¿Y aún no he muerto?
(En memoria de las víctimas del desastre nuclear de Chernóbil)(Fragmento)
Nuestra existencia es de cristal. Lo siento a diario. En el fondo los hombres ansían la eternidad, otros la inmortalidad. Pero el átomo alterado, los virus que danzan en la atmósfera, o las epidemias, nos recuerdan lo frágiles que somos.
Ojalá que este suceso sirva para que seamos distintos; más humanos. Esta catástrofe ha abierto más que una grieta entre lo que el mundo era antes de Chernóbil, y lo que es ahora. Ya sabemos que no solo es una simple grieta; es un abismo por donde se asoma el sufrimiento de los seres. ¿Acaso esta es la lógica de las historias humanas? En el planeta nada volverá a ser como antes.
El oncólogo que me trató los primeros meses, después de haber estado expuesto a cientos de roentgen, me dijo que la radiación que recibí al ingresar al corazón del reactor, era el equivalente a 37.000 veces más que una dosis de una radiografía de tórax. Esa afirmación me alarmó, y me sigue asustando. Desde ese día mi vida ha estado involuntariamente torcida.
Los primeros meses, tenía un océano de dudas sobre los efectos del reactor en nosotros; ahora solo se agita en mí una ola de pesimismo. Dejamos de ser seres humanos para convertirnos en objetos peligrosos; cuerpos llenos de radioactividad. Algunos de mis compañeros que estuvieron involucrados de manera directa en la limpieza del reactor, no quisieron esperar el final. Lo anticiparon por su propia mano. Yo esperaré, a pesar de sentirme habitado por sombras. Sé que ya no hay esperanza, pero esperaré.
Y cada amanecer me levanto: unos días animado, otros días abatido. Con vértigo. Es como sentir un abismo bajo mis pies. Y percibo que en mí se aleja el tiempo; que puedo oír su eco. Ya no soy sino una fecha que pronto se marcará en el calendario. A mi esposa y a mis hijos les digo que estén tranquilos, que me esperan varios años de vida, que no se alarmen con mi semblante. Los médicos dicen que disfrutaré de algunos meses. Yo digo que serán solo unas semanas, pero mis derrotadas células parecen saber que solo es cuestión de días…
Hago un retroceso en mi existencia. Un silencioso agujero en mi memoria. Por él desfilan recuerdos, pero estos están proyectados como en un espejo roto, que flota en la nada, y en esos pedazos de cristal me habitan y deshabitan voces e imágenes. Ahora miro la nada, y a la vez el todo, o lo que queda de ese todo. La nostalgia y los dolores hacen flaquear mi falsa entereza. Cada día envuelto en la tragedia, cada mañana más cerca de la larga noche… y vierto lágrimas grises en la rutina de mis días.
El ser humano a lo que realmente le teme no es a la muerte, es a la antesala de ésta. A esos días y horas previas al encuentro con los misterios de la eterna oscuridad. Ese camino de sufrimiento que nos lleva a ella. A esa vaporosa paranoia que nos hierve y llena nuestra realidad de moscas. Diganmelo a mí, que siento cómo me apago desde hace seis meses, en mis días largos y terribles, en los que me dirijo a un nebuloso vacío. Cuerpo, alma, uranio y cáncer mezclados en ese viaje al silencio perpetuo.
Narro esto para que al menos las palabras sobrevivan. Para que no nos olviden, para que no se dé también una catástrofe de la memoria. Necesitaba contarles esta tragedia y todo lo que está implícito en ella. ¿O quizás les relato esto como una forma de refugio contra la rudeza de mis últimos días?
Yo ya no me habito. Altas dosis de radiación y unas células en agonía habitan en mí. Residí en un mundo en el que creí que permanecería muchos años. Ahora ya no hago parte de él. Ya pronto seré recuerdo, una cifra. Quizás memoria. Hoy solo habito mi propio silencio, mi propio dolor, mi espera.
No sé de dónde me han salido tantas palabras para contarles esto, pero a esta altura del camino solo ellas me quedan y se me están agotando.
Y sigo aquí…
recordando, contando, dudando, sufriendo…
esperando…
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La corrupción no tiene ideología