi soledad. Solo hablaba por chat con algunas cuantas personas y a veces salía a la terraza a sentarme mientras no hubiera sol, no obstante, sabía que no podía seguir así. Mara, una chica a la que había conocido anteriormente, me hizo una invitación. Le conté sobre mi condición y me explicó que ella tampoco se aguantaba una situación así y por eso se había ido a vivir durante la cuarentena a una granja que cuidaba su abuela a las afueras de la ciudad. Mencionó que no había problema en que yo me quedara allá unos días y así desestresarme. Por tal motivo, sin pensarlo tanto, cogí algo de ropa y me fui temprano una mañana para evitar la multa de la policía, puesto que no debía haber nadie en la calle a menos que tuviera cierta clase de permisos.

Sin ningún inconveniente llegué hasta allá y cuando me abrieron el portón, un enorme perro de color negro y de ladrido fuerte, fue atajado por su dueña cuando había salido dispuesto a interceptarme. Con algo de pánico caminé hasta la cabaña y mi amiga me dijo que no me preocupara, pues su abuelita iba a mantener al furioso animal amarrado mientras fuera de día. Entendí que era bueno tener esa clase de seguridad para evitar a los ladrones.

Después de presentarnos y tomar un rico desayuno, no pude evitar preguntar por el nombre del perro: Terio. La señora me dijo que ella no sabía de dónde habían sacado tal nombre y que cuando ella llegó a cuidar dicha granja, el entonces cachorro ya había sido bautizado. Yo no suelo creer en casualidades. Pero ya se habrán dado cuenta de que el animal llevaba la primera mitad de la misteriosa palabra con la que había soñado ya en dos ocasiones.

Por la tarde, cuando los rayos del sol nos lo permitieron, Mara me llevó a dar un paseo para conocer aquel terreno: Sembrados, animales de granja, mucha vegetación y una represa componían aquel esplendoroso paisaje. A lo lejos se veían las montañas que conforman los Montes de María. Sin duda alguna, aquel era el lugar en el que debía permanecer mientras pasaba la pandemia.

Cuando regresamos de la caminata, no podía creer que cerca de la cabaña estaba de pie el anciano con el que había soñado; pero en esta ocasión no llevaba ninguna pancarta. Cuando nos acercamos a él, le pregunté cómo se llamaba y me dijo: Theryokurugu. Sus ojos se tornaron oscuros y empezó a reírse de una forma macabra. Mire a mi lado y mi amiga no estaba. Vi a Terio que venía corriendo con una actitud maléfica como si quisiera devorarme y empecé a correr. Me escondí en el ato de cerdos y uno de esos asquerosos animales me gritó con una voz horripilante: ¡theryokurugu! Creí estar soñando nuevamente y froté mis ojos, pero todos los cerdos se me vinieron encima y cada uno de ellos, al unísono y con voces endemoniadas repetían una y otra vez esa perversa palabra. Como pude, me levanté y cuando quise emprender mi huida, me caí por un barranco y desperté en la cama; era de noche y estaba lloviendo muy fuerte. Me quedé despierto hasta el amanecer sin saber si todo eso había sido sueño o real.

A la hora del desayuno, le pregunté a Mara si la tarde anterior habíamos dado un paseo y me confirmó aquello. Dijo que regresamos al anochecer y que me quedé profundamente dormido como si no lo hubiera hecho en mucho tiempo. Comprendí que ese mal rato había sucedido solo en mi cabeza, pero algo en mí trataba de convencerme de que había pasado tal y como lo recordaba. Quise seguir con la investigación, pero no lograba averiguar nada.

Por la noche, confieso que tenía miedo de dormir. Se suponía que había llegado hasta aquel lugar para relajarme y parece que era todo lo contrario. Me desvelé mientras observaba la lluvia que caía nuevamente y cuando la oscuridad se iluminaba con los relámpagos, me daba mucho temor permanecer con los ojos abiertos. Mi mente trataba de jugar conmigo y si no veía a los diabólicos cerdos, escuchaba ladrando con fuerza a ese perro negro al que tanto le tenía pavor.

Durante cuatro días estuve tomando mucho café y mi amiga empezaba a notar que estaba trasnochando. Las ojeras me eran evidentes y la pesadez que cargaba también. Le dije toda la verdad a ella y me comprendió. Fue muy amable en ofrecerse a acompañarme a dormir. Con ella acomodada en una cama allí a mi lado, me sentí más seguro. Empezamos a contar historias y la lluvia no paraba. Escuchamos un ruido extraño en el portón y Terio empezó a ladrar como un demonio. Supuse que alguien estaba intentando entrar y que por eso ladraba así. Por muchos minutos estuvo haciendo lo mismo y Mara me pidió ir a echar un vistazo. Ella despertó a su abuela para que calmara al perro y salimos los tres de la cabaña. Terio no dejaba de ladrar y nosotros intentamos ver a través de la noche si lográbamos identificar aquello que lo enloquecía. Había una figura parecida al señor de siempre parada detrás de un ciruelo. Cogí un machete y traté de acercarme. Cuando estuve a punto de llegar, vi que el anciano se agachó bruscamente y se transformó de una forma tétrica en Terio. Pude sentir sus pesados pasos que venían hacia mí. Sus ladridos dejaron de parecer normales y mis oídos pudieron descifrar lo que el perro pronunciaba a medida que se acercaba: ¡grrr! ¡grrr! ¡theryokurugu! ¡grrr! ¡grrr! ¡theryokurugu!. El poseído animal se abalanzó en mi contra y me propinó un gran mordisco en el brazo izquierdo; intenté defenderme con la herramienta que poseía en la otra mano y le di con el lado del filo del machete unas seis veces en la cabeza hasta que se quedó en silencio. La sangre salpicó mis ropas, el suelo, el árbol que estaba cerca, la hierba… y noté que el perro yacía en silencio con la cabeza totalmente demolida. Dejó de ladrar, dejó de pronunciar aquellas malditas sílabas. Miré a mi alrededor y estaba lloviendo fuerte. Mara y su abuela no estaban. Me limpié la sangre con la misma lluvia y arrojé lejos el machete. Caminé hasta la habitación en donde estaba mi amiga profundamente dormida. Me asomé al cuarto de su abuela que estaba en el mismo estado. No puede ser que lo había soñado, pero mis manos olían a sangre.

Por la mañana, Mara me despertó muy triste; su abuela había encontrado al perro muerto debajo del ciruelo. Yo no pude decir nada, claramente me sentía culpable, pero aquel suceso pareció haber terminado con mi malestar. No volví a soñar con esa palabra, pero como es un vocablo que no se encontraba en ningún diccionario, temía que se me fuera a olvidar en algún momento. Días más adelante fui con un tatuador muy conocido en mi ciudad y le pedí la que plasmara en mi brazo izquierdo, justo en el lugar donde supuestamente Terio me había mordido. Después de un tiempo, yo mismo le di significado. Llegó a tener mucho sentido para mí. Yo escribo lo que sueño, y esa palabra representa la capacidad de convertir los sueños en relatos.

 

*Poeta y narrador sucreño.

 

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